5 pautas para evitar la infobesidad

6 de marzo, 2020

Por Flavia Carrión  Coach Chamánica, antropóloga y Directora de la Escuela de Espiritualidad Natural (@flavia_carrion_escribe)

 

A veces, nuestro cerebro se comporta como un glotón. Devora noticias, se atraganta con información, se empacha de datos. Y el resultado no es inocuo. Las consecuencias de su avidez son muy tóxicas.

 

Definitivamente, vivimos en una era de sobreinformación. No solo es posible encontrar respuestas a casi todas las preguntas en los buscadores, sino que ahora los dispositivos se adelantan a nuestras búsquedas. Abrimos el celular y la pantalla nos muestra los productos que se adecuan a nuestro comportamiento habitual como consumidores, a partir de complejos algoritmos y bots cada vez más atentos a nuestras conversaciones privadas. Nada ha cambiado. En el barrio, la vidente se anunciaba con un “usted no me diga nada, yo le digo todo”. La apuesta siempre es vender más, pero estos videntes tecnológicos tienen mucha menos candidez que doña Casandra.

 

Mas allá de nuestras exploraciones online, la codicia nos ha convertido en acumuladores de datos. Amontonados en nuestra computadora duermen pilas y pilas de pdfs, documentos, listas de links, que en algún momento nos dedicaremos a leer. Nuestras casillas de correo rebalsan de interesantísimas revistas electrónicas a las que nos hemos suscripto, pero que no llegamos nunca a leer; o directamente colapsaron su capacidad de almacenamiento y los mails importantes rebotan contra un frontón.

 

Internet no es el problema. Constituye una fuente inagotable de recursos para trabajar, posicionarse, avanzar en nuestros proyectos o simplemente alimentar nuestras mentes curiosas. El problema es que nuestras mentes pasan fácilmente de la curiosidad a la compulsión. Nos comportamos con la información como ante una mesa de deliciosos manjares sin ninguna restricción de dieta. Dame mas, dame más. Un poco mas saciará este vacío que siento.

 

No pasa nada, nos decimos, porque nadie nos está mirando. Entonces nos dedicamos a saltar del canal de noticias al portal amarillista, para luego pasar a la red social, sin escalas ni pausas, hasta que sentimos nuestro cerebro satisfecho -pero ciertamente inflamado- después de semejante comilona. Quizás allí decidimos que es hora de dormir mejor o liberar el estrés…¿Qué tal si buscamos esa info online?, nos proponemos. Y la calesita vuelve a arrancar.

 

¿Qué nos está pasando?

 

El término “infobesidad” ha sido acuñado para referirse al fenómeno. Para decirlo en palabras llanas: chequear 150 veces por día nuestros celulares, podría ser el equivalente a comerse 150 hamburguesas por día. ¿Qué opinará tu cardiólogo de esta analogía? Mas allá de la impresión que nos cause este despropósito, lo cierto es que cada vez mas estudios científicos demuestran que a mayor cantidad de tiempo frente a las pantallas, mayor incidencia de problemas de salud mental, depresión, ansiedad, deterioro de las funciones cognitivas, e incluso algo llamado “demencia digital”. Estamos fritando nuestros cerebros.

 

El problema –insisto- no es lo que está sobre la mesa del banquete. El problema es nuestra auto indulgencia al manotear un bocado tras otro. El drama es nuestra falta de auto límites. La catástrofe es nuestra pereza para administrar nuestra atención y nuestra energía.

 

Los tolteca, sabios del Antiguo México, solían decir que el único enemigo real del ser humano es su propia flojera para disciplinarse.

 

Lo sé, lo sé. Hemos estado soportando limites desde la infancia y ahora que somos grandes podemos darnos el lujo de elegir lo que tengamos ganas. La cuestión es que como con todos los comportamientos compulsivos, en el caso de la sobrealimentación informativa no queda claro qué es exactamente lo que estamos eligiendo. Un hábito siempre es condicionante, ya que nos mantiene en un piloto automático, y el piloto automático está en las antípodas de la libertad. Si no podemos poner pausa y alejarnos lo suficiente como para considerar los efectos de ese comportamiento compulsivo sobre nosotros, entonces no somos realmente libres.

