Juan Carlos Torre: “Mar del Plata es un reflejo de Argentina”

27 de diciembre, 2019

Juan Carlos Torre: “Mar del Plata es un reflejo de Argentina”

Entrevista a Juan Carlos Torre Coautor de “Mar del Plata” Por Alejandro Radonjic 

 

“Mar del Plata es una ventana que refleja y captura los cambios en la sociedad de Argentina. En 1900, comenzó como una villa balnearia para las clases altas y, con el tiempo, se fue transformando y ampliando hasta llegar a ser un balneario de masas. La trayectoria de la ciudad recorre el itinerario de nuestra sociedad. Un itinerario marcado por la movilidad y la fluidez, orquestada y empujada, por un rasgo idiosincrático de Argentina en América Latina: el impulso igualitario. Esa convicción muy extendida en la población de que el que nace aquí tiene igual derecho a los recursos y las garantías de la ciudadanía. Argentina es una sociedad donde los de abajo miran a los de arriba. Aquí no hay reverencias. Es una sociedad altanera”. Así explica el prestigioso sociólogo Juan Carlos Torre su nueva criatura editorial, en coautoría con la historiadora Elisa Pastoriza: “Mar del Plata. El sueño de los argentinos” (Edhasa, 2019).

 

En un extenso diálogo con El Economista, Torre va y viene entre Mar del Plata y la transformación social que tuvo Argentina en el Siglo XX. “No es un libro sobre Mar del Plata sino sobre la idea de Mar del Plata que es, también, una idea de Argentina como país abierto y generoso que ofrecía un futuro para todos”, dice.

Aquel tiempo atrás

 

Todo comenzó, allá circa de 1900, como una villa balnearia. Era la Argentina de la Belle Epoque. El hito fundante es la construcción de Bristol Hotel en 1888. “En Buenos Aires no se habla de otra cosa. En los grandes salones, en el teatro, en los paseos, en todas partes, el tema era el mismo. Decíase y con razón que el nuevo hotel estaba destinado a ser el preferido de la elite argentina (…) Cien cartas de invitación enviadas por el fundador del Bristol, el señor José Luro, circularon entre personas de alta figuración social. Y el viernes 7 de enero a la noche la flamante locomotora del Ferrocarril del Sur ponía en movimiento sus potentes músculos de acero y haciendo rechinar sus ejes y palancas se lanzaba hacia el sur, llevando su carga humana, ansiosa de agradables sorpresas”, decía La Nación por aquel entonces.

 

El elenco de los viajeros estaba encabezado por el vicepresidente Carlos Pellegrini e incluía al gobernador de la provincia de Buenos Aires, los directores de los principales diarios porteños y un selecto grupo de amistades y parientes del dueño del hotel. Más allá de algunas cuestiones que no apetecían del todo (la distancia de Buenos Aires y el clima algo tramposo, entre algunas otras), la aristocracia criolla adoptó “La Feliz”. Cuenta Torre en una presentación realizada en UTDT: “Al cabo de unos años, tener una residencia en Mar del Plata se convirtió en una obligación mundana para los ricos de Buenos Aires. Y no ahorraron pesos ni se privaron de excesos en su afán por competir en el derroche del lujo y la originalidad de sus mansiones de verano”.

 

La Rambla Bristol, construida en 1913, “una obra que, en la época, sobresalió por sus grandes dimensiones y su esplendor arquitectónico entre los balnearios del mundo”, era el espacio de socialización que nada tenía que envidiarle a sus homónimas europeas.

 

No es un libro sobre Mar del Plata sino sobre la idea de Mar del Plata que es, también, una idea de Argentina.

 

Mar del Plata, rápidamente, se convirtió en un aspiracional de una sociedad, como describe Torre, marcada por su impulso igualitario, cuyo germen ubica en las sociedades de socorros mutuos de los inmigrantes y hoy, casi un siglo después, corporizan los trabajadores de la economía popular, aunque en una era de expectativas disminuidas.

 

“A 400 kilómetros de Buenos Aires, Mar del Plata irradiaba una atracción irresistible como símbolo que era de la consagración social en la Argentina de entonces. Era esperable que los miembros más afortunados de las clases medias dirigieran su atención a ella. A partir de la primera década del siglo la demanda de vacaciones junto al mar se filtró desde la cima hasta la zona media de la pirámide social alimentada por una aspiración: la persona o la familia que veraneaba en Mar del Plata adquiría con ello un aire de distinción entre sus parientes y amistades Como consecuencia, no hubo esfuerzo o sacrificio al que se negaran para viajar a la costa y conquistar ese trofeo social”, narra Torre.

 

Yo también

 

No exenta de tensiones, Mar del Plata empezaba a ser más popular. La clase media empezaba a llegar y los primeros turistas empezaban a sentir cierta incomodidad. “Un asedio, una invasión, un resoplido en la nuca”, dice Torre. En 1920, el balneario llegó a tener un jefe comunal socialista. Los “rojos” lanzaron una campaña en favor de trenes de segunda clase, exhortaron a los hoteles y pensiones a que redujeran los precios e imprimieron miles de folletos distribuidos en todo el país exaltando las ventajas del balneario. “Mar del Plata era nuestra. Hoy, en cambio, cuando arriesgo a pasear por la rambla se me ocurre que estoy en otra parte”, decía un veraneante de la primera generación.

