La desigualdad, una enorme calamidad para el desarrollo

19 de diciembre, 2019

La desigualdad, una enorme calamidad para el desarrollo

Por Guillermo J. Sueldo

 

Se habla, se menciona, se debate, pero poco o nada de verdad se hace sobre un tema que resulta un impedimento obvio para el auténtico desarrollo integral de las sociedades, además de representar una enorme inmoralidad. Recientemente, un informe de la Cepal revela que seis millones de seres humanos en América Latina caerán en la extrema pobreza en 2019. Según la estimación, sobre una población de 620 millones, 72 millones de personas estarán en la pobreza extrema. Y aunque haya esfuerzos por mostrar indicadores puntuales de crecimiento económico, no alcanza para derribar un drama sistémico de exclusión, pobreza y desigualdad.

 

Así lo demuestran los estallidos sociales en diversos países. Mientras se mantengan los privilegios de clases sociales y de la política, las desigualdades aumentarán. Del mismo modo que mantener políticas públicas puramente estatistas o de mercado sin reglas; o donde las únicas reglas las impone el poderoso. La historia muestra con suma claridad que los seres humanos arriesgan la vida por anhelos imprescindibles, que son la libertad y el progreso. Pero mientras se mantengan sistemas políticos y económicos que insistan con tozudez en continuar por las mismas sendas ya fracasadas, el drama de la desigualdad no podrá revertirse. Menos aun cuando esa situación se transmite de generación en generación, pues los nacidos en la pobreza ya casi están condenados desde antes de nacer; afectando este drama mayormente a niños y adolescentes, además de otras poblaciones con otras situaciones de exclusión.

 

América Latina registra el triste récord de la ser la región con mayor desigualdad del mundo. Los ingresos registrados son muy desiguales lo que implica un obstáculo para el acceso a niveles dignos de alimentación, salud e instrucción y, por ende, para el bienestar presente y futuro.

 

En Argentina, que supo ser modelo de ascenso social y excelente nivel de instrucción pública, las recientes pruebas PISA arrojaron como resultado un preocupante descenso y con claro retraso a nivel regional. A nivel mundial, el país se sitúa en promedio por debajo de países como Jordania, Malasia, Colombia, Rumania, Costa Rica, Chipre, Turquía, Serbia, República Checa, entre muchos otros.

 

Y dentro de nuestro país, la desigualdad de calidad educativa y de oportunidades se profundiza por clases sociales, quedando los alumnos de escuelas públicas bastante por debajo de los que asisten a colegios privados con doble escolaridad y sistemas bilingües.

 

Es decir, resulta enorme la desigualdad entre los alumnos de hogares pobres en comparación con los de clase media alta y alta, colocando a la Argentina en uno de los países del mundo más desiguales en el sistema escolar; algo muy lejos de creer hace medio siglo. Eso da como resultado una inmensa cantidad de personas que tendrán severas dificultades para la comprensión, el análisis y la solución de problemas, por lo tanto también para conseguir trabajos de calidad y preocupantes dificultades para la integración social y la pertenencia a un proyecto de nación.

 

En síntesis, se impone la necesidad de un cambio de modelo de desarrollo, que sea estructural y logre consolidarse en el tiempo; porque menores privilegios políticos y menor desigualdad social dan como resultado mejores oportunidades, mejor calidad de vida y posibilidades para el desarrollo de una nación. Y eso no se logrará si se persiste con populismos asfixiantes de la libertad o concentraciones de riqueza denigrantes de la dignidad. Se trata de un cambio de sistema factible, sincero y responsable, dentro de la democracia republicana ética y eficiente.