Macri y Fernández se disputaron el legado de Alfonsín a 36 años de su victoria

30 de octubre, 2019

alfonsín

Por Oscar Muiño

 

Los grandes rivales de la elección del 2019 coincidieron poco y nada. Una de sus pocas convergencias fue la reivindicación pública de Raúl Alfonsín.

 

Juntos por el Cambio convocó al Obelisco con explícita evocación a aquel masivo acto de octubre de 1983, la semana de los comicios. Desde el macrismo se recordó la lucha democrática y republicana de Alfonsín, su defensa de las instituciones desde afuera y desde adentro del poder. Por su lado, Alberto Fernández no perdió ocasión de citar su paso –modesto- en la administración radical. Incluso evocó la ética de la solidaridad y la pata distribucionista del discurso de Raúl Alfonsín.

 

¿Por qué invocar, a treinta y seis años de aquellos episodios, la campaña que precedió la instauración democrática? ¿Cuánta relación une a cada candidato con el caudillo de la UCR?

 

El intento de apropiación tiene motivos evidentes: Alfonsín, igual que Sarmiento, terminó su gestión con el fastidio de buena parte de la ciudadanía. Pero su figura se sigue agrandando con el paso del tiempo. Hoy –y parece definitivo-  la opinión lo ha elevado al Parnaso de las presidencias fundadoras. La aceptación de Alfonsín como hacedor de la democracia definitiva  es un dato. Los políticos de esta campaña tuvieron otras urgencias. Más que sostener la vigencia de un proyecto, buscan empatía y cosechar voluntades. En criollo, sacar más votos.

 

La invocación albertiana rescató el contenido social del alfonsinismo. Pero soslayó una cuestión central: el respeto irrestricto al Estado de derecho y la tolerancia, lo diferente como deseable, el pluralismo como virtud. La fórmula F-F debe mostrar la convicción que siempre Alfonsín tuvo hacia sus rivales. La legitimación del Otro como sujeto político.  Fernández viene hablando de una concertación muy amplia con gobernadores, sindicalistas, líderes de movimientos sociales, industriales. Imagina la bendición de la Iglesia y hasta de ciertos sectores productivos.  Pero su convocatoria –plausible- para desterrar la grieta no ha incluido hasta ahora un macro acuerdo con las fuerzas partidarias, es decir, búsqueda de un consenso general del sistema político. No ha sido explícito en este campo y parecería tentado a convocatorias individuales, un proceso de cooptación como el que promovió junto con Néstor Kirchner entre 2006 y 2007. La Concertación Plural fue un proceso de acumulación, y no de acuerdo entre distintos. La obsesión de Alfonsín, se sabe, se centraba en el contacto entre las diversas agrupaciones, como expresión de la voluntad política del cuerpo de ciudadanos. Por eso incorporó los partidos al rango constitucional.

 

Macri, por su lado, levantaba banderas institucionales, reivindicaba la convicción política liberal del ex presidente. Y omitió la otra mitad de su discurso: la igualdad como fuente indispensable de convivencia, la inclusión no sólo legal sino económica y social. Los Whats App oficialistas repiqueteaban las críticas de Alfonsín al populismo, su defensa republicana. Pero omitían la cuestión social, tan presente en  su ideario, discursos y libros como el tema institucional. La despreocupación por el costo de vida (tarifas y alimentos) lo alejaban de la tradición y la práctica alfonsinistas

 

En otras palabras, cada candidato elegía medio Alfonsín. El macrista ensalzaba la República y retaceaba la lucha por la Igualdad. El fernandista elogiaba su igualitarismo y omitía su republicanismo.

 

Tres en contra

 

En rigor, ni Fernández ni Macri eran cercanos a Alfonsín. Más relación tuvo, sin duda, Roberto Lavagna. Fue secretario de Estado en su gobierno, designado ante la Comunidad Económica Europea por De la Rúa bajo sugerencia alfonsinista, y luego convocado al Ministerio de Economía por Duhalde en plena crisis de 2002 por otro consejo de Alfonsín. Finalmente, Lavagna fue candidato presidencial de la UCR en 2007 por presión –una vez más- del propio Alfonsín, quien lo justificó como el encuentro de “un candidato sin partido  con un partido sin candidato”. La fórmula Lavagna-Gerardo Morales. Lavagna utilizó poco aquellas convergencias.

 

No todos quieren a Alfonsín. Los tres candidatos con menos votos abominaban de él. Para José Luis Espert, representa una intervención estatal intolerable, un modo de estatismo casi socialista. Para Nicolás Del Caño, a la inversa, un falso progresismo que maquilla las maldades intrínsecas del capitalismo y oculta, tras el ropaje democrático, la explotación del hombre por el hombre. Y el mayor retirado Juan José Gómez Centurión se levantó en armas contra él como parte del Ejército carapintada. Mira a Alfonsín como un enemigo, el hombre que despedazó el poder militar y con él, el último resguardo del orden y la sociedad jerárquica.

 

Mientras las candidaturas pasan, Alfonsín parece observarlas desde la Historia.

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