Sin productividad, no hay futuro

28 de febrero, 2020

mundo, global, indignados

Por Carlos Leyba

 

Desde la perspectiva económica el insumo necesario de todas las soluciones a los conflictos contemporáneos (en realidad de todos los tiempos) pasa, sí o sí, por el incremento de la productividad.

 

Y por todas las transformaciones, en todas las dimensiones de la vida social, que el crecimiento de la productividad requiere.

 

La medida del crecimiento de la productividad, nada sencillo de hacer con ecuanimidad, es la medida del rendimiento bruto de las transformaciones realizadas para obtenerla.

 

Esta es una afirmación que supera todas las barreras de comprensión ideológicas.

 

A nivel planetario, hasta la cuestión de detener el deterioro de la “Casa Común” pasa necesariamente por el aumento de la productividad.

 

Claro que siempre hay otras vías alternativas para acometer ese conflicto global en particular. Una cuestión prioritaria es establecer la viabilidad de cada una de las alternativas a la de la salida por la productividad.

 

Una de esas vías alternativas es la de alentar un cambio en los “afanes de la vida cotidiana”, afanes omnipresentes en la civilización del Siglo XXI. Un cambio cultural, un reordenamiento de las aspiraciones y de las prioridades vitales, que no puede ser realizado por una decisión política. Es que ese cambio cultural sólo sería posible como consecuencia de una mega revolución cuya prédica –que bien puede ser necesaria y sanadora– es hoy una voz muy lejana e imperceptible para las multitudes que son devotas de esos “afanes de la vida cotidiana”.

 

Hace pocos días unos mil científicos europeos han llamado a la “desobediencia civil” para detener el calentamiento global. Ellos reclaman que nuestros modos de vida deben “evolucionar hacia mas frugalidad”.

 

Difícil de refutar ese reclamo ante la evidencia del superconsumismo, unido a la creciente desigualdad, de los países cuyas clases medias y altas han alcanzado niveles que, tal vez, hagan insostenible la idea de “casa común”, al menos con este nivel de productividad.

 

Pero más difícil es sostener que es ese el camino de aquí y ahora. Es difícil aceptar que sea esa una de las bifurcaciones que todos los días obligan a opciones en la vida política. No están en la agenda ni de los dirigentes ni en las demandas de los ciudadanos.

 

Una manera brutal, incorrecta, pero finalmente atrayente, es la que, ante algunas políticas “de futuro”, lanzaron los chalecos amarillos en París. “Macron está preocupado por el fin del mundo, nosotros por el fin de mes”.

 

Lo dicho para aclarar que ciertos cambios, profundos y difíciles, lejanos, “no políticos” pueden no requerir, no darle carácter de absoluto al menos, de los aumentos en la productividad. Es verdad. Pero generan, más allá de su improbable viabilidad, otros desafíos al nivel de empleo compatible, y por que no decirlo, con la paz social. Las consecuencias inmediatas serían dar razón a los que marchan diciendo “no permiten llegar a fin de mes”.

 

Es que el capitalismo distribuye, bien o mal, en torno del empleo. Todas las prácticas destinadas a hacerlo por otra vía distinta del empleo, las transferencias sociales, finalmente son muy ineficientes y, en el largo plazo, insostenibles.

 

Podríamos decir que en el planeta entero atravesamos, a la vez, una legítima demanda por el mayor cuidado de la “Casa Común” (el fin del mundo) y al mismo tiempo una legítima demanda por participar de los afanes de la vida cotidiana de este Siglo XXI (el fin de mes).

 

Ambas demandas, en el territorio del aquí y del ahora, se podrían compatibilizar con la condición necesaria, aunque no suficiente, de poderosos aumentos de la productividad. Pero nos enfrentamos a un problema. Ha ganado mucho espacio la idea que la productividad está unida a los recientes desarrollos científicos aplicados.

 

Pero hoy, el problema mayor, es que, al menos en Occidente, no estaríamos en proceso de alcanzar mayores niveles de productividad. Más bien todo lo contrario.

 

Las estadísticas, con toda la precariedad de las mismas, nos hablan de un retroceso en las tasas de incrementos de la productividad.

 

Algunas cifras no dejan de ser alarmantes. En estos tiempos de esdrújulas griegas, robótica, informática, “mercado libre”, algoritmo, insólitamente contra el “sentido popular mediático común”, la productividad se viene desacelerando consistentemente. Veamos.

 

Entre 1995 y 2005 la productividad del trabajo en Estados Unidos creció en promedio 2,4% anual. De 2005 a 2015 redujo su velocidad a sólo 1% anual. Se trata de una mayúscula desaceleración que claramente en el último lustro no se ha revertido. Y lo mismo ocurre en la Zona Euro que pasó de 1,24% a 0,67; en Japón (1,91 a 0,73%) y en el Reino Unido de 2,19 a 0,45%. En Canadá de 1,57 a 0,79% y si bien ya está incluida en la Zona Euro amerita exponer los números de Italia que de 1995 a 2005 acrecentó su productividad del trabajo en 0,50% y desde 2005 a apenas 0,05%. Veinte años de estancamiento.

