La UE no tiene claro cómo sigue el acuerdo con el Mercosur

2 de diciembre, 2019

pib Containers mercosur exportaciones exportador diseñar comercial déficit EE.UU. Brasil

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Los que suponen que el borrador de Acuerdo de Libre Comercio adoptado a fines de junio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur definió las negociaciones birregionales, no parecen estar al tanto de las alternativas políticas que hoy contempla el Viejo Continente. Olvidan que los países de muchos de nuestros antepasados defienden el multilateralismo de la OMC, la lucha contra el cambio climático y la nostálgica religión verde que sirve para tonificar los mitos y sacrosantas realidades del proteccionismo comunitario. Ningún miembro de su clase dirigente puede decirle que no a los agricultores y quedar con vida política para contarlo. De hecho, la excomisionada de Comercio reconoció que las concesiones agrícolas que Europa le otorgó al Mercosur fueron “muy modestas”.

 

El utópico objetivo de esta columna es destacar, con datos y declaraciones fresquitas del gobierno y de la sociedad civil de Europa, el débil fundamento que tiene la creencia de que el borrador de Acuerdo supone tener la vaca atada. El reciente tractorazo y las movilizaciones de agricultores registradas la pasada semana en París, Lyon y otras ciudades francesas, acciones que fueron precedidas por tumultos similares de agricultores alemanes, indican que hay algo que no encaja en los conocidos actos teatrales de rebelión sectorial. Por ello vale la pena dejar que sea el lector el que juzgue si los relatos oficiales del Mercosur, tienen algo que ver con tal realidad.

 

Como se informó anteriormente, a esta altura los gobiernos de Francia, Irlanda, Luxemburgo, Austria y en cierto modo Polonia, rechazan la idea de suscribir el proyecto negociado por la excomisionada Cecilia Malmström. A pesar de esas y muchas otras señales, nuestra clase política sigue sin absorber el escenario planteado por los líderes que acaban de llegar a la Comisión de la UE y al Parlamento Europeo, así como el pataleo de la sociedad civil europea, cuyas opiniones suelen devenir en insumos del dogma oficial.

 

Lo paradójico de esta situación, es que la dirigencia del Mercosur, y algunas adyacencias civiles al poder político, se limitan a tomar como indiscutible un texto que, en muchos casos, supone un sustantivo retroceso, no una mejora del contexto multilateral (en tanto contradice la idea de que los Acuerdos de integración se hacen para tener reglas y concesiones más ambiciosas, del tipo OMC plus, no para bajar a la categoría OMC minus) y abrazan la consigna de que ahora sólo falta trabajar en la fiel implementación y certificación de lo que nos demandará la paternal contraparte europea. No se atreven a pensar que en ese paquete hay disposiciones irracionales, ilegales o infundadas. Por ese motivo le daremos la palabra a los profetas europeos a la hora de explicar cómo están las cosas.

 

Por empezar, es prudente recordar que el último y sonoro tractorazo organizado por un conjunto de jóvenes agricultores, se fundamentó en tres mensajes: la rentabilidad de las explotaciones agropecuarias de la UE anda por el suelo; las regulaciones técnicas sobre desarrollo sostenible y “buenas prácticas” de las autoridades del Viejo Continente, que Argentina trata de copiar sumisamente, están ahogando la economía y la producción regional; y la explícita condena a lo que suponen habrá de ser una ruinosa competencia de las exportaciones del Mercosur, cuyos agricultores, dicen, no están sometidos a las mismas regulaciones exigibles al campo europeo.

 

Cuando los muchachos (y chicas) alegan que las exportaciones de productos agrícolas y agroindustriales de América del Sur ingresan al mercado comunitario con un status menos exigente o riguroso, sólo inventan otra de las tantas falacias que se repiten con impunidad, un ejercicio que recibe la tácita complicidad del mundo exterior, el que se abstiene de terciar en la polémica. La verdad de esta milanesa, es que la agricultura europea creció aislada de la competencia extranjera y casi siempre se limita a recibir los insumos que permiten fortalecer su propio funcionamiento. El comercio adicional es de mucho interés, pero no le hace gran sombra a la oferta de la UE.

 

También es cierto que la gente ocupada en la agricultura de los países Miembros de la OCDE, en la que se reúnen casi todas las economías ricas del planeta representa, en promedio, menos del 3% de la población económicamente activa (en Francia esa proporción es un poco más elevada y lo mismo sucede con las ex naciones socialistas que ingresaron hace relativamente poco a la UE). Sin embargo, los subsidios comunitarios que reciben estos “martirizados productores” por ocuparse part-time de trabajar la tierra y ser, a veces en serio, otras de mentirita, los “custodios de la biodiversidad y el medio ambiente”, no es comparable con lo que pasa en el resto del mundo. Para ellos vivir en el campo no implica vivir exclusivamente del campo, como sucede con la enorme mayoría de los agricultores del Mercosur. En nuestra región, y en especial en Argentina, el agricultor es full-time y resulta exprimido hasta el hueso con impuestos y retenciones. Además, las reglas aplicables al Mercosur para entrar sus productos a la UE son siempre equivalentes al trato local en el plano sanitario, ambiental y técnico.

