La tercera es la vencida

No sé si Alberto Fernández podrá ser una nueva “máscara” del peronismo, pero creo que tratará de ejercer una presidencia con inspiraciones distintas a las de Carlos Menem y a las de Néstor y Cristina Kirchner. Su discurso es un retorno al legado inspirado de Perón.

13 de diciembre, 2019

La tercera es la vencida

Por Carlos Leyba 

 

Acaba de comenzar la tercera versión de gobierno peronista desde 1983.

 

El filósofo Silvio Maresca puso en marcha la teoría de las “máscaras del peronismo”.

 

No sé si Alberto Fernández, en la terminología de Maresca, podrá ser una nueva “máscara” del peronismo. Pero sí creo que Alberto tratará de ejercer una presidencia con inspiraciones distintas a las de Carlos Menem y a las de Néstor y Cristina Kirchner. Claramente espero otros resultados.

 

Fernández y la mayor parte de su equipo han integrado los anteriores gobiernos peronistas. Pero así como el kirchnerismo –más allá de profundas coincidencias en aquello que ambos no hicieron– no se reconoció sucesor del menemismo. Así, y a pesar de las reivindicaciones afectivas a Néstor, no imagino a Alberto considerando a su Gobierno como la sucesión del kirchnerismo.

 

Rara vez la bandera con la que se sube es la que se despliega en la cima. Veamos.

 

La presidencia de Menem sucedió a la primer hiperinflación, con el primer pico de pobreza de la historia nacional, y a una crisis de deuda.

 

La de Néstor sucedió a la hiperdesocupación, en el segundo pico de pobreza, en el marco del default.

 

Alberto asume la Presidencia sucediendo al largo estancamiento y a la recesión, en el tercer pico de pobreza, y en un estado de default virtual.

 

La herencia de Fernández es la más gravosa de todas las herencias desde 1983 porque acumula errores de décadas.

 

Desde 1975 hasta hoy, el PIB por habitante creció a la tasa acumulativa de 0,58% anual. Nuestra economía, en promedio y a lo largo de 45 años, ha “reptado” sin ponerse de pie más que por un rato.

 

Ningún gobierno desde 1983 logró retornar a las tasas de crecimiento logradas por la economía del Estado de Bienestar y la industrialización por sustitución de importaciones de los años de posguerra hasta 1975.

 

El abandono expreso de esas dos estrategias (Estado de Bienestar y sustitución de importaciones) llevó al crecimiento escandaloso del número de pobres a la tasa de 7% anual acumulativo. Desde 800.000 en 1974 a 16 millones hoy.

 

Esa decadencia social y moral se dio como consecuencia de la destrucción del tejido industrial y de la desarticulación del Estado de Bienestar.

 

Sin embargo, a pesar del estancamiento, en estos años y en todos y cada uno de los gobiernos transcurridos, se fugaron capitales por US$ 300-400.000 millones.

 

Al mismo tiempo se constituía como “factor de poder” una escandalosa oligarquía de concesionarios –los que se apropiaron de las concesiones, empresas y servicios públicos–, con fortunas súbitas, de todos los colores políticos, que individualmente exhiben riquezas acumuladas, en menos de una generación, y que registran casos personales de más de US$ 6.000 millones de patrimonio declarado, “acumulado” en base a bienes públicos y en una economía en estancamiento.

 

Fernández asume la Presidencia con 60% de los niños viviendo en la pobreza, en estancamiento económico de largo plazo, un país endeudado y en virtual default y al mismo tiempo presionado por esas fortunas súbitas de menos de una generación que, además, publican sus avisos en revistas “progre” como para tejer una retaguardia de los tiempos que vienen.

 

En las tres versiones del peronismo los puntos de partida, la densidad de los problemas, tienen un aire de familia. Pero a Alberto le está tocando una familia quebrada hace rato.

 

Las dos primeras estrategias peronistas de salida fueron muy diferentes. Pero, en ambas, las condiciones externas eran absolutamente favorables. Veamos.

 

La soga exterior (que en el primer caso fue la deuda y en el segundo, los términos del intercambio) nos ayudó decisivamente, en ambos casos, para salir del pantano. Una vez puesto el móvil en terreno seco y firme, la tripulación se apercibió que el motor estaba fundido y sin motor no hay manera de sostener la marcha.

 

Al menemismo lo sostuvo vivo el financiamiento externo y lo aniquiló su corte protagonizado por Domingo Cavallo en EE.UU.

 

El kirchnerismo se agotó cuando los términos del intercambio perdieron vigor y debieron acudir al swap de China con las condicionalidades dominantes y al agotamiento definitivo de los stocks.

 

Ninguna de las dos primeras versiones del peronismo posterior a 1983, cada una con una década de gestión, se propuso ejecutar un programa de desarrollo. O, lo que es lo mismo, construir el motor para poner en marcha sostenida la Nación.

 

Menemismo y kirchnerismo, para sintetizar, tienen en común haberse negado a la formulación de un programa nacional de desarrollo integral, o de un sistema financiero para el desarrollo y de legislación para el desarrollo productivo.

