Advierten que el tema no es el dinero pasado sino el futuro

17 de febrero, 2020

dollar dólar

Por Luis Varela 

 

Después de un veranito inicial, que le permitió bajar el riesgo país de 2.530 a 1.730 puntos a lo largo de pocas ruedas, el gobierno de Alberto Fernández vuelve a enfrentar un momento de tensión, con el precio del dólar otra vez firme, con los títulos argentinos cayendo y con el riesgo otra vez arriba de los 2.000 puntos.

 

Y si bien las condiciones del mundo no son las mejores, porque el coronavirus está generando muchos inconvenientes, este nuevo retroceso es absolutamente local, ya que a lo largo de las últimas cinco ruedas las monedas latinoamericanas recuperaron terreno, las bolsas regionales también estuvieron un poco mejor, y los únicos que seguimos en franca declinación, en una decadencia que no parece terminar nunca, somos exclusivamente los argentinos.

 

En el exterior, por supuesto, la amenazante condición del coronavirus está generando muchos problemas. En su último informe, la Organización Mundial de la Salud dio por infectadas a más de 65.000 personas con casi 1.500 muertos, casi todos en territorio chino, pero advirtió que la enfermedad se esparce a gran velocidad y que va a ir generando problemas en cada vez más países. Y obviamente, esta circunstancia, junto con el problema principal que es la pérdida de vidas, va provocando efectos secundarios, económicos y financieros, que también traerán consigo otros inconvenientes.

 

Economistas de todas las líneas advierten cuales pueden ser las secuelas y dicen que se está avanzando rápidamente con la aparición de la vacuna. Comparan este evento con virus anteriores como el SARS, el dengue, etcétera, pero lo concreto es que el actual corona virus está matando a 2,3 personas por cada 100 infectados, y eso está haciendo girar la cabeza a toda la población mundial.

 

Pero los financistas, que quieren ver humo sobre el agua, advierten que este tipo de problemas siempre generan en las finanzas un impacto inicial preocupante, pero que esa secuela es superada rápidamente y que a los pocos meses todo lo que sufrió caídas significativas o no, recuperan terreno y vuelven a las posiciones originales. Y, de alguna manera, eso ya se está viendo en la evolución de las principales variables de lo que va de febrero.

 

El precio del petróleo es uno de los ejemplos más claros al respecto. Se sabe, el crudo está gobernado por la oferta y la demanda mundial, pero tiene como cordel decisivo a la intervención de la Opep más Rusia y otros grandes países productores. Por esa razón, luego de caer de US$ 64 a US$ 49 por barril en las primeras cinco semanas de este año, estos grandes productores ajustaron canillas y el preció se recuperó hasta US$ 52. El repunte obedeció a la cercanía de una vacuna contra el coronavirus y con la intención de los grandes productores de restringir la oferta.

 

Y en otro de los grandes rubros que también tuvo un movimiento similar, con gran bajón inicial y algún repunte de última hora, es el ligado con los productos que alimentan directamente el consumo, ya sea de las industrias o de las personas. Por ejemplo, los metales básicos y los granos cayeron fuerte en las primeras cinco semanas del año y en los últimos días recuperaron algún terreno. El cobre, por ejemplo, metal básico por excelencia, derrapó de US$ 6.300 a US$ 5.500 por tonelada y los últimos valores lo ubican en US$ 5.750. Y la soja en Chicago, muy atada a la compra de los chinos, había derrapado de US$ 347 a USS 320, y su última cotización volvió a US$ 328. O sea, redondeando valores, el cobre primero cayó 13% y luego recuperó 5%. Y la soja primero cayó 8% y después recuperó 3%.

