Bicho raro

24 de enero, 2020

Por Carlos Leyba

 

“Somos un bicho raro en el mundo” dijo un periodista, excelente persona, que escribe sobre economía y al que siempre leo. Opinión común entre los periodistas.

 

Para esa opinión lo más probable es que si dejáramos de tener inflación dejaríamos de ser “raros”. Durante el Estado de Bienestar (1945/74) la inflación fue 26,8% anual promedio. Luego ocurrió la fundación del Estado de Malestar, en el que aún estamos.

 

Durante 1975/91 la tasa promedio se multiplicó por 20 y llegó al 500% anual.

 

En una sub etapa del Malestar – cuando renunciamos a la moneda nacional emitiendo vía endeudamiento –ocurrió la estabilidad funeraria del 2,8% promedio anual de la Convertibilidad entre 1992/2001.

 

A esa sub etapa le sucedió la hecatombe de desempleo y la fundación estructural de la pobreza y constitución de la nueva oligarquía de los concesionarios.

 

Desde entonces, un núcleo de parvenues convertidos en súbitos mega millonarios figuran en Forbes y el país permanece estancado. “Pintoresca pero ordinaria” decía Juan P.R.

 

El estallido de la “estabilidad” produjo el default “en serio” y desde 2002/19 en pleno Malestar (pobreza, estancamiento, desempleo) y auge de fortunas, el promedio de crecimiento de los precios se multiplicó por 10: 24% anual.

 

En otros tiempos compartíamos “fuertes procesos inflacionarios” con la geografía mundial. A mitad de los ´80 Israel alcanzó 450% y México casi 200% de incremento anual de precios de consumo. En los ´90, Chile y Colombia superaban 30% anual y – a fines de los ´90 – Brasil rondó 200% por año.

 

A la crisis del petróleo (1973/4) –geopolítica y de decisión monopólica –Estados Unidos la atravesó en “estanflación”. En 1974 la inflación en Italia era 25% y en Gran Bretaña 19%, etcétera.

 

Hubo un tiempo en que los números no eran tan distintos.

 

Lo “raro” es que mientras los demás países pasaron de la inflación a un estado de estabilidad compartida, nosotros no lo hemos logrado.

 

Y cuando la alcanzamos por un período más o menos largo no fue por mérito (inversión, productividad, empleo, competitividad, equilibrios) sino por defectos (desinversión, estancamiento, desempleo, pérdida de mercado y profundos desequilibrios sociales, fiscales, externos, endeudamiento por encima de la capacidad de pago) que garantizaban el posterior fracaso.

 

Un país “raro” como “colectivo social” se comporta de modo inhabitual, poco común, extravagante.

 

La historia inflacionaria comparada nos anoticia que somos “inflacionariamente raros”, separándonos abruptamente de los demás, por algo que está detrás de escena. ¿Qué no hicimos?

 

La inflación se mide en el mundo. En esto hemos sido raros. Durante las gestiones de Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández, Amado Boudou, Guido Lorenzino y Axel Kicillof se manipularon los índices para fabricar estabilidad estadística, algo realmente original, creativo, “si no puedes bajar la fiebre meté el termometro en el hielo”.

 

Eso es tan raro como medir bien y no investigar las causas.

 

Sin querer, quien pone la mira en el dato y no en las causas, contribuye a la confusión que es un estado de rareza peligroso.

 

Permítame una apostilla. Según la RAE llamamos “raro” al “gas raro” de poca densidad y poca consistencia. Si Argentina fuera pensada como un gas (nuestra matriz energética es a base de gas), seríamos “raros” al tener “poca densidad y poca consistencia” en nuestra estructura, dada nuestra historia y nuestros recursos. Nos hemos hecho un país “estructuralmente raro” o inexplicable.

 

En ese sentido, hace ya muchos años Simon Kuznets (Premio Nobel 1971 y fallecido en 1985) aportó una afirmación histórica para fundamentar nuestra rareza. Dijo, más o menos, hay cuatro clases de países, los desarrollados, los subdesarrollados, Japón – “raro” porque logró el desarrollo armónico con escasez de recursos naturales y catástrofes bélicas nucleares – y la Argentina – “rara” porque a pesar de sus recursos naturales y temprana expansión, padece de subdesarrollo y desarmonía–.

 

Volvamos a la “rareza inflacionaria”. Aclaremos, la nuestra más que alta es una “mega inflación” en un mundo en el que la inmensa mayoría de los países viven el problema inverso: el de la “demasiada estabilidad” de precios (y tasas de interés cercanas a cero).

 

La inmensa mayoría de los países no sufre de inestabilidad (pocos cambios de precios relativos); y tampoco sufre la aplicación de tasas de interés irracionales para frenarla.

 

Nosotros sufrimos enormes cambios en los precios relativos, muchos de ellos producidos por decisiones de política económica, y niveles de tasas de interés únicas en la historia planetaria. Habla de un problema de diagnóstico.