 

La desaceleración de la productividad ha generado un malestar creciente en los países desarrollados. No lo vemos cuando visitamos el costado de alta productividad que, naturalmente, existe; pero se hace presente cuando buceamos en las insatisfacciones. No es una novedad. Los “insensatos” viene a reparar los vidrios rotos que dejaron los “sensatos”. No hace falta hacer nombres.

 

Pero lo que es seguro que el uso de los adjetivos descalificativos, para los que surgen como respuesta al malestar, no apunta a un buen diagnóstico. Es una manera activa de ocultar las causas.

 

Y sin atacar las causas, las consecuencias se prorrogan. Los tiempos de alta productividad, sensatamente administrada, hicieron del capitalismo del bienestar una sociedad con baja intensidad conflictiva. Nosotros también disfrutamos de eso.

 

Pero si miramos las estadísticas, esos tiempos fueron los de mayor productividad.

 

La productividad es la materia prima de las soluciones en términos de la política que es el arte de no hacer necesarias las revoluciones, cuyos costos son insaldables.

 

La sociedad, en esa dinámica de retroceso de la productividad, dispone de menos recursos, instrumentos, para atender los objetivos de la democracia en el sistema capitalista: el empleo, y la reducción de la pobreza; la distribución y el avance en la igualdad.

 

Nosotros, Argentina, nos hemos perdido los auges de productividad de las últimas cuatro décadas. Por eso nuestro atraso es absoluto: fuimos para atrás. Y relativo: fuimos para atrás en términos comparativos.

 

Hay una gran verdad en estas cuatro décadas recuperamos la democracia.

 

Una democracia que no logró disolver el espíritu de facción.

 

Una democracia en la que se disputan los mismo lugares, pero que no ha podido recrear el espíritu de ampliar el espacio común.

 

En breve: una sociedad cada vez más pequeña, mas encogida, se ha tornado mezquina.

 

Cómo si faltara en la dirigencia la convicción de que el desafío es pensar el futuro para crecer y no inventariar el pasado para justificar el propio estancamiento.

 

Hay un pesimismo enorme, aunque bien que realista, en la frase: “No se preocupe, los que vengan nos harán buenos”. Simplemente porque en un plano inclinado cualquiera que me sucede está más abajo y la fuerza de la gravedad de la historia lo arrastra y los errores del pasado tornan en “a pesar de todo”.

 

La respuesta, el antídoto es simple, al menos para darle un nuevo sentido común al porvenir.

 

Romper el plano inclinado es proponer las políticas que, en todos los campos, aceleran la alicaída productividad de nuestra democracia, de nuestra escuela, de nuestra producción y así. No somos los peores. Pero tampoco tenemos las mejores condiciones objetivas. Nadie nos arrastra. Estamos empantanados en una larga decadencia de la productividad social, económica y política.

 

Pero tenemos que salir solos del pantano. Nadie nos va tirar desde afuera. No hay motor externo para esta geografía del fin del mundo.

 

Lo que si sabemos que “el diseño implícito” del país, que dio lugar a que está sea nuestra productividad, nos señala que la democracia es incompatible con niveles crecientes de pobreza. La hoy medida es de más de 30%. Pero la por venir (medida por los jóvenes) amenaza con 50%. Pero, además, al interior de lo que no llamamos “pobreza” la distribución del ingreso es socialmente insostenible y como si eso fuera poco, nos anuncia que el mercado interno –el mercado mas allá de la subsistencia– es demasiado pequeño.

 

No es todo. Ese Estado de Malestar ha generado una institución Estado que funge como una asistencia pública que disfraza a los enfermos. Mucho, muchísimo, del empleo público es un seguro de desempleo encubierto y caro. Y muchas de las transferencias sociales (de todo orden) no hacen sino aumentar la regresión distributiva.

 

Como dijo Julio H. G. Olivera hace veinte años: la crisis es la crisis de los bienes públicos.

 

Y los bienes públicos también son las instituciones de la República. Todos los días vemos los atropellos y los empujones. Todo eso es consecuencia del deterioro de la productividad y la causa misma de ese deterioro.

 

Para salir de esto, para dar lugar al salto en la productividad, en la productividad de la fuerza de trabajo y del capital disponible, hay que inclinar la balanza productiva a favor de los bienes transables. Eso es un programa.

 

Un programa que implica revertir la dramática primarización de nuestras exportaciones y volver a diseñar un proceso de industrialización basado en la sustitucion de importaciones de aquellos sectores y bienes en los que tuvimos y tenemos un potencial probado.

 

Recuperar la dinámica de nuestras recursos humanos requiere de una Revolución Educativa Inclusiva. Las condiciones de pobreza de la mitad de los niños argentinos requiere de una educación que comienza por eliminar esa condición de ingreso. Se puede. Otros lo hicieron.

 

Todo eso requiere tanto la transformación del Estado nacional, provincial y municipal, como un programa masivo de inversiones que sólo puede existir generando condiciones para la inversión.

 

Todo es posible. La condición primaria es el salto de calidad de la política que empieza por el consenso del futuro.

 

En el pasado, porque es uno de fracasos, nada nos une. Y es inútil intentarlo.

 

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