Trump, Irán y el riesgo de una nueva crisis internacional

6 de enero, 2020

donald trump Estados Unidos

Por Héctor Rubini Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

 

El asesinato del jefe militar iraní Qasem Soleimani el pasado viernes cerca del aeropuerto de Bagdad, ha puesto al gobierno de Trump al filo de una guerra con Irán, y sus grupos y gobiernos aliados.

 

Las potencias occidentales han tendido a subestimar la capacidad de réplica de los grupos árabes en los ’90, y más aún los gobiernos de buena parte de los países emergentes. En Argentina, fue más que notable la facilidad con que se concretaron los atentados a la AMIA y a la embajada de Israel. En buena parte del resto del mundo prevaleció la indiferencia y las prevenciones posteriores mínimas. Recién se tomó conciencia de la efectividad e inteligencia de los grupos islámicos con el 11-S. Un papelón que marcó el inicio de una suerte de doctrina de seguridad nacional mundial que puso fin a la relativamente libre circulación de personas de los años ’80 y ’90.

 

La ofensiva de Estados Unidos contra Afganistán e Irak sólo devino en la ocupación de Irak, pero no evitó una seguidilla de atentados terroristas en el continente europeo en las dos últimas décadas. Tampoco el afán de atacar países para asegurarse el acceso a hidrocarburos. La muerte de Saddam Hussein se justificó con acusaciones falsas de depósitos de armas inexistentes. La invasión a Libia y muerte de Khadafi, se decidió una vez que dicho líder se percibió como una piedra en el zapato para no pocas petroleras europeas y estadounidenses. La todavía extraña formación y despliegue de ISIS con la inicial indiferencia de la OTAN empeoró las cosas. Siguió una verdadera masacre en Siria que provocó la crisis migratoria que sigue hasta hoy. Irak no logró estabilizarse, y los acercamientos y desacuerdos entre Irán y los países occidentales no llevaron a ningún lado. Las tensiones de la región se agravaron este año con los ataques a buques petroleros en el estrecho de Ormuz, y era claro que cualquier provocación o agresión podría generar un conflicto a gran escala.

 

La decisión de Trump fue la respuesta a una escalada de menor a mayor. El detonante inicial fue la muerte de cinco estadounidenses en Kirkuk, Irak, por un ataque del grupo shiíta Kataib Hezbollah. El gobierno de Estados Unidos respondió con un ataque aéreo a cinco puestos de ese grupo en Irak y dos en Siria, provocando decenas de muertos. Esto generó protestas callejeras en Bagdad contra la embajada de Estados Unidos, cuyo local fue dañado por los manifestantes. A esto siguió un agresivo intercambio de mensajes en Twitter entre los presidentes de Estados Unidos y de Irán, y el ataque con misiles lanzado por drones estadounidenses del viernes. El objetivo cumplido, eliminar a Soleimani, anticipa réplicas de alcance por ahora desconocido. Soleimani era el líder de un grupo especial del ejército de Irán que sostiene a Kataib Hezbollah, grupo armado que opera en Irak y en Siria, en apoyo a las del gobierno de Assad. Junto a Soleimani murió también Abu Mahdi al-Muhandis, jefe de las milicias paramilitares de Irán conocidas como Fuerzas de Movilización Popular.

 

El gobierno de Irán ha anunciado una larga y dura venganza. ¿Se cerrará el estrecho de Ormuz? ¿Habrá ataques contra instalaciones de empresas de Estados Unidos? ¿Atentados en cualquier país del mundo? ¿Sobre puertos, aeropuertos, universidades, centros comerciales, o terminales ferroviarias y de subterráneos? Los medios y las vías para las réplicas son múltiples, pero nadie sabe como ni cuando lo va a concretar.

 

Los mercados de futuros de petróleo reaccionaron inmediatamente a la suba, y no es de descartarse una escalada alcista ante nuevos actos de guerra o atentados en cualquier otro país o circunstancia. El precio del Brent superó el viernes los US$ 68 y todos los pronósticos se ajustaron a la suba.

 

Un cierre del estrecho de Ormuz podría disparar el precio del barril del petróleo bien por encima de los US$ 100, y según algunos analistas, hasta US$ 150. Forzosamente aumentará la volatilidad de los tipos de cambio, y las dificultades para el comercio y el transporte marítimo internacional.

 

Una eventual guerra internacional o mundial suena para muchos a fantasía, pero no podría descartarse. En ese caso, el exceso mundial de oferta de petróleo que en general se espera para este año se revertiría antes de fin de 2020 y en ese caso, a la desaceleración del crecimiento económico seguiría un shock inflacionario por empuje de costos para el resto del mundo inclusive en países con dificultades para revertir las expectativas y presiones deflacionarias. Para varios economistas, una escalada del conflicto, con el cierre del estrecho de Ormuz, podría llevar el precio del petróleo a oscilar en torno de US$ 150, empujando a la economía mundial a una inflación “piso” en los países de desarrollados de 4%-5% anual y una reducción del crecimiento del PIB mundial en al menos 0,5%-0,6%.

 

Para Argentina, esto tendrá inevitables efectos económicos. Si la suba del precio del petróleo es permanente e irreversible, no podrá sostenerse ningún esquema de congelamiento de precios de combustibles, de tarifas públicas y cualquier acuerdo social atado a un ancla fija. La volatilidad de los precios de tipos de cambio tornará complicado optar por un dólar fijo o semifijo, o imaginar siquiera un sendero de pactos sociales que conduzca a una baja permanente y sostenida de la inflación, del tipo de cambio y de las tasas de interés.

 

En cuanto a las inversiones esperadas para Vaca Muerta, y otras áreas para extracción vía fracking, todo sendero de precios superior a los U$S 80 por barril es más que bienvenido. Lo que no es claro es el comportamiento de los potenciales inversores y de los gobiernos de sus países de origen. No es de descartar que Washington empiece a aplicar represalias comerciales o de otro tipo, a gobiernos relacionados con líderes progresistas afines al eje Rusia-China-Irán y antiestadounidenses. La presencia el pasado 10 de diciembre de Rafael Correa y funcionarios de Venezuela en Buenos Aires, así como el acercamiento al gobierno progresista de México, el asilo a Evo Morales y sus actividades políticas en nuestro país, y el incipiente giro hacia retomar un fuerte vínculo con China, han sido muy mal vistos por la Casa Blanca. Habrá que ver como se adaptará la Casa Rosada a esta realidad.

 

Por ahora, la el nuevo foco de inestabilidad mundial está en Medio Oriente, pero el rumbo futuro dependerá de las reacciones del presidente de los Estados Unidos. Alguien para quien el fin justifica los medios, y si entiende que hay que “disciplinar” a gobiernos “rebeldes” o “peligrosos”, lo va a hacer. Más aun si logra afirmarse en las encuestas de opinión como el potencial ganador de las elecciones presidenciales de noviembre.

 

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