La grieta nos pervierte

28 de febrero, 2020

Por Sandra Choroszczucha Politóloga y profesora de la UBA

 

Giovanni Sartori nos relata que aquellos gobiernos que han sido elegidos, que reflejan las opiniones del electorado, son gobiernos por consentimiento, en los que existe el consenso. ¿Y qué sería aquello que el consenso nos explica sobre la democracia? Para Sartori, el consenso implica un compartir, compartir que de algún modo vincula, persuade, amalgama.

 

Según la teoría de la democracia, existen tres posibles objetos compartibles capaces de generar consenso. El primero se refiere a compartir valores fundamentales que estructuran el sistema de creencias. Dicho consenso refleja si una determinada sociedad comparte valores. El segundo objeto compartible incluye reglas de juego o procedimientos, y este tipo de consenso se vincula a las normas que determinan la resolución de conflictos. El tercer objeto compartible representa un acuerdo a nivel de acciones políticas. En esta categoría, el consenso se entiende con frecuencia como disenso o discusión. Pero no refiere a la irrelevancia del consenso, sino que el disenso se asume con el objetivo de producir nuevos consensos.

 

En Argentina podemos identificar desde hace tiempo, dos fuerzas que se disputan agresivamente el poder, y vale preguntarse, frente a esta Nación partida, si algunos de estos tres tipos de consensos no se estarían logrando. Empecemos por el tercer tipo, el político, en el que con frecuencia nos enfrentamos a importantes desencuentros, ya que el disentimiento sobre políticas determinadas o entre los que lideran fuerzas opositoras, generalmente resulta en disensos que se transforman en discusiones descarnadas, que impiden proyectos políticos en función de una Nación íntegra.

 

Respecto al segundo tipo de consenso, sobre la norma de solución de conflictos, en Argentina, afortunadamente, hace décadas, el régimen no se ha puesto en cuestión, y la Carta Magna, con algunos vaivenes, continúa representando nuestro primer principio de resolución de conflictos.

 

En el limbo y la degeneración de la grieta, lo que está mal, lo está sólo para el oponente, y lo que está bien, lo está sólo para los propios.

 

Enfoquémonos, entonces, en el primer tipo de consenso: el de los valores. Seguramente para el peronismo, kirchnerismo o Frente de Todos, suponer que un hotel del Alto Calafate perteneciente a una familia presidencial, adeude impuestos, no presente balances y no reciba huéspedes durante meses (porque el clima hostil no permite el acceso al lugar) mientras factura “mágicamente” millones de dólares, está mal. Que un secretario de Obras Públicas arroje bolsos repletos de dinero público por sobre muros hacia un convento en General Rodríguez, está mal. Que una filmación registre el momento exacto en que allegados al poder político cuentan clandestinamente más de US$ 5 millones en la exfinanciera SGI, llamada “La Rosadita”, está mal.

 

Por su parte, para los cambiemistas o de  Juntos por el Cambio, seguramente, que un presidente quiera condonar la deuda a un grupo que representa a su familia en el Correo Argentino, con una quita del 98,92%, está mal. Que estalle un escándalo, que filtró que miles de sociedades fueron armadas por el estudio panameño Mossack Fonseca, y que estas se utilizaron para mover dinero “negro” en paraísos fiscales y que entre estas empresas aparezcan cincuenta sociedades vinculadas a la familia del mismo Presidente, está mal. Que una titular de la Oficina Anticorrupción, en lugar de investigar, encubra las negociaciones incompatibles con la función pública por parte de un ministro de Energía, perteneciente a su misma fuerza partidaria, está mal.

 

¿Quiere decir, entonces, que los argentinos compartimos que robar, encubrir y estafar está mal? Seguro que sí. Por tal motivo, nuestro sistema de valores, que estructura nuestro sistema de creencias funciona, opera con consenso. Sin embargo, este consenso básico se pierde en el limbo y la degeneración de la grieta, donde lo que está mal, está mal solo para el oponente, y lo que está bien, está bien sólo para los propios.

 

Se han “celebrado” muertes, como la de un exfiscal de la Nación, encontrado desangrado en su departamento de Puerto Madero, o la de un exartesano activista de los derechos mapuches que se encontró ahogado en el Río Chubut. Tan bajo hemos caído, porque la grieta así opera, distorsionado consensos básicos, desfigurando valores, con el único fin de defender lo indefendible, para apoyar incondicionalmente aquello que nos puede parecer incluso una terrible canallada. Así, la grieta nos enajena, nos despersonaliza, nos trastorna.