Un plan muy creativo para bajar la tasa de inflación

27 de enero, 2020

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Por Nicolás Salvatore Economista

 

En el mundo existe aproximadamente 2% de inflación promedio anual. En América Latina, sin Argentina y Venezuela, cerca de 4% anual. En ningún país sensato existen: a) acuerdos de precios, b) congelamiento de naftas, c) utilización del tipo de cambio como ancla contra la inflación, d) precios cuidados, e) ley de góndolas, f) un brutal y súbito impuestazo, y g) un cepo cambiario que induce a los empresarios a formar precios según el dólar paralelo.

 

¿Por qué ya no se implementan en el mundo estas políticas, que atrasan medio siglo? Porque existen miles de bibliotecas con evidencia empírica robusta sobre el rotundo fracaso de estas políticas exóticas que, lejos de bajar la inflación, terminan aumentándola. O, reformulando la afirmación anterior mediante una tabla de lógica: es debido a que la gran mayoría de los países del mundo no implementan estas políticas que tienen baja inflación.

 

En noviembre de 2019 la tasa de inflación argentina fue 4,3%, en diciembre fue 3,7% y enero promete un rango entre 3,3% y 3,5%. Ninguna de estas tasas de inflación fue impulsada por el gobierno de Cambiemos. En noviembre y diciembre ya no había aumento de tarifas ni devaluaciones, el impacto de la devaluación posprimarias de agosto (decreciente) había prácticamente terminado y la emisión monetaria de diciembre, según Milton Friedman, tardaría cerca de nueve meses en tener impacto inflacionario, y según las estimaciones (no tan rigurosas) de algunos discípulos locales, en el caso argentino demoraría entre doce y diciocho meses. Es decir, no hay forma de que la emisión monetaria de diciembre del gobierno de Cambiemos haya impactado en enero. La única causa de peso era la inercia inflacionaria, pero tal cosa conducía a una tasa de inflación cercana a 3% mensual, y decreciendo.

 

¿Cómo se explican entonces estas altísimas tasas de inflación? En primer lugar, porque los empresarios están formando un colchón de precios preacuerdo o congelamiento, como ha ocurrido en Argentina desde mediados del Siglo XX cada vez que se han implementado medidas esotéricas como éstas. En segundo lugar, porque el Gobierno eliminó el descuento del IVA a los alimentos. Y en tercer lugar porque los empresarios se anticipan a los efectos del gran shock de oferta (el impuestazo), que impactará en una economía que opera en un régimen de estanflación y lo empeorará.

 

Este plan por 180 días para bajar la inflación, tan creativo, lejos de disminuir la inercia inflacionaria está generando “inflación reprimida”. Como es habitual, la inflación dará un salto discontinuo el fatídico día 181. El Gobierno incurre en un grave error: los diferentes grupos de agentes económicos no sólo tienen expectativas adaptativas, que frenarían la inercia inflacionaria, sino también expectativas racionales “looking forward”, sobre las cuales se fundó la macroeconomía moderna a principios de la década del ’70, hace apenas medio siglo. Sugiero al equipo económico leer, entre otro cientos de autores, a los pioneros Thomas Sargent y Neil Wallace.

 

Como si con lo anterior no bastara, el BCRA está emitiendo dinero tanto para pagar algunos bonos en pesos como para hacer un poco de populismo con el gasto público, limitado por el fortísimo ajuste fiscal. El discurso del Gobierno dice que este es un “modelo basado en el consumo”. Veamos. El consumo depende de dos variables: el ingreso disponible (luego de impuestos) y la tasa de interés. Por el lado de los ingresos, con este conjunto de medidas tan creativas la tasa de inflación no promete bajar mucho desde el altísimo nivel actual (53,8% en 2019), por lo que caerán los salarios reales del sector privado, ya que los empresarios no podrán, transitando en 2020 el tercer año de recesión, aumentar salarios frente al 45-50% de inflación esperada para 2020. Por su parte, los otros ingresos, tales como jubilaciones, salarios públicos y planes sociales, van a caer también en términos reales, dado el ajuste fiscal, necesario para pagar la deuda pública. Además, el impuestazo será, obviamente, el otro factor que disminuirá –fuertemente– el ingreso disponible. Esta generalizada y pronunciada caída del ingreso disponible hará bajar el consumo, que representa cerca de 70% del PIB, por lo que también caerá el PIB en 2020. Al caer la variable fundamental que determina el consumo, el ingreso disponible, no habrá medida paliativa que alcance a modo de compensación, financiada por una pequeña dosis de gasto público, fuertemente condicionado por el fortísimo ajuste fiscal. Respecto a la segunda variable de la que depende el consumo, la tasa de interés, el Gobierno incurre en otro severo error conceptual. El Gobierno cree que bajando la tasa de interés pasiva (depósitos) van a caer las tasas activas (préstamos). No es así. La tasa de interés activa viene determinada por el riesgo de los sujetos de crédito, familias y empresas, que es altísimo, tanto debido a la recesión como al estrés financiero generado por el alto endeudamiento derivado de la actual crisis. Dado que este riesgo permanecerá alto al menos en 2020, entonces las tasas de interés activas seguirán siendo altas. Tal cosa es conocida en la literatura como “relación riesgo-retorno”, bautizada así por Harry Markowitz (1959) y su amigo James Tobin (1958), quien presentó un seminar paper sobe el tema, intitulado “Liquidity Preference as Behavior Toward Risk”. Tal vez el equipo económico desconoce esa parte de la biblioteca, escrita hace apenas sesenta años.

 

Si éste es un modelo “basado en el consumo”, entonces es inconsistente debido a tres factores: el impuestazo, la recesión y el proceso inflacionario.

 

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