Cuando pase el temblor

15 de marzo, 2020

Cuando pase el temblor

Por Sebastián Giménez Escritor y trabajador social

 

“Despiértame cuando pase el temblor”

-Soda Stereo

 

La globalización es eso, el acortamiento de las distancias. Mercado global, aldea global y gripes globales. Es jugar un partido en la PlayStation contra un taiwanés que no conocés o que un asiático tosa y haga temblar el mundo. Es el derrumbe de las fronteras, esa quimera de los Estados modernos. Caen las acciones allá en México, Efecto Tequila que cundió en Argentina de los ‘90. En el 2008, la crisis de las hipotecas sub-prime norteamericanas también nos hicieron tambalear. También trae cosas buenas, como el boom de los commodities que hizo emerger a América Latina en la primera década del Siglo XXI. Por una vez, exportar materias primas se volvió conveniente y los que habían leído la teoría de la dependencia se reían del intercambio desigual que implicaba exportar productos sin valor agregado. ¿Qué importaba agregar valor, con la tonelada de soja a US$ 600? Pero el dinero no siempre es salud.

 

En el 2009, fue la Gripe A. Hubo que pasar el invierno, pero ahora el coronavirus se ríe de lo estacional. Ya teníamos el dengue, para colmo, pero con una menor asociación (en la representación social) entre enfermedad y peligro, vaya uno a saber por qué. El virus no vive con más de 26° de temperatura, dijeron los especialistas. Poco después, habló Ginés y reconoció la sorpresa porque el coronavirus se vino a asentar en nuestro país en verano. El vector no es ningún mosquito, sino viajantes que retornaron de Europa luego de días vacacionales o laborales. Habló la Organización Mundial de la Salud y dijo: pandemia.

 

En épocas de los fenicios y los viajes en barco, esto no pasaba. O sí. Es bien conocido que una de las causas de la gran mortandad de pueblos originarios durante la conquista española fue la importación de enfermedades. Ahora, otra vez, la amenaza viene del Viejo Continente, con Italia como una herida sangrante y dolorosa. Se cierran los vuelos, acertada medida. Obligada cuarentena para los viajeros provenientes de los países en crisis, medida pertinente y atada a responsabilidades penales pero sin monitoreo con tobillera electrónica. Es que la peste pone en tensión como nunca el cuidado de la salud pública y el derecho individual al libre albedrío. Dos variables inversamente proporcionales. Cuanto más avance eventualmente la enfermedad, es esperable que el derecho colectivo prime sobre el deseo individual de desenvolverse en la vida social. El Gobierno recibirá críticas por ser demasiado permisivo o demasiado cuidadoso. Pero es un juego de suma cero, donde todos hablarán con el diario del lunes. Se esperan en las próximas horas nuevas medidas oficiales para combatir la pandemia en nuestro país, en una realidad que corre como un torrente, minuto a minuto.

 

Del trabajo a casa, decía Perón. Del aeropuerto a casa. Del trabajo a casa también, pero aludiendo a una forma elástica del trabajo en la red virtual. Todos haremos home-office, hasta el preciso instante en que necesitemos esas sillas donde sentarnos y esos objetos de primera necesidad bien materiales que rodean nuestra cotidianeidad. Michel Foucault habló de tres lugares de disciplinamiento social: la escuela, la fábrica y la prisión. Por ahora, hay clases en las escuelas a excepción de dos provincias. El trabajo y la fábrica serán en casa, y los presos “que fabriquen alcohol en gel”, dijo el polémico Julio Cobos.

 

Que una economía se reactive con una cuarentena de la población aparece tan difícil como conseguir alcohol en gel y barbijos que sirvan de algo. El mensaje y la retroalimentación del pánico casi que llama a comprar fideos al supermercado para una semana y encerrarse, desensillando hasta que aclare. Rutinas que hicieron generaciones anteriores de argentinos en las inminencias de anunciados golpes de Estado. Prender la tele, y hacer zapping para ver siempre lo mismo, ya no hay grieta ni casi diferencias editoriales entre C5N y TN. El miedo derriba las ideologías. Cunde el pánico, la cresta de la ola aparece demasiado alta y se alcanzó muy rápido, si se considera que hay 45 casos confirmados de personas enfermas. Se suspende todo, los espectáculos públicos, las actividades deportivas y cualquier aglomeración de gente.

 

Como un efecto secundario de la enfermedad, la borrasca ha hecho olvidar casi completamente que el riesgo país superó los 3.000 puntos y que las acciones de la Bolsa argentina se derrumbaron. La inflación se midió en 2%, pero por encima del índice se incrementaron los alimentos y bebidas. El azúcar y el alcohol en gel ni les cuento. Pero estos datos son apostillas, detalles sin la menor relevancia que volverán a importar tal vez cuando comience a bajar la espuma.

 

Cuando se acabe la parálisis y el congelamiento, volveremos a enfrentarnos con los problemas de siempre, que el parate no hará más que agravar casi seguramente. Como dice en su canción Joan Manuel Serrat (en su caso, hablando de una fiesta, dichoso de él), será la hora en que vuelvan “la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas”.

 

Tamaño desafío tiene la gestión: pensar en la urgencia preventiva y de salud pública de la coyuntura sin descuidar el mediano plazo. Tomar y difundir todas las medidas de prevención respecto a la enfermedad, pero que el pueblo wichi tenga acceso al agua potable y que se afloje la soga sobre el cuello de los laburantes para llegar a fin de mes. Todos esos desafíos de la situación social que volverán a hacerse visibles cuando pase el temblor. Y no podrá lavarse las manos.