Cuando la luz de la bondad se enciende se extingue la oscuridad de la corrupción

23 de diciembre, 2019

Cuando la luz de la bondad se enciende se extingue la oscuridad de la corrupción

Por Rab Isaac Sacca

 

La festividad tiene su origen en los tiempos en que, con posterioridad a la muerte de Alejandro Magno, sus sucesores gobernaron infundiendo la cultura basada en el regocijo del cuerpo y lo material por sobre toda clase de valor moral y ético.

 

Alejandro muere —a los treinta y tres años de edad— y sus generales se dividen entre ellos el dominio del planeta. Luego, cada uno gobierna en distintas latitudes y difunden e imparten el helenismo.

 

Esta cultura muy especial llamada helenismo pretendía infundir principios basados en los valores del cuerpo y lo material, combinando así las culturas de la zona de la Hélade (Helen, hijo de Deucalión, y Pirra, padre mitológico y nombre primitivo de los antiguos griegos) con las tradiciones políticas de la Mesopotamia, Egipto y Persia, que había forjado la filosofía alejandrina.

 

A diferencia de las naciones del mundo que aceptaron con gratificación la nueva cultura —ya que generalmente los pueblos conquistados por los grandes imperios siempre buscaban causar simpatía y gracia a los ojos de los nuevos gobernantes y se asimilaban a las costumbres del imperio dominante—, el pueblo de Israel no se asimilaba; los judíos eran muy obstinados en sus creencias.

 

Los griegos, conocedores de esta característica de los hebreos —que ellos veían como extrañas tradiciones—, no presionaron para introducir sus costumbres en el seno de la cultura judía. Aunque su política era tratar de convencer a los pueblos conquistados de asimilarse a la ideología helena, —ya que era una forma de dominar a sus súbditos—, no querían generar conflictos y revueltas.

 

La dirigencia corrupta desprecia los valores morales

 

En muchas ocasiones, el abandono de la tradición y de la fe llega por deterioro moral interno de la dirigencia propia, antes que por la presión discriminatoria externa de los gobernantes de facto.

 

En todas las épocas, la historia conoció la existencia de dirigentes que traicionaron a sus representados y pusieron su fortuna a merced de potencias extranjeras.

 

La historia comienza con dos hermanos. Uno era el Cohen Gadol (Gran Sacerdote) Menelao y el otro era Oniá. Este último ansiaba el cargo de su hermano, por lo que fue a hablar con el emperador griego que residía en Siria, Antíoco Epífanes. Le planteó que los judíos también querían pertenecer a la cultura helénica, pero que los intransigentes fundamentalistas que seguían la fe milenaria de la Torá impedían que se integraran al Imperio, y él era helenista y deseaba que el pueblo judío adoptara la cultura helena, pero solo no podía. Entonces, le rogó que no los dejasen de lado y que lo ayudaran a convertirse en el Gran Sacerdote de Jerusalén.

 

En realidad, los griegos fueron seducidos por los helenistas judíos liderados por Oniá que, para congraciarse con ellos, les prometieron una adaptación a su cultura por parte de los judíos, pero a condición de que fueran ellos, los helenistas, reconocidos como los líderes del judaísmo. Y los griegos pactaron.

 

A su vez, los griegos no actuaron en soledad. Ha sido menester la aquiescencia de un sector importante de la sociedad judía helenizada que, para acceder a un statu quo y mantenerlo, claudicó en sus convicciones y se asimiló a vivir sin honorabilidad.

 

Oniá vendió a su propio pueblo debido a su egocentrismo, actuó inmoral y vanidosamente.

 

Desde el 322 antes de la era común, la Ciudad Santa estaba bajo dominio griego, pero hasta allí con permisividad para el desarrollo de la cultura judía. Ahora, tras el trato con Onía, Antíoco Epífanes ocupó Jerusalén, ingresó al Templo y lo profanó.

 

Fue el momento en que los griegos interrumpieron los servicios religiosos judíos y construyeron e instalaron un gimnasio al lado del Templo de Jerusalén. Esto fue acompañado de toda la pompa de la propaganda de la vida al estilo griego, que pondera el cuerpo y la belleza como valores supremos.

 

Este hombre, Oniá, buscaba ser nombrado líder del pueblo judío y ser reconocido como tal ante las autoridades griegas, pero sin leyes ni tradiciones judías. Un judaísmo reformado a medida para poder ser helenista (término utilizado para describir a los judíos helenizados).