 

En términos económicos, el legado del peronismo de Juan Domingo Perón fue la puesta en marcha de programas de desarrollo articulados con las provincias y los sectores productivos, en el marco de la amistad política, poniendo a disposición instituciones financieras, regionalizadas, de crédito de largo plazo para el desarrollo y normas fiscales centradas en la promoción de la inversión productiva.

 

Gobernar es crear trabajo. Eso es privilegiar la acumulación y ser conscientes que no hay tal cosa como “derechos sin acumulación”.

 

La tercera presidencia de Perón puso en práctica ese derrotero y lo dejó como un legado histórico al que ninguna de las dos versiones anteriores del peronismo siquiera lo tuvo en cuenta.

 

Menem entregó la llave del proceso de desarrollo a la “sabiduría de los mercados” y el Estado fue un espectador pasivo al que, en el menemismo, no le cabía gestión alguna: sus hombres fuertes fueron doctrinarios del neoliberalismo y nuestro país en esos años fue “el mejor alumno” para el Consenso de Washington.

 

La gestión kirchnerisa no entregó la llave, pero en ningún momento concibió al desarrollo como un proceso. Por el contrario, su visión estuvo dominada por el corto plazo aprovechando la bonanza externa para respuestas cortas y mezquinas.

 

En los primeros cuatro años de Cristina se fugaron alegremente US$ 80.000 millones. Y cuando las condiciones externas tornaron negativas, la dominante fue la administración de corto plazo que no modificó un ápice la frágil estructura productiva que nos condena al desequilibrio externo y al desequilibrio fiscal.

 

El discurso de Fernández anuncia una ruptura radical con ambos períodos peronistas previos y un retorno a la fuente y al legado inspirado de Perón.

 

Por eso esta tercera versión del peronismo “es la vencida” ya que al proponerse, por primera vez desde 1983, una construcción colectiva de un proyecto de vida en común, rescatando espíritu y herramientas del legado original del fundador, su fracaso sería la constatación de la incapacidad – cualquiera sea la “máscara”– de construir la sociedad que legitima el pedido del apoyo de la voluntad popular en nombre del peronismo.

 

Dato clave. Alberto manifestó la decisión de “institucionalizar un Consejo Económico y Social para el Desarrollo, que será el órgano permanente para diseñar, consensuar y consagrar un conjunto de políticas de Estado para la próxima década (…) rumbo a un desarrollo humano integral e inclusivo (…) con debates informados, con evidencia científica, con participación creativa, con el concurso de técnicos y profesionales de toda Argentina”.

 

Esta decisión es una inspiradora recuperación de los valores del último Gobierno de Perón cuando él inauguró una nueva verdad para los peronistas, verdad que lo era desde toda la historia para muchos otros. Dijo Perón en 1974: “Ha comenzado de este modo el tiempo en que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”.

 

Con esa afirmación, un mandato para sus leales, sepultó la grieta de entonces (después de sufrir 18 años de exilio y proscripción) que, desgraciadamente, se reinstaló a su muerte a manos de la Triple A, los movimientos guerrilleros y
la Dictadura Genocida: hizo falta mucha muerte para reinstalar la grieta que todavía dura.

 

En esa dimensión, después del cultivo de la grieta por muchos periodistas y sobretodo por el López Rega de Cambiemos, Jaime Durán Barba, surgió una suerte de volver a vivir y a la esperanza, en “la paz” en la Santa Misa del 8 de diciembre.

 

Ese domingo, con esos gestos, estábamos por iniciar una versión de aquello que construyeron Perón y Ricardo Balbín (“este adversario despide a un amigo”).

 

Minutos antes del discurso presidencial vimos, como tantos han destacado, el gesto de ternura con que el presidente electo empujaba con naturalidad la silla de ruedas de Gabriela Michetti.

 

También el abrazo con Mauricio Macri cuando este le colocaba la banda presidencial y le entregaba los atributos del mando.

 

Los gestos anunciaban el mensaje. El discurso de Alberto fue inaugural. Inauguró la tercera versión del peronismo en esta democracia.

 

Una versión que, por fin, rescata la amistad política como herramienta esencial para construir políticas de Estado, para brindar horizonte de largo plazo a los programas de transformación.

 

El discurso contiene un diagnóstico correcto expuesto por primera vez desde 1983.

 

Ningún otro gobierno reconoció que sin amistad política no hay viabilidad a las políticas de Estado ni posibilidad de darle horizonte a las estrategias de desarrollo.

 

Ningún otro gobierno, desde 1983, incluyó como eje central el consenso político y multisectorial para diseñar el Plan de desarrollo. Pero Alberto sí lo expresó en su proyecto de Consejo que, afortunadamente, no será un organismo paralelo al ministerio de economía en los temas de la coyuntura y de la macro economía, sino que estará destinado a construir el largo plazo, que es el único modo de hacer real el potencial de Argentina.

 

Aún no conocemos el programa para enfrentar los males del presente. Nada sobre la deuda ni sobre la estrategia fiscal, monetaria y de ingresos. Nada sobre la inversión reproductiva.

 

Lo único seguro es que Fernández intentará, por lo dicho, una tercera versión que suena más sana y más verdadera que las anteriores. No es poco para empezar. Pero los que lo acompañan tienen que saber que la tercera es la vencida.