 

El tema sustantivo que importa no es el que en estas horas provoca mayor ruido. Tras las audiencias en las que fueron confirmadas las autoridades de la Comisión de la UE, se editó una especie de libre blanco con el resumen de los compromisos asumidos por esa dirigencia para llevar a cabo su gestión quinquenal. Como se sabe, la nueva cúpula está presidida por la señora Ursula von der Leyen, exministra de Defensa de Alemania y la primera mujer que accede a la cúpula de tal poder (sus ideas centrales fueron comentadas en julio pasado).

 

Esta vez sólo posaremos la mirada sobre lo que dijeron del acuerdo con el Mercosur los nuevos Comisionados de Comercio y Agricultura, Phil Hogan (irlandés, ex Comisionado de Agricultura hasta hace pocos días) y Janusz Wojciechowski (polaco), respectivamente. Los dichos de tales funcionarios tienen el status de compromisos políticos asumidos ante el Parlamento Europeo.

 

Al describir su gestión en el campo del “comercio para el desarrollo sostenible y las acciones contra el cambio climático”, Hogan enfatizó que esa actividad no sólo debe ser justa y abierta, sino sostenible. Alegó que el intercambio es una herramienta para encarar grandes desafíos como la aludida lucha contra el cambio climático, la defensa del medio ambiente y el fortalecimiento de los estándares laborales, consignas que el mundo desarrollado enarboló hace más de treinta años en el Sistema GATT-OMC con la obvia intención de evitar que las inversiones y las exportaciones de sus territorios, entonces altamente industrializados, se vayan a las naciones con bajos costos laborales y ambientales, que eran más sorditas a la genuina y hasta ahora embrionaria batalla contra el cambio climático (aunque los grandes contaminadores del mundo son China y Estados Unidos, el comisionado también alude a las economías más competitivas de las naciones emergentes).

 

Con respecto al caso específico de nuestra región, Hogan señaló que durante su mandato está previsto hacer ahora (parece que no pudieron en los últimos veinte años) una evaluación del impacto en materia de desarrollo sostenible, un análisis económico y un análisis acumulativo de ambos impactos en 2020. Si bien la finalidad real de semejante ejercicio es brumosa, ésta se orientaría a ver cómo le fue a la UE con los acuerdos comerciales, incluyendo el adoptado, no suscripto, en el caso del Mercosur, así como “el significado para los agricultores en términos de sus negocios y vulnerabilidades, en especial en el caso de los commodities agrícolas”. Y agregó, mirando hacia a Brasilia, “todos nosotros estamos horrorizados (“apalled”) acerca de lo que vemos en la región de Amazonas, pero aún no tenemos las herramientas para actuar fuera de la UE y tratar esta cuestión efectivamente, con cierta capacidad real de negociación (“some leverage”) a través de la política comercial”.

 

Al llegar a ese punto Hogan agregó que el “proceso de ratificación del acuerdo sólo es posible cuando uno puede contar con mucha capacidad de negociación” (sin definir con exactitud que tiene en mente). Sin duda el Gobierno de Jair Bolsonaro y los otros socios del Mercosur se pondrán contentísimos cuando logren entender el significado y ponderen el tono de estas declaraciones, con independencia de la valoración que cada uno tenga sobre los hechos en debate.

 

Acerca del mismo punto, el nuevo Comisionado de Agricultura sostuvo que “los agricultores no deben ser víctimas de los acuerdos internacionales de comercio”. “Si lo son, agregó, debemos ayudarlos o intervenir con instrumentos de mercado para ayudarlos” (evidentemente este funcionario todavía no tiene la menor idea del alcance OMC de lo que dijo). Por lo demás repitió la promesa de hacer una evaluación de impacto y sólo agregó el concepto de “bienestar animal” que nuestras valientes autoridades compraron a sobre cerrado.

 

Por otra parte, como si hubiese leído estas modestas columnas sobre el particular, Hogan también se refirió al “principio precautorio”, que el Mercosur permitió insertar en el borrador del texto negociado. Al respecto enfatizó que “nosotros eventualmente logramos persuadirlos, porque este tema era una línea roja (conoce el dialecto macrista el hombre), ya que para la parte europea no hubiese habido acuerdo sin incluir esta provisión”. Lo que consiguieron con su asentimiento nuestros intrépidos representantes, fue dinamitar el Acuerdo Sanitario y Fitosanitario negociado en la Ronda Uruguay, el que permite usar tal “enfoque” cuando por circunstancias urgentes una medida no encuadra, temporariamente, en la noción de estar respaldada en principios y evidencias científicas. El sentido del texto OMC es atender la emergencia, pero no perpetuar ni dar carta blanca a la prohibición o restricción de importaciones, bajo el criterio de que los principios y las evidencias científicas cambian todos los días por el progreso del conocimiento. Ese fue el absurdo costo que se decidió pagar para salvamos de caer dentro de las líneas rojas de la UE. Y no hace falta aclarar que las declaraciones dan para más, mucho más.