El selectivo ataque de Washington al general iraní Qassem Soleimani

10 de enero, 2020

Por Atilio Molteni Embajador

 

Aunque resulta difícil pronosticar cómo seguirán las relaciones de Estados Unidos con Irán, Irak y las zonas adyacentes del Medio Oriente, está claro que Washington acaba de elegir una estrategia oficial y no tradicional de concretar, en forma visible, la eliminación física de dos líderes y protagonistas centrales de las acciones de Teherán contra blancos estadounidenses en Irak, y en el resto del mundo, y de las fuerzas formales e informales de ese país que constituyen una de los principales motores de inestabilidad en esa región del mundo .

 

La respuesta del Gobierno que preside Donald Trump a diversos actos previos del gobierno iraní, como la muerte de un contratista estadounidense, la destrucción de blancos físicos en el campo de transporte marítimo y otros hechos similares, es una forma drástica y no muy reflexiva de decir “hasta aquí llegamos”. La furiosa represalia posterior de Irán a la muerte de sus líderes militares fue contenida, pero precedida de la declaración, por ahora teórica, tendiente a señalar que su objetivo estratégico es ver a Estados Unidos fuera del Medio Oriente. Eso incluye la noción de atacar no sólo a las fuerzas propias de Washington, sino a cualquier otra nación que participe en forma solidaria y activa de donde se originen las acciones de respaldo que encabeza Estados Unidos. El Primer Ministro de Israel, que se había mantenido en silencio, no sólo elogió la reacción de Washington, sino que anticipó que cualquier acto de Teherán contra su país será responderá con extrema dureza. Cuánto y cómo se reflejarán estos dichos en acciones bélicas o respuestas diplomáticas, es algo que está por verse.

 

La reciente cronología de los hechos es relativamente clara. El pasado 3 de enero se agravaron significativamente las tensiones entre los Estados Unidos e Irán, cuando las fuerzas de Washington, utilizando un avión no tripulado (drone) en las cercanías del aeropuerto de Bagdad mataron al carismático comandante de la Fuerza Al Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, teniente General Qassem Soleimani y a parte de su plantel de mando, lo que incluyó la muerte del líder de la fuerza local pro-iraní Kataib Hezbolá, Abu Mahdi al-Al Muhandes.

 

Una vez finalizada la represalia iraní sobre dos campos militares de Estados Unidos, el presidente Trump y sus colaboradores salieron a explicar su propia decisión de aniquilar a los líderes militares de Irán como una acción defensiva, sustentada en la estrategia de la “Guerra contra el Terrorismo”. Tal argumento nació a principios de este siglo en respuesta al ataque de septiembre de 2001 que tuvo el efecto de derribar las Torres Gemelas y otros blancos altamente depredadores. Al hacerlo, el Jefe de la Casa Blanca citó la responsabilidad que cupo a Soleimani y a sus dirigidos en la muerte de cientos de nacionales Estados Unidos en diversos incidentes, afirmando que los citados cuadros militares estaban desarrollando nuevos planes contra la vida de diplomáticos y soldados de su país en Irak y en regiones adyacentes, sin brindar mayores precisiones, ambigüedad que no resultó bien digerida por muchos sectores de la política estadounidense, quienes expresaron sin eufemismos sus reservas. La poca efectividad de la represalia de Teherán contra las tropas de Washington en Irak, se debió a que esas fuerzas tenían previo conocimiento del ataque misilístico.

 

La muerte de los militares iraníes fue la acción de mayor entidad en tiempos recientes contra una persona considerada como una amenaza externa a la seguridad, lo que incluye, entre otros, a los recedentes de la eliminación de Osama Bin Laden de Al-Qaeda y Abu Bakr al- Baghdadi de Estado Islámico (ISIS). La diferencia es que, en esos dos casos, fueron represalias simbólicas contra las cabezas de grupos terroristas, en tanto que la eliminación de Soleimani fue un ataque a un oficial de cúpula de una fuerza militar extranjera que no había estado, en forma directa, en visibles acciones de combate, lo que inauguró una práctica de asesinatos selectivos que podría acarrear el riesgo de una escalada de similares características por parte de Irán, donde queda flotando la idea del magnicidio.

 

Soleimani era el segundo de los hombres fuertes de Irán después del Líder Supremo Khamenei y también la imagen emblemática de las acciones de Teherán más allá de sus fronteras nacionales. El ataque a su persona pareció concebido para desalentar el permanente interés de Teherán de consolidar su influencia en El Líbano, pues Soleimani no sólo era un líder militar, sino un hombre con destacadas aptitudes políticas y enorme liderazgo regional dentro y fuera de su propio país. En el ámbito político se especulaba acerca de que podía devenir en candidato a la presidencia de Irán en las próximas elecciones debido a su cercanía al Líder Supremo, quien expresó un visible y profundo pesar en las ceremonias posteriores a su muerte.

