Max Weber, entre Fernández y Bolsonaro

4 de noviembre, 2019

Por Augusto Nicolás Salvatto Experto Asociado en el CEI – UCA y Candidato a Magister en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Salamanca)

 

La guerra de declaraciones entre el presidente electo de Argentina y el mandatario brasileño recrudeció luego de las PASO y especialmente a partir del 27 de octubre. Durante la jornada electoral, y en razón del cumpleaños del expresidente preso, Luis Ignacio Lula da Silva, Fernández compartió una polémica foto en Twitter donde pide por la liberación de su amigo “injustamente preso”.

 

Si bien Lula se encuentra preso desde antes de que Jair Bolsonaro llegara al poder, su campaña se basó justamente en criticar la figura del expresidente, puesto como la cara más visible de la corrupción del PT, su partido rival. Al punto que el juez que dictó sentencia en esa causa, Sergio Moro, es hoy Ministro de Justicia de Brasil. Ante esta situación, Bolsonaro declaró luego de las elecciones que “Argentina eligió mal”, aclarando que no pretende felicitar por el momento a Alberto Fernández, preocupando a distintos actores económicos por el futuro del Mercosur.

 

Argentina y Brasil son socios estratégicos que podrían encontrarse a las puertas de una crisis diplomática por la mala relación entre Jair Bolsonaro y Alberto Fernández, pero releyendo a Max Weber podemos encontrar la clave para evitar que el conflicto pase a mayores.

 

Con este panorama de agresiones cruzadas que llegaron incluso a darse entre los hijos de los funcionarios vía Twitter, resulta difícil imaginar cómo los líderes de las dos economías más importantes del Mercosur podrían ponerse de acuerdo en una multiplicidad de cuestiones de la agenda bilateral, teniendo en cuenta el fuerte carácter presidencialista de la diplomacia latinoamericana.

 

¿Qué diría Max Weber?

 

Tratar de entender este suceso mediante las enseñanzas de un teórico alemán que vivió a principios del Siglo XX podría parecer anacrónico y forzado. Sin embargo, uno de los más célebres teóricos de la política puede echar algo de luz al asunto.

 

Para Max Weber, las tres cualidades fundamentales de un buen político son la pasión –entendida como una entrega apasionada a una causa–, el sentido de responsabilidad y la mesura. Desde su perspectiva, existen dos grandes “pecados mortales” en el terreno de la política. “La ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad”, dice. Esto quiere decir que, en la actividad política, muchas veces las convicciones personales deben ponerse en un segundo plano, haciendo primar lo que el pensador alemán llamaba la “ética de la responsabilidad”. Para Weber, existe una gran diferencia entre “obrar según la máxima de una ética de la convicción”, es decir, siguiendo ciegamente las propias convicciones y la propia creencia de lo que es el bien, y “obrar según una máxima de la ética de la responsabilidad”, que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción.

 

Desde esta perspectiva, Alberto Fernández puede estar convencido en lo más profundo de sus convicciones y sus conocimientos como especialista en derecho penal– que Lula está preso injustamente. Ahora bien, en tanto presidente electo de Argentina, su responsabilidad institucional es que el país tenga una buena relación con su socio estratégico, circunstancialmente gobernado por un acérrimo enemigo de Lula. De la misma forma, aunque Bolsonaro esté convencido de que Fernández será un mal gobernante, es su responsabilidad como presidente de Brasil colaborar con el país vecino.

 

Pero esto desde luego no es para nada sencillo. ¿Realmente podría ser el mundo un lugar mejor si los líderes globales obviaran las injusticias basándose en su responsabilidad? Para Weber esto es sin duda el más importante dilema. El fin no justifica los medios. Pero si miramos la realidad, aquellos políticos que actúan guiados exclusivamente por la ética de la convicción (sea cual sea su convicción), suelen postular cualquier medio como válido para que “se haga justicia”, sin importar las consecuencias que eso puede tener. Así, “los que repetidamente han predicado el amor frente a la fuerza invocan la fuerza que ha de traer consigo la aniquilación de toda violencia”, tal como sentenció Weber en su famosa conferencia de 1919 titulada “La política como vocación”.

 

Quien quiera ejercer la política como una profesión, debe tener consciencia de las paradojas éticas y de su propia responsabilidad, quedando muchas veces obligados a colocar los intereses del país por encima de sus propias convicciones.

 

“La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma”, concluye, eeterno, Weber.