Temor y temblor

25 de octubre, 2019

Latina America contexto demográfico

Por Carlos Leyba 

 

En “Capital e Ideología”, Thomas Piketty describe la larga marcha en torno de la igualdad económica y social. La conclusión es que, a partir de los ‘80 del Siglo XX, la desigualdad ha ganado en Europa, en Estados Unidos, en América Latina y bate records en Medio Oriente.

 

Zygmunt Bauman (2013) señalaba que el 10 % más rico de la población poseía el 85% del total de la riqueza mundial (NNUU) y ni hablar de las reiteradas advertencias del Papa Francisco.

 

Esas sociedades habían protagonizado un proceso igualitario con la construcción ideológica, cultural y política del Estado de Bienestar en el entorno de la Segunda Guerra Mundial.

 

La Revolución Francesa (“Libertad, igualdad, fraternidad”) que ubicamos histórica, ideológica y culturalmente como el disparador del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no fue la realización de la igualdad.

 

La concentración económica, dice Piketty, fue más fuerte antes de la Primera Guerra Mundial que durante el Antiguo Régimen en cuya caída rodaron cabezas en nombre de la libertad.

 

Edgard Morin sostenía que la libertad (piense en “los mercados libres”) tiende a la concentración y la desigualdad. Decía Morin que la presión por la igualdad, piense en los “socialismos reales”, genera totalitarismo.

 

La fraternidad (no es romanticismo) permite mantener la tendencia a la igualdad en el marco de la libertad. El camino a la igualdad tiene que ser querido, no es espontáneo.

 

Las bases de la democracia se debilitan cuando se resquebraja cualquiera de esos tres términos. El menos reclamado, la fraternidad, es antídoto a la enfermedad de la violencia.

 

Raúl Alfonsín, en 1983, decía “con la democracia se cura, se educa, se come”. El significado de esa frase era que el sostén de la democracia consiste en garantizar la oferta de los bienes públicos (por ejemplo, la salud, la educación) y el trabajo digno de todos (por ejemplo, ganar el pan).

 

Esas condiciones materiales niveladoras aportan al proceso de la igualdad. No hay tendencia a la igualdad sin un Estado capaz de brindar los bienes públicos y una economía capaz de proveer trabajo digno para todos.

 

El trabajo es la fuente de la distribución primaria y ella el fundamento del nivel de tendencia a la igualdad.

 

Desde el amanecer democrático pasaron años, y si bien la libertad no se ha resquebrajado, la incapacidad de oferta de bienes públicos y de trabajo digno, pone de manifiesto las verdaderas razones de la marea de pobreza y de la creciente desigualdad asociada a la escandalosa concentración de la riqueza generada en las últimas décadas. Esos son datos.

 

Este proceso es consecuencia de la construcción política, deliberada, de una “nueva oligarquía de los concesionarios” como mecanismo de concentración excluyente. Los servicios y bienes públicos estatales no contenían ganancias. Privatizados sí.

 

La “nueva oligarquía” son los propietarios de los que fueran bienes y servicios del Estado. Bienes y servicios protegidos por una barrera natural. Los apropiadores figuran en el top ten de los multimillonarios en dólares, son fortunas surgidas de manera súbita. Ninguno de esos nuevos oligarcas son herederos de la oligarquía vacuna que producía bienes transables, ni de la “burguesía industrial”, que producía bienes transables. Son hijos de otra cosa.

 

Lo que importa es que, en el escenario de la desigualdad, esos concesionarios son los principales protagonistas. ¿Cuáles son los bienes y servicios que disparan la protesta? Basta volver a los inefables Cuadernos para verificar cómo el ordeñar al Estado ha generado fortunas escandalosas. Muchos concesionarios poderosos (o influyentes) no figuran en la Cuadernos. Algunos, sorprendentemente, han conquistado a fiscales y probablemente jueces, que conviertan sus delitos en la causa para ser víctimas. Grave.

 

En la TV, el miércoles pasado, mientras la mayor parte de los participantes reconocía la veracidad de los hechos que los Cuadernos relatan, dos de ellos, y con entusiasmo, señalaban que la causa caería no porque fuera mentira o porque los hechos no estuvieran probados sino por vicios procesales.

 

Vicios que de existir no fueron causados de manera inocente. Hacer las cosas mal, si así fuera, es una manera de darle la razón y quedar bien con las dos partes: te condeno públicamente (héroe) y dejo el camino allanado para que por los vicios procesales te absuelvan (amigo). ¿En esa trama vivimos?

 

Estamos dando vuelta una curva que nos lleva a la recta final de un largo y penoso proceso electoral. Este domingo tendremos un ejercicio de la libertad fecunda que es elegir.

 

Poco podemos hacer los ciudadanos el domingo por la igualdad: los contendientes y sus agrupaciones políticas, con pocas excepciones, vienen de carreras políticas que han sido responsables de alimentar a la oligarquía de los concesionarios (concesiones y cesiones oprobiosas desde hace 30 años), y de acrecentar sin desmayo la pobreza y la desigualdad bien medida, de desindustrializar al país y, de una u otra manera, debilitar al Estado de modo que no pueda prestar ni eficiente ni eficazmente los bienes y servicios públicos prioritarios.