 

El tema judaico de valores y prácticas podía quedar relegado al pasado, a una etapa cumplida, un proceso que fue superado y ahora podría ser solo cuestión de una añoranza y un recuerdo folclóricos. Solo se dejarían aquellos ritos que fueran compatibles con la cultura griega y que les sirvieran para mantenerse como líderes del judaísmo.

 

Los judíos pagaron un alto tributo por la desidia de las elites dirigentes que se corrompieron al convertirse al helenismo. El rey, los antiguos helenos que no tenían remordimiento alguno para matar a los recién nacidos defectuosos, o sacrificar humanos en caso de necesidad [1] y los helenistas (judíos helenizados) implementaron una persecución aterradora contra los judíos que no querían asimilarse. Hubo crueldad extrema, asesinatos, torturas y matanzas masivas de niños en plazas públicas para instigar a la población a abandonar sus milenarias tradiciones judías.

 

A causa del terror, muchos judíos se convirtieron en helenistas; otros quedaron embelesados por una vida al estilo liberal griego, pero las elites judías lideradas por el arrogante Oniá fueron las que llevaron a cabo el plan siniestro de helenización, y aun así pretendían sus integrantes ser llamados judíos. De esa manera, encontraron la combinación perfecta para entregarse a los dictámenes de la cultura imperante de egocentrismo y lujuria, pero manteniendo el liderazgo en los descendientes del pueblo de Israel ante las autoridades de facto.

 

Para ello, se debía acabar con los valores judaicos ancestrales, se debía erradicarlos, reformarlos, cambiarlos, y dejar todo lo “molesto”, reubicarlo en algún museo o archivo histórico.

 

Los perseguidores sabían que el motivo por el cual muchos judíos se obstinaban en no helenizarse era generado por su apego a su fe y a los mandamientos de la Torá. Si no se helenizaban, tanto los intereses del rey Epífanes, de crear una cultura homogénea entre sus súbditos, como los intereses de Oniá, de ser el líder reconocido por los judíos, no podrían ser coronados con éxito.

 

Por eso prohibieron el estudio y la práctica de la Torá.

 

Los fieles a la moralidad

 

A veces, algunas personas pierden la noción de lo importante que es la observancia de las normas fundantes de la Torá y la fe de Israel. La Torá es una luz para Israel y para todos los seres humanos y, aunque la arrogancia, la soberbia y el oportunismo en ocasiones tienen en algunos más fuerza que virtud, en otros, la virtud se sobrepone.

 

El pueblo, la gente común y sus líderes religiosos honestos vieron que la corrupción de sus dirigentes había traspasado todo límite, enceguecidos por las ansias de poder y placer, y que estaban dispuestos a destruir la Torá, base de la moralidad del pueblo y del futuro de la humanidad.

 

La Torá, que le enseñaba al mundo a respetar la vida, a amar al prójimo, a dedicarse a la familia, a asistir a los enfermos, a velar por los ancianos y los minusválidos, a promover la igualdad y los derechos humanos, a promover el derecho de los trabajadores a descansar, se veía ahora amenazada por un grupo de dirigentes hebreos corruptos asociados a un imperio devastador y cruel.

 

El pueblo no iba a permitir que eso pasara, todo abuso de poder tiene su punto de inaceptabilidad. Pero necesitaban a alguien que empezara la revolución. Si nadie tiene la iniciativa, puede ser que todos pensemos igual y nadie haga nada.

 

Encabezados por Matitiahu ben Iojanán y sus hijos, juntaron a algunas personas y se lanzaron al combate contra los helenistas y los griegos. Tuvieron que adaptarse a una actividad desconocida para ellos —la guerra— para restituir el derecho natural de mantener la tradición en la que creían.

 

Fueron llamados los Macabim o Macabeos. Iehudá, el hijo de Matitiahu, que en sus escudos grabó la palabra Macabi (sigla en hebreo de: “Quién es entre los dioses como Tú, Eterno”). También llamados Jashmonaim o Asmoneos (derivado del nombre familiar de Matitiahu). Y ocurrió lo inesperado: este grupo reducido de personas derrotó a los soldados de un ejército que era por entonces el más poderoso del mundo; le ganaron a un poderosísimo imperio.

