América Latina y el fantasma de una nueva “década perdida”

7 de enero, 2020

america latina mapa

Una vez más, América Latina está perdiendo posiciones en la economía global y la población, con motivos distintos pero que comparten algunos hilos comunes, se está impacientando. Como en los ’80 del Siglo XX, la región está atravesando años malos. No supo reinventarse tras el fin del superciclo de las commodities de los 2000, bajó la marea y la realidad la encontró bañándose desnuda. Según José Antonio Ocampo, “ya ha perdido cinco años”.

 

En una columna en Project Syndicate, así lo explica: “América Latina ha sufrido media década de crecimiento anémico por segunda vez desde los años 1980, y su quinquenio de peor desempeño desde la Segunda Guerra Mundial. En los cinco años perdidos anteriores de la región, después de la crisis del este de Asia de 1997, el crecimiento anual del PIB promedió el 1,2%. En 1980-1985 –los peores cinco años de la crisis de deuda-, el crecimiento promedio representó el 0,7%. En los últimos cinco años, alcanzó apenas el 0,4%”. Toda una señal de alerta. ¿Hubo factores globales? Sí, por cierto. “Pero otras regiones en desarrollo han enfrentado los mismos vientos externos en contra, y todas ellas han tenido un mejor desempeño que América Latina, no sólo en los últimos cinco años, sino desde 1990 –un período durante el cual el crecimiento anual del PIB en la región promedió apenas el 2,7%”, dice Ocampo.

 

Según su visión, factores nacionales y regionales de largo plazo también contribuyen al mal desempeño de América Latina. “Tienen orígenes económicos, pero también reflejan crisis políticas y transiciones políticas complejas en varios países”, agrega.

 

Si bien la gravedad de las situaciones difiere (por ejemplo, no es lo mismo la estanflación de Argentina o el bajo crecimiento de Brasil que la crisis humanitaria Venezuela), hay hilos comunes que anteceden a los desórdenes observados en la primavera lationamericana. “Los problemas económicos de América Latina empezaron mucho antes de la ola actual de inestabilidad económica y política”, dice Ocampo. Más que la década del 2000, Ocampo rescata las décadas previas a la década perdida de los ’80. “América Latina alcanzó un crecimiento más rápido –una tasa anual promedio del 5,5%- en los 30 años que precedieron a la década perdida de los años 1980, cuando la industrialización liderada por el Estado estaba a la orden del día, que en los 30 años que vinieron después”, dice.

 

Allí sitúa Ocampo el comienzo del declive. Es una lectura que la heterodoxia local comparte para el caso de Argentina. Los “problemas, dice esa línea argumental, arrancan a mediados de los ’70 y no, como dice la ortodoxia, a mediados de los ’40.

 

“La ortodoxia económica que se enraizó hace tres décadas se burló de la estrategia liderada por el Estado e instó a los países latinoamericanos a emprender reformas de mercado que, hasta el momento, no han logrado cumplir con su promesa. Por el contrario, el desmantelamiento por parte de los países de sus políticas industriales –junto con las repercusiones de la crisis de deuda, los efectos de la “enfermedad holandesa” del superciclo del precio de las materias primas después de 2003 y la creciente competencia de China- condujo a una desindustrialización prematura”, dice Ocampo.

 

Específicamente, continúa Ocampo, el porcentaje del PIB correspondiente a la manufactura ha venido declinando de manera consistente desde los años 1980. Hoy, agrega, los niveles actuales son similares a los de los años 1950. “Mientras que un alejamiento de la manufactura es una consecuencia natural del desarrollo económico, en América Latina comenzó en niveles de ingresos mucho más bajos que en los países desarrollados, haciendo que a la región le resultara mucho más difícil escapar de la ‘trampa del ingreso medio’”, dice. “Aunque la demanda china de exportaciones de materias primas latinoamericanas ha experimentado un auge en los últimos diez años, sigue siendo insuficiente para compensar las pérdidas industriales”, agrega el reconocido economista colombiano. Se trata, según su visión, de un problema de larga data que se vincula más a cuestiones internas que externas.

 

Según Ocampo, la región se olvidó de diversificar y tecnificar su estructura productiva. “Lo que mina aún más las perspectivas de América Latina son sus bajos niveles de inversión en investigación y desarrollo: aproximadamente el 0,7% del PIB, en promedio”, dice. Esto equivale a alrededor de un tercio de lo que invierten China (2,1%) y los países de la OCDE (2,6%). En América Latina, sólo Brasil invierte más del 1% del PIB en I&D. “Durante la Cuarta Revolución Industrial, ninguna economía puede competir, mucho menos ascender del estatus de ingresos medios a ingresos altos, sin una fuerte capacidad de innovación”, dice.

 

El círculo vicioso de desindustrialización se completa con un deterioro de la calidad de vid. “La media década perdida de América Latina ha tenido serias consecuencias sociales. De 2002 a 2014, la pobreza cayó rápidamente en la región y la desigualdad –que había aumentado durante los años 1980 y 1990- estaba en una tendencia a la baja. Desde entonces, el progreso en materia de inequidad se ha estancado –la distribución de ingresos se ha mantenido relativamente constante desde 2010-2011- y la pobreza ha aumentado”, dice Ocampo.

 

“Al entrar en los años 2020, América Latina debe tomar medidas para garantizar que los próximos cinco años no sean años perdidos. Es verdad, el contexto internacional marcará una diferencia. Pero dentro del poder de los gobiernos de la región está mejorar significativamente el desempeño económico. Pueden fomentar la reindustrialización (inclusive implementando una mayor integración económica regional, respaldando así un comercio intrarregional de bienes manufacturados) e invertir en ciencia y tecnología. Junto con políticas sociales activas, estas medidas de mejora del crecimiento pueden permitirle a América Latina recuperar su posición económica y sentar las bases para un futuro mejor para su gente”, dice Ocampo. El 2019 demostró que el costo de no hacerlo, o hacerlo mal, será cada vez mayor para la región y que el riesgo de alargar el círculo vicioso también lo será. Ortega y Gasset diría “latinoamericanos, a las cosas”.

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