 

Estados Unidos e Irán iniciaron su larga y enconada animosidad a partir de la Revolución Islámica de 1979, escenario que se agudizó fuertemente cuando en 2003 el expresidente George W. Bush padre decidió invadir Irak para desestabilizar el gobierno de Saddam Hussein, a quien despojó de su fuerza y de su protagonismo regional. El beneficiario directo de esa maniobra militar y política fue Irán, pues desde ese momento los chiitas condicionaron al gobierno de Irak. Doce años después, el presidente Barack Obama buscó algunas opciones destinadas a superar los enfrentamientos de Estados Unidos con Irán, mediante el Plan de Acción Integral Conjunto -PAIC- suscripto por los miembros permanentes de Consejo de Seguridad de la ONU (más Alemania), cuyo texto estableció, por quince años, limitaciones al plan nuclear iraní, sin eliminar por completo su existencia.

 

Pero en 2018, y a pesar de que Washington y Teherán lucharon conjuntamente contra Estado Islámico (un movimiento fundamentalista sunita), Trump se retiró de dicho Acuerdo y adoptó una serie de medidas destinadas a ejercer máxima presión sobre Irán, las que incluyeron el propósito de llevar a cero la comercialización internacional de su producción petrolífera, renegociar el PAIC; limitar su capacidad misilística y desarmar su apoyo a las facciones y grupos que luchan en distintos conflictos regionales del Medio Oriente. Varios países, en particular europeos, trataron de buscar sin éxito un arreglo entre las partes, e inclusive Donald Trump se mostró dispuesto a tener conversaciones directas sin precondiciones con su homónimo iraní, Hassan Rouhani, proceso que nunca tuvo éxito.

 

En ese contexto, desde mayo de 2019 fuerzas iraníes o vinculadas a Teherán decidieron generar distintas provocaciones, como atacar buques petroleros de diversas nacionalidades en el Golfo Pérsico; destruir la infraestructura petrolera de Arabia Saudita; derribar un drone estadounidense e incentivar su participación en diversos conflictos en Medio Oriente por medio de operaciones asimétricas y clandestinas. En este marco, el pasado 27 de diciembre se registró un ataque con cohetes a una base norteamericana en Kirkuk, en el norte de Irak, en el que falleció un contratista y resultaron heridos varios soldados, lo que fue respondido con una acción de represalia aérea de los Estados Unidos contra cinco bases del Kataib Hezbolá en Irak y Siria.

 

El 31 de diciembre también se registró el asalto de una turba de manifestantes contra la Embajada estadounidense en Bagdad, la que fue consentida por la custodia Irakuí. Los invasores llegaron a ocupar algunas instalaciones de la denominada “Zona Verde”, hasta ser repelidos por la guardia de Estados Unidos. Hay quien dice que tal acontecimiento le hizo recordar a Trump las consecuencias que tuvo para la suerte política del ex Presidente Jimmy Carter la toma, en 1979, por espacio de 444 días, de la Embajada de Estados Unidos en Teherán. Ante ese cuadro de situación, Trump decidió eliminar a Soleimani (alternativa que habían desestimardo sus dos predecesores), con lo que inició una confrontación directa con Irán y modificó sustancialmente su política regional, ya que el Jefe de la Casa Blanca venía intentando un camino diferente.

 

Al principio Trump concentró su gestión en reactivar la economía y reequipar las fuerzas armadas con el objetivo de educir la presencia de su país en Medio Oriente; de limitar los avances del terrorismo islámico y disminuir, una vez alcanzados tales propósitos, la presencia militar estadounidense en Afganistán, Irak y Siria, orientando su mayor energía a consolidar su colaboración política con aliados regionales como Israel, Arabia Saudita y otros países del Golfo.

 

Las consecuencias inmediatas de estas idas y venidas poco ordenadas, fue la decisión iraní de olvidar las definiciones contenidas en el PAIC y anunciar acciones de represalia contra los intereses y la seguridad de Estados Unidos. En paralelo, el parlamento Irakuí resolvió solicitar el retiro de los cinco mil soldados estadounidenses destacados en ese país para luchar contra Estado Islámico. En tales condiciones llegó el 7 de enero por la noche, cuando Irán disparó desde su territorio 22 misiles balísticos contra bases Irakuíes contra las fuerzas estadounidenses, de los que 10 impactaron en el aeropuerto de Al-Asad en la provincia de Anbar y uno en el aeropuerto de Erbil, en la región de Kurdistán, los que sólo causaron daños materiales. El ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Mohamed Javad Zarif, dijo que con ello habían concluido las medidas proporcionales de represalia por la muerte de Soleimani.

 

Al día siguiente, el Presidente Trump después de declarar que Irán nunca llegaría a tener armas nucleares mientras él estuviese en el cargo, también afirmó que Teherán parecía haber renunciado a nuevas acciones. Después de pronunciarse contra el terrorismo y la desestabilización regional y destacar la capacidad militar de su país, anunció la aplicación de nuevas sanciones económicas contra Irán, solicitó a sus aliados de la OTAN mayor participación en los acontecimientos regionales y a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad que son parte del PAIC, que reconozcan la inutilidad actual de ese acuerdo y colaboren en su renegociación. Lo que sigue de este punto en adelante, es sólo materia especulativa. Resulta imposible pronosticar como seguirá este conflicto si se desecha totalmente el camino de la diplomacia y alguien comete una infantil o estúpida equivocación.

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