Europa y EE.UU. quieren su acuerdito de libre comercio

27 de enero, 2020

trump von der leyen EE.UU. UE

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Es obvio que la política internacional está experimentando un importante cambio de rumbo y de protagonistas. Tras el diálogo sostenido en los habituales meandros del Foro Económico Mundial de Davos, la Presidente de la Comisión de la Unión Europea (UE) y el Jefe de la Casa Blanca decidieron intensificar los esfuerzos orientados a concluir, dentro del próximo semestre, la negociación del mini- acuerdo bilateral de libre comercio que se encontraba en estado vegetativo; hacer lo posible por estimular las acciones destinadas a modernizar y reactivar el funcionamiento de la OMC; repensar los hoy olvidados pilares de la tradicional Alianza Transatlántica y fortalecer la labor tripartita con Japón para conducir determinados ángulos de la relación con China.

 

¿Fue así de simple la cosa? No parece. Todos sabemos que predecir los hepáticos vaivenes de Donald Trump no es tarea humana y uno olfatea que con la doctora von der Leyen, ex ministro de Defensa de Alemania, no se j…uega. En todo caso, resulta claro que ambos mandatarios desean testear las aguas sobre la base de revisar los términos de referencia que paralizaron la anterior negociación del Acuerdo (¿estará la agricultura en el nuevo paquete?). Nadie conoce dichos términos.

 

Al igual que ahora, en 2018 Donald y sus apóstoles le hicieron notar a Bruselas que además del aumento del arancel de importación al aluminio y el acero provenientes de la UE, Washington estaba contemplando la eventual aplicación de parecido tratamiento a los automóviles y sus partes, lo que explica el nerviosismo y la súbita buena voluntad de los líderes del Viejo Continente, que ahora viene acompañada por el explícito fin de la paciencia regional.

 

De todos modos, especulaciones políticas y legales al margen, hay por lo menos otros dos síntomas de que Estados Unidos y Europa comienzan a entender que no sería del todo malo usar un poco de lógica para restablecer otra clase de normalidad. Ambos líderes reconocieron que no habrá chance alguna de ponerle límites al expansionismo chino si actúan dispersos y abren flancos sensibles para lo que solía llamarse, en tiempos cavernarios, los enfoques de Occidente. Ello no supone imaginar que Bruselas se apresta a divorciarse de su libro rojo sobre proteccionismo regulatorio; sólo nos dice que cabe esperar la posibilidad de contar con mayor transparencia, alguna racionalidad científica y un mecanismo más serio (ja!!) de diálogo. Sigamos.

 

Si bien el de la pasada semana no fue el primer año en que los líderes políticos que exponen en el Foro Económico Mundial de Davos provocan una sobredosis de vergüenza ajena (en 2019 los asistentes quedaron boquiabiertos ante la insustancial divagación del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro), la agenda de contactos personales rindió, como es de práctica, algunos frutos que conviene no perder de vista. En Davos 2020 el show electoral estuvo a cargo del Jefe de la Casa Blanca, quién creyó estar en un acto partidario, ya que dio una clase de victorioso mercantilismo en un contexto donde el comercio administrado y el proteccionismo suelen ser tan populares como la legalización del aborto en el Vaticano.

 

Además, Trump no se privó de emitir una catarata de idioteces en materia de Cambio Climático, lo que facilitó el vapuleo de la joven militante sueca Greta Thunberg, quien le propinó una fuerte correctivo de política ambientalista.

 

Al respecto, y a esta altura, uno se pregunta si no sería simpático que la Casa Blanca deje de calificar como “riesgo de Seguridad Nacional” el comercio con el Viejo Continente, recordando que en el Atlántico Norte nacieron todas las instituciones de la democracia que sirvieron para asegurar el equilibrio geopolítico y estratégico durante la prolongada Guerra Fría del último siglo y los acuerdos pacificadores de años recientes. También, porque los argumentos y movidas de Washington demostraron ser bastante inútiles. Digo esto, con la esperanza de que el nuevo gabinete de Bruselas, que en muchos casos es de gran calidad, no crea que llegó el momento de reintroducir la prepotencia que tenía junto a Estados Unidos cuando ambos daban la letra y la música al Sistema Multilateral de Comercio, cosa que sucedió hasta los primeros años del corriente siglo.

 

La Casa Blanca nunca valoró en mucho la buena letra de Bruselas ya que, aún sin acuerdo comercial a la vista, Europa adquirió más soja y gas natural en el mercado estadounidense y le arregló la cuota hormonas de carne vacuna que los gobiernos de Obama y de Trump, como suelen hacer los de nuestro país, no supieron explotar con inteligencia y prolijidad.

 

La Oficina del Representante Comercial tampoco se privó de dar un pésimo ejemplo cuando aplicó con furia las represalias comerciales que destruyen comercio en el caso de las disputas que se hicieron mutuamente los dos gobiernos al salir en defensa de Boeing y Airbus (por el uso de enormes subsidios ilegales), políticas que bien podrían ser concertadas por el lado de la expansión del intercambio en una mesa de negociaciones sin políticos y sin veleidades de protagonismo de baja estofa. Aprovechar la sanción de los paneles sobre la aviación civil para reducir el comercio, sólo le hace bien a los que quieren un mundo caótico y sin reglas, en el que los poderes hegemónicos reales creen que pueden sobrevivir mejor. La Crisis del ´30 y la Segunda Guerra Mundial ya demostraron que eso es estúpido.