 

Muy atentos a esas oscilaciones, los inversores del mundo se asustan y se tranquilizan. Se van moviendo, no sólo asustados por el virus, sino también por las intenciones de mayor rigor en el control impositivo que van realizando las naciones. Por eso, en las últimas semanas hubo compra de bonos estatales de los países centrales, que están exentos de impuestos, y también hubo mayor posición en la compra de metales preciosos y, sobre todo, se vio de qué modo particular resucitaron las criptomonedas. Por la compra de bonos de Estados Unidos, su tasa a 10 años (valor inverso al precio contado) había bajado de 1,89% a 1,51% anual, pero en las últimas ruedas el susto algo menguó, los valores contado cedieron algo por menos compras y de ese modo la tasa larga volvió a 1,58%. Detrás de esto, el gran susto mundial había llevado a la onza de oro a su mayor valor en siete años US$ 1.589, desde ahí cedió a US$ 1.550, pero en el cierra de la semana volvió a calentarse hasta US$ 1.584, lo cual indica que muchos tenedores de capitales temen que el problema no esté resuelto. Y lo de las criptomonedas, para escapar del virus y de los fiscos, fue todavía mayor: el bitcoin, la moneda estrella de este sector, había caído el año pasado de US$ 12.300 a US$ 8.200, pero en las últimas ruedas los compradores lo volvieron a llevar hasta US$ 10.400, con muchos soñando que se superen máximos anteriores.

 

Todo esto, por supuesto, alteró el valor de las monedas y de las bolsas. Primero, en medio del gran temor, el dólar fue un imán para casi todo el mundo y subió contra todo. Pero en la última semana el billete estadounidense subió en el exterior sólo contra el euro y el franco suizo, pero bajó en China, cedió en Chile, declinó en Brasil y fundamentalmente cayó en Gran Bretaña, con la libra erigiéndose como la mejor moneda de las últimas ruedas.

 

Los índices de las Bolsas siguieron sonriendo: en la última semana el Nasdaq de Wall Street siguió llevándose a los chicos crudos con una suba de más del 2%, y hubo aumentos de más del 1% en el Dow Jones, en México, en Madrid e incluso en Frankfurt. O sea, el virus chino asustó, pero por el momento los fríos números financieros siguieron a tope.

 

Obviamente, lejos del mundo, metido en un remolino que no parece terminar nunca, está el caso argentino. Después de dos meses de silencio casi absoluto, el ministro de Economía, Martín Guzmán, fue al Congreso, habló de manera amenazante con los acreedores y prácticamente no dijo una sola palabra sobre el gasto público y el déficit fiscal. De algun manera le echó la culpa de todos los males a lo que se debe, e indicó que este no es un momento posible para cortar gastos, y que no lo será hasta que llegue otro Gobierno. Nadie sabe si habló para la tribuna local, como dijo Carlos Melconián, o si efectivamente les hará una poda nuevamente histórica a los tenedores de bonos argentinos.

 

Y, como no podía ser de otro modo, el resultado de semejante discurso volvió a calentar el precio del dólar y generó una enésima caída vertical en los títulos argentinos. A lo largo de la última semana la Bolsa de Buenos Aires cayó 7,3% medida en pesos y 6,6% medida en dólares. Los bonos argentinos derraparon otro 3% en dólares, por lo que caen 7% en lo que va de este año. El riesgo país, que había subido a 2.534 puntos en agosto tras el triunfo del peronismo en las PASO, había bajado a 1.770 con los primeros movimientos de Alberto Fernández en el poder, pero ahora está nuevamente arriba de 2.020 puntos y subiendo. Y el dólar, que se había tranquilizado algo volvió a las andadas: mientras el Banco Central aceleró a un ritmo del 2,4% mensual la devaluación del dólar mayorista (ubicado en $ 61,46 el viernes pasado), el blue se acercó otra vez a los $ 78, el mep rozó los $ 82 y el contado con liquidación navegó arriba de los $ 83.

 

Ahora se vienen al menos siete semanas de ardua negociación con los acreedores. La misión del Fondo está en Buenos Aires, parece tener buena predisposición para postergar los pagos que le debe hacer la Argentina. Economía está hablando con los grandes fondos de inversión que tienen casi la mitad de los bonos ya emitidos. Será trabajoso, pero seguramente se podrá llegar a alguna salida con el tema de la deuda pasada. Eso trata de promocionar el Gobierno, poniendo como fecha final de ese proceso al 31 de marzo. Pero economistas de todos los frentes y las pequeñas y medianas empresas saben, de memoria, que el verdadero problema no es la plata pasada, sino la plata futura: con la actual presión impositiva no hay inversión que se pueda decidir. Y si no hay inversión, no hay empleos nuevos. Hasta que el Gobierno no genere en los pequeños empresarios la expectativa de poder ganar, es altamente probable que el dinero futuro siga sin ser movido.

 

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