 

Dieta de salud mental

 

¿Qué hacer con esto? ¿Cómo empezar a tener una dieta mental más saludable? Aquí te dejo algunas recomendaciones de mi propia experiencia:

 

Apretá el botón de Pausa: en momentos aleatorios del día apretá pausa. No me refiero al “tomarte 5 minutos y tomarte un te”. Eso no existe. Probablemente chequees tu wasap durante el supuesto break, destruyendo su sentido. Tomar una pausa –en el sentido energético del término- es detenerse – sin propósito definido – en medio de una acción. Suspender el movimiento. Aprovecha ese momento para tomar una inspiración profunda y preguntarte “¿es esto que estaba haciendo algo realmente necesario? ¿me nutre, me sirve, aporta?” te encontrarás que la mayoría de las veces la respuesta es no. La decisión de seguir haciéndolo corre por tu exclusiva responsabilidad.

 

Llevá un registro de tus visitas al celular. Llevá un block de notas donde registres cada vez que chequeas tu celular. Una simple marca, como los tantos del truco, cada vez que tus ojos hacen contacto visual con la pantalla. Proponete desafíos diarios para bajar ese número de veces, como cuando te propones bajar los kilos de mas o caminar más kilómetros por día. Podes estar seguro de que el impacto a tu salud es similar.

 

Tené a la vista las prioridades. Cuando abras los ojos a la mañana, antes de manotear el celular para verificar las notificaciones de Instagram, considerá las tareas del día y pregúntate: ¿Cuál es la prioridad? ¿Qué es aquello que me resulta más importante, valioso o imprescindible completar hoy? ¿Cuál es la tarea crítica en mi proyecto actual? Tomá un post it, escribilo y pégalo en tu laptop para tenerlo a la vista cuando estés por caer en la tentación de fisgonear el facebook.

 

Una ventana por vez. Esta pauta de atención la aprendí a la fuerza, cuando me mudé por primera vez al campo. Teníamos una internet tan mala que solo podíamos tener abierta una ventana por vez en el navegador, de lo contrario se colgaba todo. Resultó grandioso. Me dio el foco que necesitaba y avancé extraordinariamente en mi proyecto durante esos años. Abrir muchas ventanas nos hace perdernos información valiosa en el maremágnum de la diversidad de ofertas. Probalo.

 

Detox digital. Una vez cada 3 meses, toma una semana de desintoxicación. O 1 día entero por mes. Optá por la frecuencia que mas se adecue a tus posibilidades. Durante el día de détox desenchufate de toda información que te llega a través de internet. Apaga el celular. Desconecta todas las pantallas. Al principio –por supuesto- experimentarás el síndrome de abstinencia, mucha irritabilidad, la necesidad imperiosa de dar un pequeño “toque” –solo para ver si el mundo no se vino abajo en tu ausencia-. Resiste, guerrero. Hay una vida del otro lado de esta privación. Descubrirás que hay montones de actividades divertidas que te estabas perdiendo y –mejor aún- información de otro tipo –vivencial, personal, sensible- que jamás llegará a través de una pantalla.

 

Mas allá de estas cinco pautas, también es posible aplicar pequeños trucos de prestidigitador para engañar al monstruito comebytes de tu cerebro. Por ejemplo, puedes apagar el wifi cuando estás en una reunión social, cargar la batería del teléfono en una habitación diferente a la que estás o utilizar alguna app bloqueadora de internet de las que abundan en el mercado. Probá todo y elegi lo que te funcione mejor. No te rindas a la tentación de seguir la corriente de aquellos que ya han sido devorados por esta tendencia. Sigue remando hacia la costa de una mente más sana.

 

Conclusión esperanzada

 

No es para avergonzarse por sabernos tan frágiles. Los seres humanos necesitamos comunicación e información para sentirnos a salvo. Es lo que nos convirtió en esta especie que somos. Es natural, entonces, que nos hayamos empalagado con esta deliciosa golosina de la información a destajo y la comunicación sin límites. Pero se sabe: también somos animalitos fáciles de engatusar y manipular cuando el dulce se convierte en adicción. Es de humano consciente preguntarnos, al cabo de estas observaciones: ¿Adónde nos conduce este estado de zombies gordos entubados a pantallas? ¿Que clase de mundo estamos creando? ¿Hacia qué especie humana estamos “evolucionando”?

 

Por eso es tan importante recuperar nuestra voluntad de decir no a la “comida chatarra” con la que estamos alimentando nuestro cerebro. Para vivir mejor, claro, pero, sobre todo, para tomar decisiones más lúcidas a la hora de crear el mundo en el que van a vivir quienes vienen después de nosotros.

 

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