Reglas versus flexibilidad

14 de enero, 2020

actividad medidas guzmán

Por Pablo Mira Docente e Investigador de la UBA

 

Ha sido común la recomendación, tanto en la teoría como en la práctica macroeconómica, de que las reglas son superiores a la discrecionalidad. Esto suele ilustrarse en términos de corto versus largo plazo, siendo la discrecionalidad la representación de lo inmediato, y la regla la imagen de lo duradero. Las reglas, según reza la exhortación, contribuyen a las decisiones persistentes de inversión, que son las finalmente contribuyen al crecimiento y el desarrollo. En cambio, la discrecionalidad produce confusión e inequidades entre los agentes económicos, dando lugar a decisiones equivocadas o que se corresponden con un riesgo mínimo, y por tanto con un bajo rendimiento. La distinción suele extenderse también a los planes económicos, que deben sentar de una vez y para siempre un conjunto de reglas claras para permitir al mercado y a sus participantes racionales hacer su trabajo, permitiendo a la economía ingresar en un sendero ordenado de expansión.

 

Pero como toda teoría macroeconómica que se precie, sus aplicaciones deben pasar el test de la economía argentina. Y en la práctica, este criterio tan general resulta difícil de respetar. Por un lado, si se habrán de priorizar las reglas, esas reglas deben ser indiscutibles y demostradamente verdaderas de antemano. Esto asume que este conjunto de opciones existe sin ambigüedades en la teoría, y que basta con tomar la decisión política correspondiente para implementarlas.

 

Quizás la discusión entre reglas y discrecionalidad sea puramente semántica. Comparando ambas posibilidades nadie elegiría la segunda antes que la primera. ¿Pero qué ocurriría si el dilema se plantea como la alternativa entre rigidez y flexibilidad?

 

La principal restricción del uso de reglas, sin embargo, no es ese. Si bien no siempre una regla equivale a una política inalterable, es claro que su virtud proviene de tener la máxima constancia posible. Pero en un entorno cambiante, una regla fija no hace más que ensuciar las decisiones de los agentes económicos y el funcionamiento de los mercados. En estos tiempos, Argentina enfrenta una situación muy específica y concreta de incertidumbre respecto de su entorno, que es la redefinición de sus obligaciones financieras con el exterior. Ante esta incertidumbre “fundamental”, una política que defina completamente un sendero de reglas de política no podría jamás cumplir con criterios de optimalidad siquiera aproximada.

 

Quizás la discusión entre reglas y discrecionalidad sea puramente semántica. Comparando ambas posibilidades nadie elegiría la segunda antes que la primera. ¿Pero qué ocurriría si el dilema se plantea como la alternativa entre rigidez y flexibilidad? Ahora muchos verían grandes ventajas en disponer de opciones. Argentina hoy no puede tener un plan definido de largo plazo basado en reglas sin antes tener claro los resultados de las negociaciones de la deuda. Por eso, las decisiones recientes deben ser entendidas como un plan que precede al entendimiento con los acreedores, no necesariamente como una estrategia que se sostendrá cualquiera sea el resultado de un potencial acuerdo.

 

El país necesita hoy más que nunca de flexibilidad en sus políticas económicas, al menos hasta tanto el horizonte se despeje. La verdadera regla a respetar es que, una vez que se llegue a un acuerdo, Argentina pueda de una vez por todas cumplirlo, y esto requiere maleabilidad de políticas para llevar al país a la reactivación productiva, única salida de largo plazo factible para pagar los compromisos, retornar al mercado de capitales, y poner en marcha el círculo virtuoso del crecimiento.

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