Febrero terminará en calma y marzo es la gran incógnita

17 de febrero, 2020

Por Héctor Rubini Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

 

La segunda quincena del mes asoma muy tranquila. Una calma que el Gobierno aprovechará para definir el futuro de la reestructuración de la deuda pública, y también la dinámica de los precios de los combustibles y el núcleo de las paritarias salariales.

 

Desde el llano del sector privado, las incertidumbres de diciembre siguen sin disiparse. Sigue sin conocerse qué variedad de proyecciones manejan las autoridades, ni cuales tomarán como “buenas” para definir la Ley de Presupuesto 2020.

 

La postura de no mostrar plan o prospectiva oficial hasta resolver el tema de la deuda se mantiene sin cambios. ¿Se mantendrá sin cambios el paquetazo fiscal de diciembre, o habrá novedades a partir del discurso del Presidente cuando inaugure las sesiones ordinarias del Congreso en un par de semanas? Hay que esperar.

 

La opción de aumentar jubilaciones uniformemente en $1.500 más 2,3% es un arma de doble filo. Coherente con la continuidad del ajuste fiscal anunciado en diciembre, y con la filosofía y práctica del programa del FMI. Todos los beneficiarios siguen perdiendo respecto de la inflación pasada, y el “beneficio” respecto de la indexación del Gobierno anterior es para quienes perciben menos de $ 20.000 mensuales. Los de mayores ingresos perciben una suma menor. La diferencia aumenta, obviamente cuanto mayor sea el haber percibido, y esto deja la puerta abierta a juicios contra el Estado.

 

La baja de la inflación ayuda, pero es la de sólo un mes. Habrá que ver si habrá un programa sólido y creíble para detener la inflación sin controles o congelamientos. La exagerada presión fiscal sigue desalentando la inversión y los vaivenes regulatorios de la última década mantienen la percepción de que “mejor comprar dólares”. Más aún, si el supuesto gran negocio del yacimiento de Vaca Muerta necesita subsidios, es más que difícil la realidad que enfrenta a diario el resto de las empresas, así como los trabajadores y jubilados.

 

Sin financiamiento externo, la única forma de crecer es vía ahorro interno. Pero con una economía que no crece, la elección es la de redistribuir ingresos para aumentar el consumo de sectores de menores ingresos y “moderar” el del resto, no cambia nada en el agregado. Sin ahorro externo, ni aumento de ahorro interno, la tasa de inversión bruta fija sobre PIB no va a acercarse ni por asomo a niveles superiores al 20% y sostenerse.

 

¿Habrá bajas de impuestos? Si la dirección es la opuesta, impulsar tasas reales de interés negativas desde el BCRA probablemente sea insuficiente, y refuerce la dolarización de neuronas y expectativas.

 

Una forma de sortear el problema es con Inversión Extranjera Directa (IED). Pero el “costo argentino” por impuestos, costos burocráticos y administrativos suman una “cuña” superior a la de otros países. Resolver la cuestión de la deuda ayuda, pero no alcanza. Hay deberes pendientes en materia tributaria, pero también de regulaciones (y no sólo laboral) que nos han dejado fuera del mapa de inversiones para no pocas empresas no financieras del exterior. En el corto plazo, por ese lado, la “salida” luce difícil.

 

La cuestión de la deuda, a su vez, entra en un terreno en el que cuentan los hechos, y no más las palabras. Pero de las palabras del ministro de Economía, Martín Guzmán, en el Congreso quedó claro que el enfoque prevaleciente (por ahora) sería de una oferta “dura” contra los tenedores de bonos. Habrá que esperar el mes próximo a que se presente en público dicha oferta.

 

El discurso oficial parece confiado en una rápida solución. ¿Y si no? La gira por el exterior y varios trascendidos del fin de semana sugieren una salida no muy diferente a la del período 2003-2005: negociar con los bonistas lo que sea necesario, reperfilar deuda con residentes y sostenerse con un acuerdo provisorio con el FMI. Algo no imposible, pero que no resuelve las incertidumbres a futuro. Sobre todo, para discernir cómo hará el Gobierno para obtener divisas y cancelar sus obligaciones externas.

 

El horizonte de corto y mediano plazo asoma con no pocas similitudes con el período 1984-1988: programas transitorios con el FMI y otros organismos, y tironeos con acreedores privados para postergar pagos. Pero en cualquier caso, es claro que ni con tasas de interés reales negativas será suficiente para resucitar el ahorro interno, impulsar el mercado local de capitales y aumentar la inversión. Si se impulsa el consumo, el mercado interno asoma promisorio para la recuperación de ciertas pequeñas y medianas empresas, pero eso llega a un inevitable techo más temprano que tarde. Y para crecer y pagar deudas con no residentes, el escenario externo también luce complicado por el lado comercial: una economía mundial girando hacia el proteccionismo vía Estados Unidos, con tasas de crecimiento económico en persistente baja y, ahora, con el shock del coronavirus en China. Una epidemia que, sin vacuna a la vista, sólo se puede controlar con rigurosas cuarentenas que el Gobierno de China debe extender a cada vez más ciudades, pero con efectos económicos negativos en otros países y que va a complicar nuestros ingresos por exportaciones.

 

Sin demanda externa en suba, no resolver el tema de la deuda no puede demorarse, pero exigirá definiciones para revertir los daños de la crisis de balanza de pagos de 2018-2019, tal vez en contradicción con algunas opciones de redistribuciones discrecionales de ingresos.

 

Las opciones (el “plan”) que se abren no son simpáticas, pero deberán ser explicadas y abordadas con transparencia y realismo. A mayor demora, mayor incertidumbre, y menor incentivo para moderar subas de precios, postergar decisiones de inversión. Algo que puede acentuarse si se repiten episodios los fallidos canjes de AF20 por otros títulos: no sólo fondos del exterior fueron los que le dieron la espalda al equipo económico. Señal inequívoca de incertidumbre, y también de desconfianza.

 

En ese escenario, las expectativas de corto plazo se focalizan en la oferta oficial para reestructurar los pagos de deuda pública. Será el elemento central que permitirá intuir, al menos, si se rumbea hacia algún sendero de actividad, inflación y números fiscales y del sector externo con políticas sostenibles y creíbles. Un mundo que no crece quita márgenes para redistribuciones discrecionales sin efectos colaterales, pero un mercado interno sin inversión, ni estabilidad también. Y si no hay certidumbre ni credibilidad, todo se va a tornar más difícil aún. Febrero terminará en calma. En marzo, tal vez empiece otra historia. O tal vez no.

 

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