Flashes de civilidad (hasta nuevo aviso)

10 de diciembre, 2019

Guzmán y Lacunza se reunieron en el Palacio de Hacienda

Por Alejandro Radonjic

 

El encuentro entre Mauricio Macri y Alberto Fernández, aquel lunes 28 de octubre tras las elecciones, fue un bálsamo de civilidad (normalidad, más bien) en un país agrietado. Había satisfacción, aun entre quienes, horas antes, habían confirmado que su Presidente había perdido y volvían “ellos”.

 

Se enaltecía allí el poder curativo de algo básico: el diálogo. Cuyo objeto no es enterrar diferencias históricas sino para coordinar movimientos, luego de que el pueblo haya hablado y evitar que el barco llamado “Argentina” (con más de 44 millones de tripulantes), que ya viene navegando aguas turbias y movedizas, sufra aún más. No fue mucho lo que allí mostraron el saliente y el entrante, pero fue algo.

 

Después se distanciaron, y no se volvieron a ver. Si las aguas se tranquilizaron ulteriormente fue más por el supercepo a la compra de dólares que por ese flash de civilidad. El domingo pasado, volvieron a verse. Casi 40 días después. El contexto, una homilía en Luján. El clima fue más amistoso aún y Juliana Awada bebió de la copa de Alberto Fernández. Nuevamente, la imagen cayó muy bien. No todos la avalaron, por cierto, porque creen que la guerra es a muerte pero, cuanto menos, se llamaron a silencio.

 

Ayer, sobre la chicharra y faltando escasas horas para que el saliente salga y el entrante entre, hubo una ráfaga de flashes ministeriales. Un rapto de dialoguismo. Hernán Lacunza recibió a Martín Guzmán; Adolfo Rubinstein, a Gines González García; Guillermo Dietrich, a Mario Meoni; Guido Sandleris, a Miguel Angel Pesce…y la lista puede seguir.

 

Por algo se comienza. Es cierto. Tan cierto como que el diálogo es una gimnasia incremental que, como un músculo, se atrofia si no se ejercita. Los flashes están bien, pero hoy a nadie la cuesta sonreír para la ocasión. Deben ser celebrados, pero su finitud debe ser marcada.

 

Arranca hoy un nuevo proceso presidencial y el entusiasmo es diferencial. Es lógico. El éxito del barco llamado “Argentina” estará determinado, centralmente, por la suerte y la “virtú”, diría Maquiavelo, del capitán del navío. Pero la oposición también tendrá su rol y su papel en el futuro. Deberá controlar, como indican los manuales, pero también deberá ayudar y no poner palos en la rueda. El Gobierno, además de maniobrar en un mar bravísimo, deberá generar el clima propicio para que eso ocurra y no alimentar lógicas bélicas. La satisfacción que suscitan los flashes de civilidad es un indicativo de algo que “la política” debe considerar y alimentar, y no porque sea un fetichismo sino porque el futuro será mejor para todos.