Levy Yeyati: “El equipo económico está un poco disgregado para un contexto de crisis”

16 de diciembre, 2019

Levy Yeyati: “El equipo económico está un poco disgregado para un contexto de crisis”

Entrevista a Eduardo Levy Yeyati Decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT Por Alejandro Radonjic

 

En diálogo con El Economista, Eduardo Levy Yeyati (Decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT) ofrece su visión sobre los primeros días del Gobierno de Alberto Fernández, las medidas del fin de semana y otea, con esos elementos y otros que vendrán, cómo puede ser el 2020. “El camino de salida es muy fino, pero no es imposible”, dice.

 

Van escasos días del nuevo Gobierno y no hay mucho de que “agarrarse” aun. Hubo algunas definiciones generales, medidas el fin de semana, pero todavía faltan conocerse muchas cartas. Quien dio algunas definiciones fue el ministro de Economía, Martín Guzmán, en su conferencia del miércoles. En líneas generales, ¿qué opinión tiene de su plan, la factibilidad de que se instrumente y la secuencia de resolución de “nudos” que planteó?

Al momento de responder estas preguntas, lo que conocemos son sus intenciones: desarrollo productivo antes que especulación financiera, crecer para pagar y no pagar a expensas del crecimiento, crecimiento en base a la educación y el conocimiento, estabilidad y consistencia para eludir las crisis recurrentes. Estos grandes títulos son compartidos por toda la sociedad. Pero la política pública no se define por lo que se da, sino al revés, por cómo se administra la escasez. Aún en casos virtuosos en los que el resultado final es positivo y hay más para repartir, hay ganadores y perdedores relativos: promover un sector productivo, o compensar un grupo social o etario implica no promover otros sectores o grupos. Para hacer realidad las buenas intenciones del ministro habría que definir qué se posterga, a quién no se subsidia, los ganadores y perdedores. Las medidas que trascendieron el fin de semana sugieren algunos perdedores: impuestos al ahorro y al campo; impuestos al consumo en el exterior, que a la vez fomentan el consumo doméstico y mayor costo de despido para las pymes, lo que podría inhibir la creación de empleo formal, el talón de Aquiles de la economía. Pero estas medidas son paliativos que completan una regresión al período 2013-2015, años sin crecimiento. Todavía nos falta conocer el plan de desarrollo.

 

Se habló mucho, y no precisamente bien, de la partición del área económica que hizo Mauricio Macri en su gestión. De hecho, algunos integrantes de ese equipo disgregado dicen, con el diario del lunes, que fue un error. Días atrás, y consciente de eso, Albero Fernández declaró que Guzmán tendrá la última palabra y que será “el auditor de la cuentas públicas”. Lo empoderó como el primus inter pares. Sin embargo, funcionalmente, parece que el área económica vuelve a estar muy dividida; el riesgo de políticas no cooperativas entre las áreas sigue estando y no queda claro que Guzmán pueda erigirse como el director de la orquesta. ¿Qué piensa?

A primera vista, da la sensación de que el equipo económico está un poco disgregado para un contexto de crisis y decisiones urgentes. Pero creo que lo relevante es menos la cohesión del equipo que el discernimiento del político, que es el que al final toma las decisiones. Un Presidente habla con economistas y expertos que opinan cosas distintas, y entre ellos siempre habrá un par que le dicen, por convicción o interés, lo que quiere escuchar. El error es caer en este sesgo de confirmación, en vez de cuestionarse, sobre todo cuando suenan las primeras alarmas. Algo de esto estuvo detrás de los errores de Cambiemos. Las grandes decisiones, y los grandes errores, son siempre políticos. La solución no es un superministro sino un presidente que sepa interpelar a sus ministros, y que acepte ser interpelado por ellos.

 

En términos de performance macro, ¿a qué puede y debe aspirar Argentina en 2020? Sabemos que la inflación no va a bajar a un dígito, la economía no va a rebotar como en 2002-2003 y que el mercado laboral no va a ser un boom. Digo, ¿cuál sería un target sensato y realizable para 2020 como para pensar, quizás desde 2021-2022, en objetivos algo más ambiciosos?

Las predicciones son la tentación y la condena del economista. Por suerte, el futuro depende, en alguna medida, del programa económico y, como no hay programa económico, puedo eludir una respuesta precisa. De modo más impresionista, diría que, en un escenario benigno, la actividad (la general, no la de los sectores primarios, menos cíclica) estaría recuperando a fines de año (el anual daría negativo por el arrastre de 2019, pero lo que cuenta es el crecimiento punta a punta); la inflación rondaría el 40%, un número alto, pero quizás necesario para acomodar los precios relativos sin necesidad de atrasar el tipo de cambio (lo que sería un imperdonable error) y para atenuar el efecto rezagado de la indexación del gasto (y, de paso, obtener algún ingreso cuasifiscal por señoreaje); la pobreza caería por efecto de la menor inflación (a la que le debemos casi toda la última suba) y la reactivación del ingresos de los trabajadores informales y precarios y, además, la inversión rebotaría de niveles históricamente bajos, fruto de la incipiente estabilidad nominal y también del cepo, que obliga a ahorrar dentro del país. Con ese escenario nada estelar, el Gobierno tendría espacio para apuntar al balance fiscal o incluso a un leve superávit, metas cruciales a la hora de renegociar la deuda en 2020, sin comprometer el crecimiento en un año electoral. El camino de salida, como se ve, es muy fino, pero no es imposible.