 

Sólo un cambio copernicano, en lo hasta aquí hecho por los mismos contendientes, puede dar luz a un proceso sólido en la marcha a la igualdad.

 

Pero el domingo mismo, antes de que finalice el día, haya o no un vencedor – pero mucho más si lo hubiera – es el momento histórico para dar el paso necesario para abrir la puerta a la fraternidad, que es condición necesaria.

 

En este espantoso proceso de la grieta, que empezó en el kirchnerismo pero que se potenció de una manera inmoral durante la gestión PRO, la amistad política desapareció. Y ella es la condición necesaria, el primer paso, para la pedagogía política de la fraternidad.

 

La fraternidad es la vacuna para evitar el contagio de la violencia. Sería imperdonable que los líderes políticos no tuvieran la noche del domingo un gesto de madurez que empieza por el diálogo.

 

Una convocatoria inicial, modesta, amparada en la idea que una Nación es un proyecto sugestivo de vida en común.

 

Argentina no tiene un proyecto de Nación. Está extraviada hace décadas. Y los borradores desprolijos e inconsistentes que se han tratado de imponer comenzaron por la incomprensión de que no son posibles si no incluyen, como motor, la vida en común.

 

Justamente Chile, que está atravesando un temblor, es una advertencia. No fue el temblor de la naturaleza al que han estado sometidos tantas veces nuestros hermanos trasandinos.

 

No hay escalas para medir los daños del temblor social al que hemos asistidos perplejos. Se ha desatado una furia salvaje, en un país que crecía y que, para los predicadores nativos, tenía la virtud suprema de tener una apertura al mundo garantizada por decenas de acuerdos de libre comercio.

 

Nadie puede negar los progresos materiales comparados: kilómetros de subterráneos y edificios de primer mundo. Crecimiento. Sí. Pero Chile, que sí tiene una versión de la amistad política, lo que es claramente insuficiente, al decir de algunos analistas sociales, no tiene un proyecto de Nación. O lo que es lo mismo, y está demostrada por la violencia, no tiene fraternidad, no tiene un propósito de vida en común.

 

La desigualdad social en Chile (hay allí un patrón cultural que quienes han compartido la vida cotidiana lo reconocen en la deferencia social de trato entre aquellos que nada tienen y aquellos que dispone de bienes) es una característica del modelo.

 

Chile no es una economía diversificada. Es una economía concentrada tanto en lo que hace, lo que produce, como en la apropiación de lo generado. Hasta para quienes creen en el derrame es imprescindible tener canales para ello. Veamos.

 

La diversificación productiva fue alguna vez expuesta por un economista latinoamericano con el juego del Scrabble. Si uno tiene pocas letras (actividades) son pocas las palabras que puede armar y si por el contrario está provisto abundantemente de letras, escribir lo necesario es posible.

 

En otras palabras sin diversificación, se puede crecer. Pero el desarrollo, sin diversificación, no es posible. La diversificación productiva es el camino al desarrollo. Chile es un caso de opción por la especialización y la concentración. Fue eficaz en el crecimiento. Pero ineficiente en el desarrollo.

 

La concentración, asociada a la especialización, ha generado la desigualdad y con ella un temblor que en las escalas sociales ha alcanzado niveles inesperados.

 

Lo inesperado produce sorpresa. La sorpresa puede ser lo que nos ocurre cuando despertamos de un sueño y nos enfrentamos a la realidad que amanece. Sin duda es lo que les ha pasado a muchos chilenos y a muchos argentinos ensoñados con los progresos materiales de Santiago.

 

O la sorpresa, otra de las acepciones del término, consiste en descubrir algo que estaba oculto. También esto es lo que ha pasado.

 

La pobreza en Chile no está medida de la misma manera que en la Argentina y puede que los porcentajes no sean comparables. Lo incomparable oculta. Y la desigualdad en la Argentina tampoco está razonablemente medida: por ejemplo cuando aumenta el numero de empleados públicos (producto de la incapacidad de crear trabajo productivo y no del aumento de las prestaciones públicas) insólitamente aumenta la participación de los asalariados en el ingreso nacional: es que el Estado no tiene ganancias de capital.

 

Las estadísticas necesitan ser interpretadas. Siempre y particularmente en el caso del “milagro chileno”. Temblor en Chile y temor en la vecindad. Algunos comentaristas y hasta algunos funcionarios han imaginado, junto con Nicolás Maduro, que el temblor chileno es consecuencia de una conspiración cubana y venezolana.

 

Si así fuera había que reconocer que había un caldo de cultivo para ese germen. El problema de la violencia es el caldo de cultivo.

 

En lo que será el comienzo de una nueva etapa en el poder, estos hechos nos señalan que el crecimiento del PIB no garantiza el desarrollo y, sin desarrollo integral, el temor y el temblor son la amenaza permanente. Una dolorosa lección que no debemos ignorar.

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