 

Es innegable que nuestro amigo editorialista tiene razón. Tener hoy esta inflación es “raro” respecto a la “normal”. Pero la razón (“somos raros porque tenemos inflación”) que argumenta es –en rigor poca–, diría que poquísima si acudimos a la ayuda del análisis de la economía política. Y – como saben decir los brasileños – “si la razón es poca, no vale”, es decir, no cumple con “dar razón”, o claramente, con explicar. Que para eso está dar razón.

 

¿Lo que explica nuestra “rareza” es la inflación? ¿Lo que nos normalizaría sería terminar con la inflación?¿Si terminamos con la inflación pasaríamos a ser normales? Un día sin fiebre y podemos salir a la calle. ¿Cuántos días, años, sin inflación nos permitirían salir a la calle?

 

Hemos experimentado años “sin inflación” –lo vimos– y sin embargo el remedio terminó peor que la enfermedad. Adelgazar a base de anfetaminas es posible. Pero quemamos el cerebro. Nos tornamos estúpidos. Iatrogenia política.

 

En política más que la enfermedad lo que tiene consecuencias es el remedio. El método que es lo que practica la política. Lo que debería discutir la política.

 

Una primera consideración sería que “lo raro” no es tanto tener inflación, como el hecho “político” de no haber comenzado a “no tenerla” cuando la mayor parte de los países avanzaron en su extinción. Muchos países que viven en la pobreza tienen estabilidad.

 

¿Qué es lo que no hicimos en la economía argentina y qué es lo que los demás países hicieron?

 

En realidad, no somos un país raro por tener inflación; sino que tenemos inflación porque somos un país raro. Lo somos en nuestra estructura porque han sido raras las políticas que la han conformado.

 

Es lo que insinúo Kuznets, la Argentina inexplicable, y es lo que la RAE nos ayuda a reflexionar sobre la norma de densidad y consistencia que ha de tener, no ya un gas para no ser raro, sino una estructura económica para dar satisfacción a los equilibrios fundamentales en relación al potencial de recursos y oportunidades heredados.

 

La inflación, no la histórica que ocurría en un mundo menos interconectado con más autonomía para los países y con mayor capacidad para administrar los costos de la misma, sino la que ocurre ahora –en un país limitado por los compromisos internacionales como el Mercosur o los que se derivan de la OMC o de los convenios destinados a lograr colocar los excedentes facilmente exportables–, esa inflación, es un problema cuya solución es de una arquitectura extremadamente compleja.

 

Mucho mas compleja cuando, a medida que transcurre, se hace inviable reducir el número de personas bajo la pobreza, generar inversiones masivas para acabar con el desempleo creciente, todo lo que agrega (a las tensiones del balance de pagos, del balance fiscal) la resquebradura de la delgada línea que divide el campo de la tranquilidad social, del conflicto sin retorno.

 

Sí, somos un bicho raro en el mundo. Pero no por la inflación.

 

Sino porque – desde que se acabó la modernidad del Estado de Bienestar – hemos dejado de hacer lo que realmente hizo y hace, el mundo que abatió la inflación a base de crecimiento de la productividad.

 

La productividad es un problema de organización, de saber cómo. Pero esencialmente es un problema de inversión que contiene, en los equipos de producción, el saber cómo.

 

La principal, dramática, ausencia de política que nos hace increiblemente raros, que hace que nos comportemos de modo inhabitual, de modo poco común, con un comportamiento extravagante, es la ausencia durante más cuatro décadas de una “política de promoción de la inversión” Necesitamos de una verdadera, masiva, contundente.

 

En las condiciones en las que estamos debe ser una promoción fundamentalmente para las inversiones capaces de generar nuevas exportaciones o agregarle valor a las que ya podemos exportar y que ganen mercados internos, que generen oportunidades de empleo en el interior profundo de Argentina para equilibrar el ordenamiento territorial, que generen la posibilidad de la cultura del trabajo en ese infierno social en que hemos convertido al conurbano.

 

Todos los países desarrollados y los que no lo son, como nuestro socio Brasil, tienen la energía política concentrada ahí: en la inversión.

 

Mi querido periodista, amable lector, la lucha principal no es contra la inflación, que es una consecuencia. La prioridad confunde el diseño estratégico.

 

La lucha impostergable, antes que sea demasiado tarde, antes del punto de no retorno, es por la inversión, generar proyectos, imaginar el país necesario, hacerlo posible.

 

Es absolutamente falso que no haya recursos. Lo que sin duda falta son ideas y dirigentes apasionados, sí apasionados, que las pongan en marcha.

 

Somos un bicho raro por intentar, una y otra vez, creer que la fiebre es una enfermedad y no un síntoma; y tratar de bajarla sin atacar la infección.

 

Sin una dinámica inversora continua y poderosa no hay equilibrio fiscal ni externo y – en las condiciones actuales –tampoco equilibrio social.

 

No es la inflación el problema en sí. Sino lo que la produce.

 

Y lo que la produce es la incapacidad de sostener condiciones de vida que, sin productividad exportadora y generadora de empleo productivo, no se pueden mantener.

 

No hay gasto público sustentable sin un proceso de inversión acelerado. Pretender “la estabilidad” sin esa condición es consagrarse como “bicho raro”. Hablemos de lo que hay que hablar. Sobre todo, las personas tan leídas y escuchadas como mi respetado periodista.

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