 

Argentina empezaba a cambiar, y Mar del Plata lo sentía. Nótese: aún faltaban más de 1520 años para la llegada del peronismo a la escena nacional.

 

La aristocracia migraba hacia el sur, más allá del Cabo Corrientes. A Playa Grande, concretamente. “El que encabeza el éxodo es Marcelo Torcuato de Alvear y convierte a Playa Grande en el nuevo núcleo selecto”, dice Torre ante El Economista.

 

Para la década del ’30, el público se había multiplicado por 6 y Mar del Plata dejaba de ser, según los autores, una villa balnearia. Había arrancado la era del “balneario de masas”. O, también, “el balneario de todos”.

 

La trayectoria de la ciudad recorre un itinerario marcado por un rasgo idiosincrático de Argentina: el impulso igualitario.

 

Allí, agrega Torre, “Mar del Plata se hace de vuelta”. Literalmente. “Quién dirigió esa transformación fue el gobernador conservador Manuel Fresco, admirador de (Benito) Mussolini y cultor del fraude electoral”, cuentan. Por esos años se pavimenta el tramo Dolores-Mar del Plata y se erige el Hotel Provincial, con su casino. “La década del ’30, además, fue la de la obra pública en todo el mundo”, dice Torre. Quien comandó las obras fue Alejandro Bustillo.

 

Torre pone énfasis en la “disociación e incongruencia” entre los ritmos de la política (era, después de todo, un Gobierno de facto fraudulento) y las conquistas sociales (la llama “democracia social”).

 

“El hecho de que puedan convivir cómodamente personas de las más variadas posibilidades económicas es uno de los elementos que le dan a Mar del Plata la categoría de gran ciudad balnearia”, reseñaba, por esos años, La Prensa.

 

Los años peronistas

 

“Sobre esa plataforma de lanzamiento precedente llega el peronismo”, agrega Torre. Con la llegada del PJ, los cambios, que ya habían arrancado, se aceleran y adquieren, además, otra épica en una Argentina que se empieza a poner más tensa. “Nosotros no quisimos una Argentina disfrutada por un grupo de privilegiados sino una Argentina para el pueblo”, dice Juan Domingo Perón, en 1954, en la apertura del 1° Festival de Cine. Una visión, dijo Torre en la UTDT, “escasamente fidedigna”.

 

Sin embargo, el movimiento puso su impronta. El primer “sello peronista”, dice Torre, es la aprobación de Ley de Propiedad Horizontal en 1948. “Allí se arrasan las mansiones y proliferan los edificios de 10-11 pisos y el éxodo de la clase alta, que se recluye en Los Troncos, es total”, añade. Otro hito es la Colonia de Vacaciones en Chapadmalal. Torre dijo en la UTDT: “Todavía habrían de faltar más años y más iniciativas para que los obreros llegaran a representar una proporción mayor entre los argentinos de vacaciones junto al mar”.

 

Un nuevo impulso, y una nueva disociación entre la democracia política y social, vino con Juan Carlos Onganía, allá por 1970, con la Ley de Obras Sociales, cuando el sindicalismo, ese nuevo actor que se empoderó al calor de Perón, comienza a comprar y levantar hoteles: pasan de tener 8 a 64. Plantan bandera.

 

Otra Argentina

 

“A mediados de 1960 ese perfil, el del balneario de todos, irá perdiendo consistencia debido a la deserción de dos grupos importantes, los jóvenes, que preferirán hacer rancho aparte en Villa Gesell, y los sectores más acaudalados, que cruzarán al Uruguay en busca de una playa más selecta en Punta del Este”, agregó Torre en UTDT.

 

“Los hippies la pasaron muy mal en Mar del Plata y se rapaban a la fuerza a los pelilargos”, agrega Torre y describe que los porteños ricos que emigraban a las costas uruguayas para sus temporadas estivales sufrían muchas veces “la bolilla negra” en Mar del Plata. “‘A eso no nos vamos a someter’, decían y se fueron para Punta del Este”, dice Torre. “Con esas deserciones, deja de ser el balneario de todos y las residencias de Los Troncos empiezan a ser compradas por la propia burguesía marplatense”, reseña. Además, agrega: “También surge Miami y la ‘plata dulce’. Mar del Plata ya deja ser La Mecca y ese balneario ecuménico y abarcador”. La propia Argentina, en adelante, dejará de ser una sociedad porosa y móvil.

 

En una entrevista con Clarín, Pastoriza lo resume así: “Es el eclipse de una idea: la del balneario en donde todos los sectores sociales pudieran pasar sus meses de veraneo bajo un mismo sol y en la misma playa”.

 

El balneario sigue estando y millones siguen viajando todos los veranos, pero ya no condensa esa idea ni es el aspiracional unívoco de una sociedad más disgregada. Se ha convertido, además, en una ciudad grande, con casi 800.000 habitantes (la 5° de Argentina), con problemas agudos de seguridad pública y desempleo. A su manera, sigue siendo un reflejo, quizás más triste, de Argentina.