Coronavirus: el cisne negro de China que afecta al mundo

27 de enero, 2020

china Coronavirus:

Por Héctor Rubini Economista Universidad del Salvador (USAL)

 

La noticia de estos días es la expansión explosiva del síndrome respiratorio causado por una variedad de la familia de los coronavirus para el cual no hay vacuna alguna. La enfermedad se manifiesta con dificultades respiratorias que pueden avanzar hacia una neumonía con deterioro de las funciones de los riñones y del hígado y causar la muerte del paciente.

 

Ya en 2003-04 la llamada neumonía asiática o SARS afectó a más de 8.000 personas en 30 países, pero en su mayoría en China, donde se registraron 774 muertes. Luego siguió la gripe aviar (H5N1), rápidamente controlada, pero en julio del año pasado la Organización Mundial de la Salud ha advertido sobre rebrotes en China, Tailandia, Vietnam e Indonesia. Además, desde 2018 se suma la peste porcina africana que ha forzado la matanza de más del 50% de su stock de porcinos.

 

Los primeros casos afectados aparentemente contrajeron este nuevo virus se conocieron en diciembre pasado en un mercado de animales silvestres de la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei. Las investigaciones de estos últimos días de algunas universidades chinas sugieren que los reservorios originales serían algunas serpientes venenosas y que el virus se habría transmitido a otros animales (murciélagos, armadillos, erizos, aves) donde habría mutado y luego desde allí habría pasado a los seres humanos vía ingesta directa de esos animales –específicamente, vía sopa de murciélagos–. Sin embargo, en varias universidades europeas y americanas se afirma que no hay evidencia concluyente sobre el rol de las serpientes en el origen del virus. Incluso el virólogo Cui Jie del Instituto Pasteur de Shanghai sostiene que el coronavirus sólo se encuentra en mamíferos.

 

Hasta este sábado el gobierno chino ha reconocido oficialmente 1975 casos, con 56 muertos, todos estos en la provincia de Hubei. Sin embargo, tanto proyecciones de centros de investigación de otros países, como informantes no oficiales de China sugieren que en Wuhan habría 4.000 personas diagnosticadas, más otros miles de enfermos no diagnosticados dentro y fuera del país, hasta llegar unos 9.700 contagiados.

 

La falta de precisiones del gobierno ha generado cada vez más críticas tanto a su tardía reacción, como a una suerte de rastrillaje oficial para eliminar videos que objetan el manejo de esta crisis sanitaria. Concretamente, recién el 27 de diciembre se admitió oficialmente la existencia de enfermos por el coronavirus. Ahora bien, el primer caso se detectó ya el 8 de diciembre, pero no se dio a conocer públicamente. A su vez, las autoridades de Wuhan recién anunciaron medidas de control el 14 de enero, pero el 18 de enero se realizó en Wuhan un festival de comidas caseras organizado por autoridades locales al que asistieron más de 40.000 familias. En varios videos online se observa que los participantes del banquete no tenían barbijo, ni ninguna medida preventiva. Tres días después se confirmó que quince médicos de esa ciudad y un número impreciso de enfermeras se contagiaron de esta nueva enfermedad luego de atender a personas infectadas.

 

En los últimos días declaró el cierre de Wuhan y de otras 17 ciudades, además de suspenderse reuniones con motivo del Año Nuevo Lunar Chino. Razonable, pero tarde: una decisión que llega un mes y medio después de libre circulación de personas sin control alguno. Fuera de China se registraron casos de personas afectadas en Corea del Sur, Japón, Vietnam, Tailandia, Nepal, Malasia, Singapur, Taiwán, Australia, Estados Unidos, Canadá y Francia. En otros países, como México y España, se detectaron casos sospechosos, hasta ahora las pruebas dieron resultado negativo. Pero la velocidad y dirección del contagio por ahora siguen siendo inciertos.

 

Mientras tanto, el equipo del Centro para el Análisis de Enfermedades Infecciosas Globales del Imperial College de Londres advirtió en un informe de este sábado que “A pesar de la decisión del Comité de Emergencia de la Organización Mundial de la Salud de no declarar una emergencia sanitaria pública internacional, esta epidemia representa una amenaza sanitaria mundial clara, y en evolución”.

 

Frente a este desastre en curso, el presidente chino, Xi Jinping debió admitir que el avance de este virus “se está acelerando”. Claramente debe dar respuestas y detener el avance de esta enfermedad, pero el retaceo informativo genera creciente preocupación. Ayer un diario británico difundió el video de una enfermera de Wuhan pidiendo ayuda de todo tipo y realizando varias afirmaciones de confirmarse serían más que preocupantes: a) el verdadero número de contagiados sólo en Hebei sería de 90.000 personas, b) estaría en curso una segunda generación o fase de mutación del virus, lo que dificultaría el desarrollo rápido de una vacuna, y c) el gobierno de China estaría en conocimiento de ambos hechos y ocultando información. Los efectos económicos iniciales son inicialmente previsibles.

 

Los potenciales beneficiarios son ciertos laboratorios farmacéuticos chinos, y eventualmente extranjeros. Los perdedores directos son las agencias de turismo interno e internacional y los sectores relacionados: transporte de pasajeros, hotelería, gastronomía y comercialización de bienes de consumo. En la temporada del Año Nuevo Lunar todo lo que es comercialización de regalos, artículos de oro y otros bienes de lujo también sentirán el impacto. En el mediano plazo, todo dependerá de la eficacia y rapidez para controlar esta epidemia. A mayor demora en lograr una vacuna o un tratamiento para al menos detener su expansión, se generalizarán los controles y trabas a la movilidad de personas. Bien podría retornarse a cierta versión del sistema de los “hukou”, una suerte de permisos específicos de residencia que bloqueaba la libre circulación de personas entre provincias y centros urbanos, y que empezó a flexibilizarse en 2014. Sea como sea, el impacto sobre el consumo y la actividad va a ser negativo, y probablemente se resienta el flujo de profesionales e inversores extranjeros, así como el intercambio de estudiantes e investigadores con otros países. Todo conduce a una potencial mayor desaceleración de la economía china, y a una incierta reconfiguración de su comercio exterior, justo a pocos días de haber cerrado una tregua comercial con Estados Unidos.

 

Sin vacuna a la vista, sin información sobre la tasa de mortalidad probable de la enfermedad ni control coordinado (hasta ahora) para evitar su propagación mundial, el impacto sobre la economía y la población china, sobre la del resto del mundo, y el del potencial “feedback” posterior, es incierto. También el futuro político del propio Xi Jinping, que ha optado por una concentración de poder en su persona comparable a la que ostentaba Mao, pero con las previsibles debilidades para tener en un puño al país más poblado del mundo. Fallan controles internos y las deficiencias en coordinación de políticas y prácticas quedan más que al descubierto en escenarios de crisis. Algo que los regímenes totalitarios centralizados no admiten hasta que ocurren estos imprevistos, inicialmente minimizados y que se tratan de “administrar” inicialmente con desinformación y censura a toda opinión disidente con el régimen. Ahora el daño es una realidad y avanza a velocidad imposible de predecir. Y sus secuelas conducirán a reclamos dentro del propio Partido Comunista Chino, que pueden terminar en la remoción de buena parte de la actual administración. Un gobierno que en esta oportunidad al menos, da la impresión de haber perdido el control de la situación.

 

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