Los politólogos del futuro

22 de octubre, 2019

Por Augusto Salvatto (*)

 

Las carreras universitarias, los planes de estudios y la forma de abordar los contenidos de la educación superior no son estáticos. Por el contrario, responden a los modelos de sociedad en que nacen y se nutren de elementos profundos de la situación política y económica

 

El mundo está cambiando aceleradamente y más que en cualquier otro momento de la Historia de la humanidad. Hemos vivido en el último tiempo un proceso de transformación que al mismo tiempo trae consigo otros tantos cambios en la sociedad, provocando importantes cambios en la forma de organizarnos socialmente, relacionarnos con el resto de la comunidad, e incluso de trabajar. Según datos del Foro Económico Mundial, el 65% se los niños que están asistiendo a la escuela primaria mientras se escriben estas líneas, trabajará en profesiones que aún no existen y los empleadores demandarán cada vez más habilidades en lugar de títulos o diplomas a la hora de seleccionar a sus futuros empleados.

 

Así, por ejemplo, las habilidades como el pensamiento crítico, la inteligencia social, la innovación, la competencia intercultural, comunicación y conocimientos sobre cómo utilizar Big Data son las más demandadas para el 2020, que está a la vuelta de la esquina

 

¿Qué nos queda a los politólogos en este contexto? ¿Vamos a desaparecer?

 

El futuro de los politólogos

 

En tiempos de la cuarta revolución industrial, es normal oír que las profesiones del futuro son aquellas como ingeniería en sistemas, o informática, y que las humanidades son poco menos que una pérdida de tiempo o un hobby para los que les gustaba la historia en el colegio secundario. Nada más alejado de la realidad.

 

Pablo Picasso solía decir que “las computadoras son entes inútiles, ya que sólo pueden brindar respuestas”. Pero alguien tiene que hacer las preguntas, y guiar equipos multidisciplinarios hacia objetivos globales. Allí reside un gran valor de los politólogos y especialistas en relaciones internacionales. Paradójicamente (o no), en un contexto de elevada mecanización, el futuro de la Ciencia Política recupera la tradición humanista de la disciplina. Y es que todo problema de la humanidad es (y seguirá siendo en algún punto), un problema político.

 

En primer lugar, lo que define al estudio científico de la política con respecto a otras actividades humanísticas es la capacidad de pensamiento estratégico. Un activo que se vuelve cada vez más importante en un contexto educativo y laboral que globalmente avanza hacia una alta especialización. En un mundo de especialistas, la capacidad estratégica de poder reunir las distintas partes y coordinarlas para generar una interacción ordenada, resulta crucial. La visión estratégica no solo sirve para el Estado, sino que es cada vez más demandada en el sector privado, tanto en empresas como en organizaciones de la sociedad civil. Así, el pensamiento estratégico y las habilidades humanas cobran enorme relevancia en estos momentos de auge tecnológico

 

En segundo lugar, las disputas por poder tampoco desaparecerán por más que la humanidad avance hipotéticamente hacia organizaciones políticas globales. Todo lo que está sucediendo en el mundo requiere soluciones políticas y especialmente soluciones humanas, que las máquinas no pueden brindar. La automatización es un hecho. Las tareas mecánicas van a ser automatizadas tarde o temprano, y eso abre paso a que los seres humanos nos dediquemos cada vez más a cuestiones no plausibles de ser automatizadas. Valga la redundancia, tareas mucho más humanas.

 

Por último, si repasamos las habilidades más demandadas por empleadores para el futuro del trabajo, casi todas ellas tienen que ver con las llamadas competencias blandas, que proliferan en las carreras universitarias humanísticas.

 

Por estas tres razones, el rol de los politólogos será clave en el mundo laboral del futuro. Un resumen de noticias políticas destacadas puede automatizarse usando inteligencia artificial. Incluso el proceso de planificación de políticas públicas puede ser enormemente simplificado gracias a la tecnología. Pero lo que la tecnología no puede reemplazar es la capacidad humana de dirigir estratégicamente procesos complejos con equipos diversos y multidisciplinarios.

 

La política se funde con lo global

 

A mediados del Siglo XX, Hans Morgenthau escribía que las relaciones internacionales “son algo que no debe darse por sentado, sino que debe entenderse y modificarse más allá de los límites actuales de su estructura política y de organización”. En las últimas dos décadas hemos asistido a un auge de la disciplina de las relaciones internacionales, que podemos ver fácilmente reflejado en las matrículas de las principales universidades del mundo.

 

Pero tal vez sea hora de repensar esta idea: el propio concepto de lo internacional responde a un contexto donde los Estado-Nación eran el actor más relevante de la política mundial. Las relaciones internacionales, por ende, buscaban comprender cómo se relacionaban estos actores entre sí. Hoy, sin embargo, resulta más apropiado hablar de lo global. Veamos por qué:

 

En primer lugar, en los últimos años han surgido cada vez más actores relevantes que disputan esa hegemonía a los Estados, desde empresas transnacionales cuyos presupuestos superan ampliamente al de muchos países, hasta organizaciones que se dedican al crimen organizado internacional. ¿No es acaso Google un actor relevante de la disputa comercial entre China y Estados Unidos? Y a pesar de que la sede central de Google se encuentre en Silicon Valley, pocos objetarían la idea de que esta empresa es un actor global, independiente de su país de origen.

 

Al mismo tiempo, la propia esencia de la diplomacia está cambiando. El trabajo del especialista en relaciones internacionales (o globales) ya no se cierne exclusivamente a la Cancillería o el Ministerio de Relaciones Exteriores de cada país, que ha perdido el monopolio de la política exterior, sino que se expande a casi todos los ámbitos del sector público y a gran parte del sector privado. El mundo globalizado a cada actor a insertarse de lleno en la política global y a dejar de pensar en términos exclusivamente nacionales.

 

Por último, los complejos problemas que azotan al Siglo XXI como la regulación de Internet o el cuidado del medio ambiente requieren de solución conjunta y coordinada entre Estados, actores privados y organismos internacionales. Y es en esa coordinación que los especialistas en relaciones internacionales tienen un papel fundamental.

 

Lo político se vuelve cada vez más global, y lo que sucede en el mundo, cada vez más político. Esto abre un enorme ámbito de actuación para los profesionales de la Ciencia Política y las relaciones internacionales, que en tiempos de alta incertidumbre como los que corren, no es poca cosa.

 

(*) Maestrando en Universidad de Salamanca y Sorbonne Nouvelle Paris III, Profesor en UCA y UCES y especialista asociado al CEI – UCA