China, el coronavirus y (la falta de) tecnología

21 de febrero, 2020

coronavirus china

Por Patricio Cavalli Docente de UCEMA

 

Es poco lo que se sabe realmente sobre el brote de coronavirus en China, y lo poco que se conoce es nebuloso y confuso. El número de infectados, muertos y médicos enfermos es incierto. La extensión del brote también. Las causas no quedan claras y las medidas del Gobierno chino, siempre con su dosis de espectacularidad construyendo un hospital en siete días, tampoco quedan muy claras.

 

Pero el uso de la tecnología en medio del coronavirus nos permite tener una magnitud del uso que los gobiernos pueden darle a este tema en medio de situaciones extremas.

 

Tecnología, esa palabra de moda

 

Antes que nada, es importante definir qué entendemos por tecnología. “Básicamente, tecnología es todo lo que no sea la persona desnuda”, explicó la economista de Ucema, Diana Mondino, en 2019, analizando el uso de este término en el reciente Premio Nobel.

 

Es decir, si entendemos ‘tecnología’ como ‘esos aparatitos caros y vistosos que transmiten bits y bytes de información de una persona a otra’, estamos viendo una parte solamente de la foto de la tecnología.

 

Es cierto: China es un líder tecnológico. Baidu, Alibaba, Chery, Tencent, Xiaomi, Baidu, Huawei –y siguen los nombres– son empresas líderes admiradas, envidiadas, temidas y respetadas, cada una en lo suyo.

 

Una simple mirada de Pudong desde el Mandarin Oriental Shanghái o el Ritz-Carlton Shanghái (las habitaciones rondan los AR$ 16.000 en promedio por noche, así que podemos darnos el gusto tranquilamente), nos mostrará una potencia técnica y tecnológica en la que miríadas de personas caminan, conversan y hacen compras hiperconectadas; cámaras de reconocimiento facial que auxilian gente en problemas, reconocen delincuentes, multan a peatones que cruzan en rojo, o incluso persiguen estudiantes y disidentes; puentes de kilómetros de extensión; trenes de alta velocidad; autobuses híbridos de alta generación; drones; aeropuertos ultramodernos; redes de 5G únicas en el mundo y aplicativos de inteligencia artificial para negocios, tránsito urbano y shopping. Una mirada al cielo nocturno quizás nos permita ver la estación espacial Tiangong-2, una de las únicas dos estaciones orbitales del planeta. Pero, mirando un poco más hacia abajo, la realidad nos golpea. Los médicos no tienen barbijos, ni remedios para tratar el virus. Mucho menos vacunas para prevenirlo, y menos aún los trajes “hazmat” (hazardous materials) que son protocolo cuando se declara una epidemia. Las personas inundan los hospitales y el prodigio de construir uno nuevo en sólo siete días es una tarea que eleva a Xi al mismo nivel que el de Dios, pero los barbijos, remedios y vacunas preventivas deben venir de Europa, especialmente desde Francia y Alemania.

 

Medidas extremas

 

Es entonces que lo que pasa detrás del coronavirus en China, nos da una aproximación muy cercana al uso de la tecnología en el mundo, y en estas circunstancias extremas.

 

En primer lugar, la tecnología sanitaria –diferente de la de salud, que cubre los gastos de medicina preventiva y curativa– es una de las grandes diferencias entre una sociedad antigua –o subdesarrollada– y una contemporánea y desarrollada.

 

Según la Organización Mundial de la Salud y la agencia europea de control de enfermedades (ECDC) la salubridad urbana jugó un rol “importante” en el desarrollo del virus y su transmisión de animales a humanos, tanto en este caso, como en el del SARS en 2003 y 2004 también en China, y el MERVCoV en Arabia Saudita en 2012.

 

Obviamente, ningún país está libre de la posibilidad del desarrollo de estas pestes, pero el sentido común hace suponer que los países con vastos recursos económicos y tecnológicos seguramente invertirán millones, o más en medicina preventiva –y en salubridad pública– que, por ejemplo, en espionaje interno.

Gasto, inversión y salud

 

Pero no, parece que no. El dragón asiático invierte cerca de US$ 197.000 millones en espionaje interno (cifras de 2017, Wikipedia y otros) y tiene cerca de 170 millones de cámaras de circuito cerrado observando, grabando y siguiendo a sus ciudadanos.