 

Trump y Macron también acordaron posponer un polémico impuesto que grava la ganancia de los negocios digitales (Google, Amazon, Alibaba, etcétera) y se proponen volcar sus esfuerzos a la noción de alinearse bajo las reglas fiscales concebidas en la OCDE y luego invitar a la adhesión colectiva. El anuncio de las nuevas disciplinas se hará en París esta misma semana.

 

En otro desarrollo, hay material que atañe en forma directa al Mercosur. Como ya destaqué en columnas anteriores, el pasado 16 de enero, el nuevo Comisionado de Comercio de la Unión Europea (UE), Phil Hogan, afirmó que el borrador adoptado el pasado 29 de junio por negociadores de rango ministerial del Mercosur y la UE debería ser considerado como un tómelo o déjelo. Fue en el curso de un diálogo realizado en Washington, en la sede del CSIS, sobre las relaciones bilaterales de la UE con Estados Unidos, donde el Comisionado alegó ser optimista acerca de que la compleja ratificación legislativa del Viejo Continente, la que demandaría alrededor de dos años, tendría final feliz. En la oportunidad indicó que, debido al hecho de que Brasil ya había revisado su posición antepuesta al Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y que Argentina por el momento estaba silenciosa, todos harían lo necesario para ser parte del Acuerdo.

 

Al formular este comentario, su fotográfica y precisa memoria le jugó una mala pasada. No incluyó alusión de ninguna especie a la objeción formal de la UE (léase de Macron, el presidente de Francia y otros con similar inquietud) al manejo de los incendios en la región Amazónica (un gigantesco territorio soberano de Brasil y de otras naciones de América Latina como Bolivia, Perú y Ecuador; ver mis notas anteriores sobre el tema).

 

Ninguno de esos chispazos hubiera agregado mucha luz al tema, si no fuera porque el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, decidiera afirmar lo mismo que Hogan y sugirió, públicamente, a los sectores de la sociedad civil de nuestro país que objetan el contenido del borrador de Acuerdo birregional, que lleven sus quejas por escrito al Congreso, el foro con arte y parte en el proceso de ratificación. Pero tampoco ahí terminó la historia.

 

Cuatro días después de la brillante exposición de Hogan en Washington, el actual presidente croata del Consejo Europeo y los Miembros del Comité de Comercio del Euro-Parlamento, desmintieron el pronóstico de pura intangibilidad feliz de los textos adoptados por la Comisión sobre el Acuerdo Birregional. En una noticia de prensa emitida por ese Parlamento el 23 de enero, se advierte que los legisladores quisieron saber, al anunciarse los perfiles del debate del Comité de Comercio (INTA) de ese órgano legislativo “cómo piensa resolver (to tackle) el Consejo la creciente discordia (en la UE) sobre la futura conclusión del Acuerdo de Libre Comercio entre la UE y el Mercosu, cuáles son las recomendaciones de ese órgano acerca de la reforma de la OMC y si el Acuerdo Verde (impulsado por la presidenta von der Leyen) se verá reflejado en disposiciones ad hoc de política comercial.”

 

Siempre hablando sobre el Acuerdo Verde que impulsa von der Leyen, el nuevo Comisionado de Agricultura de la UE, Janusz Wojciechowski, de origen polaco, mostró una curiosa hilacha en su primera visita al Euro-Parlamento al sostener que “no se le puede demandar mayores obligaciones y darle menores ingresos a los agricultores” de esa Unión Económica, algo que no solía suceder en épocas pretéritas. En épocas más racionales no era común que un Comisionado dejara de arbitrar una política para devenir en lobista del sector socio-económico con el que debe lidiar. El comentario, que también es del 23 de enero, y de haber sucedido hace un par de décadas, le hubiese costado un fuerte zamarreo a la delegación de la UE en la OMC, ya que se supone que las compensaciones agrícolas deben encuadrarse en las disciplinas y obligaciones existentes sobre subsidios.

 

También resultó extraño que el Director General de la OMC, el embajador brasileño Roberto Azevedo, anunciara el pasado miércoles que estaba discutiendo una “reforma estructural de la Organización con el Presidente de Estados Unidos (y dentro de pocos días con sus colaboradores en la ciudad de Washington), como si su mandato alcanzara para trasponer los límites de la labor de facilitación y asesoramiento. En mi ya lejana época todos sabían que la OMC era una “Organización conducida por sus Miembros” y que la Secretaría brindaba asistencia técnica y facilitaba las decisiones, sin potestad de representación independiente del sentir colectivo salvo consulta y mandato previo. Nadie ignora que no son tiempos para vivir con el reglamento en la mano. Ni el momento de jugar al vale todo e imaginar que eso es liderazgo.

 

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