La situación se complicará si se insiste con el gradualismo

23 de enero, 2020

guzmán

Por Héctor Rubini Economista Universidad del Salvador (USAL)

 

La suba permanente del nivel general de precios, refleja un exceso permanente de demanda de bienes. Siendo los precios absolutos determinados en término de un activo que sirve de unidad de cuenta, algo llamado “dinero”, si desde un escenario inicial de equilibrio de oferta y demanda la cantidad disponible de dinero excede lo que voluntariamente demanda el público, ese excedente en parte se ahorrará (generando exceso de demanda de otros activos) y en parte se gastará (generando exceso de demanda de bienes). Los mecanismos de transmisión varían según el país, pero al menos en el largo plazo, es más que convincente la evidencia internacional respecto de la asociación directa y robusta entre emisión monetaria e inflación.

 

Esto no quita que en la dinámica de corto plazo de precios e ingresos en el corto plazo juegue un rol relevante diversos mecanismos de propagación que contribuyan a su volatilidad, y realimentación. Ciertos cambios de precios relativos pueden explicar saltos inflacionarios (y no sólo de nivel de precios) sin expansionismo monetario en el corto plazo, como los inducidos por abruptos ajustes cambiarios o de tarifas públicas. Pero revertir y detener un proceso inflacionario requiere, de mínima, el control de la oferta de dinero. Sin el combustible monetario no se puede sostener un aumento permanente y sostenido del nivel de precios, ni de la inflación.

 

Para la realidad actual, el escenario luce complicado si se insiste con cierto gradualismo y la continuidad de programas en base a “parches” parciales como se vienen observando desde hace varios años. Si se toma como referencia diciembre de 2016, mes base para el IPC Nacional del Indec, se observa que hasta diciembre de 2019 ese índice aumentó un 181,2%, pero el índice de precios mayoristas creció un 226,8% y el tipo de cambio mayoristas (BCRA) un 278,3%. Un desfasaje que incuba nuevos ajustes y a la suba.

 

La base monetaria, a su vez, no se mantuvo quieta: punta a punta creció un 116,9%. La suba del tipo de cambio y de los precios mayoristas no se trasladaron totalmente al IPC, lo cual debilita explicaciones de la inflación en base a empuje de costos y nada más. Evidencia adicional: entre diciembre de 2016 y 2019 la energía eléctrica, registró un aumento aún mayor: 323,7% siguiendo la iniciativa oficial de que recupere el atraso acumulado hasta fin de 2015.

 

Si se toma la identidad contable conocida como ecuación cuantitativa del dinero, la suba del IPC y de la base monetaria, con una destrucción del PBI punta a punta en torno de 1,5% es coherente con un aumento de la velocidad de circulación del dinero de nada menos que el 62,8%. Indicador implícito de un ajuste a la suba de las expectativas de inflación respecto de diciembre de 2016, y coherente con expectativas de mayor inflación.

 

En esos tres años el saldo promedio mensual de la deuda cuasifiscal del BCRA por letras y pases pasivos aumentó un 63,1%. Claramente no se absorbió toda la emisión monetaria con ese pasivo remunerado del BCRA que a mediados de mes ascendía al 99% de la base monetaria. Por otro lado, dicha expansión del pasivo del BCRA no significó más liquidez para el sector privado. Entre diciembre de 2016 y diciembre de 2019 los depósitos en pesos del sector privado crecieron un 140,9%, pero los créditos al sector privado en pesos crecieron sólo el 104,1%.

 

Frente a esta realidad, las autoridades han optado por ahora por controles de precios, cambiarios y a las importaciones. Una estrategia que incuba inflación reprimida hasta el “día después” del abandono de los controles. En caso de volver a acelerarse la inflación se tornará más difícil en lograr la desindexación de contratos, y revertir la progresiva sustitución de moneda local por divisas extranjeras como reserva de valor.

 

La experiencia del pasado de varios países de la región, incluso el nuestro, muestran con claridad que lo más recomendable es una estrategia conjunta para atacar el problema de la inflación crónica y creciente. Sin disciplina monetaria y fiscal, los controles sólo permiten reducir por un tiempo la variabilidad de precios relativos, pero a medida que pasa el tiempo pueden perder efectividad y conducir a ulteriores ajustes con mayor impacto inflacionario. En gran medida dependerá de qué “ancla” definan las autoridades para controlar las subas de precios y de la credibilidad del público en su efectividad para reducir la inflación de los niveles actuales.

Dejá un comentario