 

Este triunfo es el que recuerda la festividad de Janucá. Fue un acontecimiento nacional muy significativo no solo por la victoria militar, sino porque era la primera vez que, después de la conquista de Babel, el pueblo judío retomaba el poder en su propia tierra con un espíritu judío relacionado con su filosofía fundacional y fundamental: la Torá, y no solo por un anhelo nacional. Janucá significa “inauguración”; se volvió a inaugurar el Templo y la autodeterminación del pueblo de Dios.

 

En el año 164 antes de la era común, Iehudá el Macabeo tomó Jerusalén y consagró el Templo. Se nombró en esa época a una dinastía de reyes judíos de la familia asmonea que gobernó durante más de 200 años [3].

 

La luz de la moralidad venció e iluminó

 

En aquellas históricas jornadas, cuando los judíos retoman el Templo y lo van a consagrar a Dios, después de haber sido profanado por Antíoco Epífanes, se encuentran con que no había aceite puro suficiente para encender la Menorá, ya que hacía falta un aceite procesado de una manera determinada, de acuerdo con las normas bíblicas, y ese proceso duraba ocho días.

 

Solo hallaron un frasco de aceite que podía durar un día y no más. ¿Y qué hicieron? Encendieron la Menorá con lo que tenían. Aunque sabían que no iban a tener aceite para el segundo día, igualmente la encendieron. Hicieron lo que podían hacer.

 

Sin embargo, esa poquísima cantidad de aceite se mantuvo encendida ocho días, hasta que llegó el momento en que terminaron de fabricar de vuelta el aceite para las velas de la Menorá.

 

En recuerdo a estos acontecimientos, hoy en día también encendemos las velas a partir de 25 de Kislev del calendario hebreo.

 

El primer día de Janucá encendemos una vela, el segundo día, dos, el tercer día, tres, hasta llegar al último día, en que son ocho velas. Como los ocho días que se mantuvo encendida la Menorá en aquel entonces.

 

El milagro de la duración antinatural del aceite de la velas tiene como enseñanza que cuando uno persigue la luz y brega por ella, aun con poco poder, la luz se sobrepone milagrosamente frente a la corrupción.

 

La enseñanza de Janucá para la sociedad de hoy

 

¿Qué hubiera pasado si los Asmoneos no hubieran luchado por esos valores?

 

Hubiera ganado la oscuridad.

 

Pero el pueblo luchó y logró revitalizar el espíritu de bondad del judaísmo, la savia de su raíces, y la luz volvió a iluminar, porque esa era la misión de Israel, iluminarse e iluminar a los demás, bregando por la moral, el bien común y la decencia transmitida por Dios en la Torá.

 

Al final, los helenistas desaparecieron de la historia y los valores del judaísmo se difundieron en toda la humanidad.

 

Los pueblos que vencen son los que atan sus destinos a la observancia de la moralidad, simbolizada aquí por la tradición de la Torá.

 

A lo largo de la historia hubo muchos asmoneos, y de todas las creencias y pueblos.

 

Los que denuncian las corrupciones e injusticias son luminarias de la oscuridad como la Menorá.

 

Los que no aceptan soborno y se exponen para hacer cumplir la ley y la justicia con rectitud enfrentando la opinión pública y las presiones son descendientes espirituales de Matitiahu ben Iojanán.

 

Las velas, que duraron más allá de lo normal para la cantidad de aceite que había, enseñan que la luz llegará al mundo cuando en el futuro siga habiendo Jashmonaim, cuando sigan existiendo personas que enciendan la Menorá y que, arriesgando sus propias comodidades, enfrenten el mal aun cuando este esté en el poder.

 

Vivir aceptando la corrupción es vivir en la oscuridad, en la indecencia y la muerte. La luz irradió solo después de que los Jashmonaim se arriesgaron, se armaron de coraje para combatir el mal, porque solo una vida de bondad y honestidad es una vida con la luz de la alegría, una vida auténtica, es la única vida digna de ser vivida.

 

[1] deMause, Lloyd, The history of childhood, N.Y. 1974, psychohistory press. Política VII, Aristóteles. Sobre la ira, I.XV, Séneca.

[2] Maimónides, Guía de perplejos, tomo III, cap. 48.

[3] Libro de los Macabeos.

[4] Tratado de Shabat 21-2.