¿Por qué no estamos ante la Tercera Guerra Mundial?

6 de enero, 2020

trump irán

Por Augusto Salvatto Investigador Asociado al Centro de Estudios Internacionales (UCA)

 

La escalada de la ya muy antigua crisis diplomática entre Estados Unidos e Irán puso al mundo en estado de alerta y la preocupación por una posible tercera guerra mundial se hizo notar en las redes sociales, donde lo polémico corre siempre con mucha más fluidez que lo sensato. Sin embargo, a pesar de su compleja gravedad, la situación actual en Medio Oriente no es la antesala de un conflicto bélico a gran escala, por tres motivos.

 

Para comenzar, las condiciones que llevaron al estallido de las anteriores guerras mundiales no se encuentran presentes en la actualidad. En la previa al estallido de la Primera Guerra, Europa había experimentado por primera vez en mucho tiempo casi un siglo de paz, salvando algunas excepciones menores, gracias a un sistema de alianzas ideado a raíz del Congreso de Viena en 1815 y del cual Gran Bretaña era el principal garante. Sin embargo, fue este mismo sistema de alianzas el que terminó provocando una guerra a gran escala. La Segunda Guerra Mundial podría considerarse en realidad como una continuación de la primera, donde se buscaron zanjar – principalmente por parte de Alemania, pero no exclusivamente – los conflictos no resueltos en la Gran Guerra. En la actualidad, a diferencia de lo que sucedía entonces, las instituciones globales y la situación económica global desincentivan los conflictos a gran escala.

 

La crisis política entre Estados Unidos e Irán es uno de los eventos internacionales más importantes de los últimos años, y aunque se encuentra lejos de convertirse en un conflicto mundial a gran escala, es un reflejo del (des)orden mundial actual.

 

En segundo lugar, las primeras reacciones de los principales actores globales no dan verdaderas señales de escalada bélica, en la zona, aunque sí de algo no menos importante: la revisión del liderazgo norteamericano en el orden mundial actual.

 

Por último, lo ocurrido en Siria en los últimos años nos ha demostrado que las posiciones contrarias de los principales actores internacionales en un conflicto bélico no necesariamente llevan a una guerra a gran escala entre esas potencias, especialmente porque lo que hay para perder es muy superior a lo que se podría ganar si eso sucediera.

 

Un mundo en transición

 

En la actualidad asistimos a un orden mundial más bien desordenado, propio de una etapa de transición entre el momento unipolar que lideró Estados Unidos durante la década de 1990, y un próximo orden incierto que lo sucederá.

 

Desde la llegada al poder de Donald Trump, el propio Washington ha dejado de intentar promover el orden mundial liberal que comenzó a consolidar desde 1945, criticando uno de sus pilares fundamentales como el libre comercio, rechazando la expansión de los valores democráticos y criticando a las propias instituciones internacionales que le dieron sustento. En resumen, renunciando a su liderazgo global en muchos aspectos, y perdiendo terreno frente a otras potencias.

 

Al mismo tiempo, actores como China y Rusia, que se han beneficiado del orden liberal, también están buscando consolidar su poder e influencia de forma progresiva, por ejemplo, mediante la diplomacia económica. Aunque esto no significa que busquen ocupar el rol de hegemonía que ostentaba Estados Unidos en la década de 1990, ni que exista una propuesta clara de orden alternativo. Estas potencias más bien están aprovechando la falta de liderazgo de norteamericano para ganar terreno en los distintos tableros de poder.

 

Por esto, es mucho más probable que actores como China, Rusia, la debilitada Europa, Turquía, o el propio Irán, aprovechen tomen esta situación de alta tensión como una oportunidad para profundizar su liderazgo global en lugar de fomentar un conflicto a gran escala que significaría perdidas incalculables para todos.

 

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