 

Es poco, comparado con el billón de dólares gastado en salud, del cual sólo el 5,7% se destina a salubridad pública (healthcare-economist.com: 2019). Es entonces cuando surgen las preguntas. Si las protestas estudiantiles de Hong Kong vieron el despliegue masivo de cámaras de reconocimiento, drones y otros mecanismos de persecución, ¿por qué el gobierno chino no aplicó los mismos mecanismos para prevenir la enfermedad y asistir de emergencia a sus ciudadanos, cuando los primeros brotes surgieron? ¿Por qué tres de los principales brotes de los últimos años –Coronavirus, Gripe Aviar, SARS– emergieron en el Gigante Asiático? Y finalmente, ¿qué rol está jugando la censura mediática y tecnológica en este asunto?

 

Según Amnesty International, en febrero de 2020 el doctor Li Weinlang fue muerto en “circunstancias extrañas”, tras dar la alarma (‘whistleblowing’) sobre el tema en la ciudad de Wuhan.

 

Según el Gobierno chino, Weinlang murió infectado por el mismo virus que trataba de combatir, pero las ONG de derechos humanos plantean sus dudas. Según Amnesty: “Parte de la información legítima sobre el virus ha sido suprimida por el control del gobierno sobre las noticias y los esfuerzos para silenciar la cobertura negativa. Muchos artículos han sido censurados desde el comienzo de la crisis. Las publicaciones en línea y los hashtags relacionados con el coronavirus y las demandas de libertad de expresión se han eliminado rápidamente. Los periodistas y activistas independientes han sido acosados por las autoridades por compartir información sobre el coronavirus en las redes sociales”.

Redes sociales

 

Es decir, las redes sociales, clave para la prevención de la enfermedad en una emergencia, son objeto de censura. ¿Podrían estas redes ser usadas para propagar mentiras, paranoias, teorías conspirativas y miedo? Sí, definitivamente. Pero esta zona oscura de las redes se combate con información real, correcta, especializada y con dosis masivas de publicidad por parte del gobierno. No con censura. Porque finalmente, la censura es burlada por la astucia –y el instinto de supervivencia– logran superar cualquier barrera.

 

“El coronavirus ha alcanzado Xinjiang, donde un millón de Uigures musulmanes viven aprisionados por el gobierno chino. Sus sucios (por sus condiciones de salubridad) campos de detención los volverán blancos fijos para el virus”, tuiteó en enero de 2020 el artista y dsidente Ai Wei Wei (@ aiww). El posteo no fue borrado por el Gobierno.

 

En parte, porque Ai Wei Wei es Ai Wei Wei. En parte porque su cuenta es manejada a veces por sus representantes –o por él mismo– fuera del país (al momento del posteo el artista se encontraba en Berlín para una muestra en el Museo de Guerra Imperial). Y en parte porque Beijing ya aprendió que censurarlo sólo trae más atención sobre sus dichos.

 

Pero los hashtags “El Gobierno de Wuhan le debe una disculpa a Li Wenliang”, “Quiero libertad de expresión” y “Queremos libertad de expresión” son más fáciles de borrar de plataformas como Weibo, según el South Morning China Post.

 

De la misma manera que parece más fácil para el Gobierno usar drones con reconocimiento facial para detectar personas que caminan sin barbijo por la calle, amonestarlas por altavoces en público y ponerles una multa, o simplemente detectar a personas –en la calle, oficinas y hogares– con temperatura elevada y arrestarlas sin orden judicial, que comprar vacunas para evitar enfermedades transmisibles, barbijos y campañas de prevención.

Peligro: dengue

 

Nadie está a salvo de las pandemias, y por supuesto, en este pequeño rincón del mundo rogamos que, si ocurre una, nuestros gobernantes muestren algo de sentido común en el manejo de la crisis.

 

Con más de tres millones de infectados de dengue en América Latina, el 80% de Paraguay –incluido su Presidente– infectado, Brasil en emergencia sanitaria y Bolivia con 200 casos, sabemos que estamos en riesgo. Pero al menos el hashtag #dengue y #prevenciondengue no están censurados en Twitter y Facebook.

 

Al menos, por ahora. Quien sabe.

 

Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA

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