Coronavirus y Opep son un empujoncito para Argentina

11 de marzo, 2020

coronavirus china

Por Jorge Colina IDESA

 

Entre el pánico por el coronavirus que invade Europa y la caída en el precio del petróleo por las peleas en la Opep, crece la preocupación por el fuerte golpe que la economía mundial le puede asestar a la de Argentina. Si a esto se agrega la posibilidad de que el coronavirus se propague por el país, la contusión sería de consideración.

 

La economía argentina viene maltrecha desde mucho antes. Hace sesenta años que viene trastabillando y en los últimos treinta sus porrazos han sido bastante duros. El coronavirus y las peleas de la Opep son, a lo sumo, un “empujoncito”.

 

En el 40% de los años de las últimas seis décadas, o sea en 23 de los últimos sesenta años, hubo caídas del PIB per cápita. En los últimos treinta la cosa fue empeorando. Desde 1988 hasta la actualidad, se produjeron 14 de los 23 años recesivos. En los últimos diez años, el trastabillo fue más patente aún, porque se intercalaron años de suba con años de caída haciendo que el PIB per cápita no haya crecido en la última década. O sea, fue una década perdida en términos de crecimiento económico.

 

No es casualidad que en los últimos sesenta años el sector público argentino, tanto nacional como el de las provincias, tuvo en todos los años déficits fiscales. Alguien podrá argumentar que entre el 2003 y el 2008 hubo superávits. Pero es un engaño. Ese excedente se produjo por la brutal licuación de gasto público con la devaluación del 2002, la negación de la movilidad previsional hasta el 2008, la deuda pública que estaba en default y los precios internacionales de las exportaciones en las nubes. Cuando estos factores desaparecieron, el sector público argentino volvió a la normalidad: el déficit.

 

Son muchos los factores que explican el comportamiento tan cíclico del PIB per cápita argentino. Pero no quedan dudas que la secular tendencia de su sector público a gastar por encima de sus posibilidades hizo una contribución importante. El problema de fondo es que la sociedad argentina no quiere escuchar la expresión “ordenamiento del Estado”.

La nueva política fiscal

 

El gobierno anterior, consciente de que tenía que ordenar este descalabro fiscal sin nombrar la expresión “ordenamiento del Estado”, apostó a una política fiscal novedosa: hacer el supuesto de que la economía crece y, con esto, los ingresos fiscales crecen; si se mantiene el gasto público constante en términos reales, entonces, se cierra el déficit fiscal sin “ordenar el Estado”.

 

La crisis que se disparó en el 2018 demostró que esta política fiscal (caratulada como gradualismo) falló en el supuesto: la economía argentina hace sesenta años que viene a los tumbos y cayéndose.

 

El actual gobierno tiene el mismo desafío que el anterior. La realidad exige cerrar el déficit fiscal pero la sociedad se resiste a la idea de ordenar el Estado. De aquí, la idea de crecer primero, para luego cerrar el déficit fiscal, pagar la deuda y hacer el resto de los deberes. En esencia, es una estrategia similar a la del gradualismo. Ordenar el Estado está lejos de implicar un ajuste ortodoxo. Se trata de ordenar el sistema impositivo nacional, provincial y municipal para unificar los impuestos y simplificarlos administrativamente.

 

Ordenar el sistema previsional para darle sustentabilidad y equidad excluyendo del régimen general los beneficios extraordinarios de los regímenes especiales (no sólo de los jueces sino de todos los regímenes especiales) y poniendo límites razonables a la duplicación de beneficios. Ordenar el diseño del Estado Nacional cerrando planes nacionales de educación, salud, desarrollo social, vivienda, seguridad que se superponen con funciones provinciales y municipales, que no tienen ninguna evidencia de impacto social (son más usados para la politiquería) y, por lo tanto, terminan siendo un derroche de recursos, eso sí con nombres y objetivos pomposos.

 

El coronavirus y las peleas de la Opep no son un golpe de mala de suerte. Son un golpe de gracia a la idea de querer hacer política fiscal esperando que primero crezca la economía para luego ordenar el Estado. Ahora queda confirmado que hay que ordenar el Estado primero, para poder crecer.