Lo que puede ser robado en el futuro

21 de octubre, 2019

Alfonsín Capitanich

Por Federico Recagno Secretario General de la Organización de Trabajadores Radicales (OTR-CABA)

 

#NoSoyUnRobot. Si contestamos afirmativamente, entonces, alguna vez en la vida habremos dicho “te quiero”. Puede que lo hayamos pronunciado a alguien en voz alta, comprometiéndonos públicamente, o bien para adentro, por timidez o miedo al rechazo. Ese “te quiero” tan humano y universal no tiene derechos de autor. Es una frase que podemos utilizar sin pedir permiso a nadie.

 

Ese “Te quiero” le corresponde a cada persona que lo ha formulado, pero, casi con seguridad, les pertenece, con legitimidad, a aquellos que al pronunciarlo dijeron la verdad. “Te quiero” y al decirlo aman y quieren.

 

Las conversaciones entre amigas o amigos no llevan propiedad intelectual. No son el guión de una obra de teatro. Lo que se charla entre amigos, lo que se expresa de corazón, le pertenece a los que lo manifiestan. No hace falta registrarlo. Ese abrazo, esa palabra de consuelo o aliento, ese acompañamiento es de él o ella porque fueron dichas en el momento oportuno por las personas adecuadas.

 

Tampoco tiene copyright la “mala palabra” aplicada en la situación justa, ni el remate de un episodio incómodo con una salida graciosa que todo lo descomprime. No poseen derechos de autor porque la exactitud del momento y la calidad del que lo expresa no pueden igualarse.

 

Algo de esto también lo tienen los discursos. Una alocución, una disertación frente a un auditorio, salvo raras excepciones, no se apuntan en la propiedad intelectual.

 

Hay discursos que son como el “te quiero” o el abrazo del amigo. No requieren de artilugios legales. Fueron dichos en momentos precisos, a los individuos pertinentes y, sobre todo, proferidos por personas que, con su coherencia de vida, les imprimen el sello de lo irrepetible. Discursos que el autor no registra, sino que lo hace la historia.

 

Raúl Alfonsín es el “Padre de la Democracia”. No escribió el Preámbulo de la Constitución, encarnó el Preámbulo. A las palabras que inician nuestra Carta Magna las volvió a dotar de sentido después del maltrato indigno de los dictadores.

 

Jorge Capitanich ha sido electo gobernador de la provincia del Chaco. Seguramente se mire en el espejo y eso le alcance. Le dirá a su imagen reflejada que ha sido el más votado en una elección todo lo legitima. El espejo no le va a decir que plagiar es robar. Haber saqueado, palabra por palabra, un discurso ajeno es una burla a los que lo escuchan, al intelecto, a los partidos políticos (incluido el de él), y a la política. Es un robo a la historia, al presente y preanuncia lo que puede ser robado en el futuro.

 

De ahora en más, cada vez que hable en público debería sufrir el rechazo o la indiferencia de cualquiera que esté presente. Ninguna de sus palabras puede tener valor porque no le son propias. ¿Habrá alguien en el entorno íntimo del nuevo gobernador que le creerá cuando les diga que confíen en él? Tal vez ya no tenga afectos a los que hablarles y por eso su voz devaluada necesita apropiarse de voces ajenas.

 

Capitanich no es Alfonsín, eso estaba y está muy claro, pero, además, no aprendió nada de él. El flamante gobernador se sentará a la mesa con otros gobernadores y con el Presidente que sea electo en estos días. Todos ellos tendrán el derecho de no creerle.

 

Asumirá Capitanich el próximo 10 de diciembre. También un 10 de diciembre en 1983 asumió Alfonsín. Dio una arenga en la Asamblea Legislativa interrumpida por aplausos de todas las bancadas. La frase, su frase, que generó la primavera ovación al comienzo del discurso fue de una sencillez y veracidad que hoy parecen revolucionarias: “Vamos a ser un gobierno decente”. ¿Será capaz Capitanich de robar también este discurso?

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