La inflación a la espera de un programa de estabilización

17 de octubre, 2019

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Por Hector Rubini

 

La inflación de septiembre no sorprendió a nadie. Si bien la variación nacional del IPC ha sido 5,9%, los precios aumentaron más de 6% en el Noreste (6,2%) y en la Región Pampeana (6,1%). Ninguna región del país registró una inflación inferior a 5,8%. Lo más llamativo, si bien se explica en parte por la estacionalidad, es la suba de los precios de las prendas de vestir y calzado en el Gran Buenos Aires, con un salto de 11,7%, el único registro de dos dígitos para el mes pasado.

 

Con respecto a diciembre del año pasado la suba acumulada es de 37,7%, aunque las mayore subas correspondieron a servicios de salud (46,5%), equipamiento y mantenimiento del hogar (42,9%) y alimentos y bebidas no alcohólicas (40,9%).

 

Con relación a septiembre de 2018, la inflación en doce meses a nivel nacional ha sido de 53,5%, siendo superada a nivel regional por el Noroeste con 56,1%. Al desagregar por tipo de ítems de la canasta de los consumidores, las mayores subas se registraron en servicios de salud (71,8%), bienes y servicios varios (58,2%), equipamiento y mantenimiento del hogar (57,2%) y alimentos y bebidas no alcohólicas (56,9%).

 

Ciertamente, la suba del tipo de cambio posterior a las PASO ha sido el acelerador de la inflación de agosto y septiembre. El impacto sobre las expectativas ha sido inmediato y la sucesión de listas de precios con aumentos no se ha visto interrumpida por la exención del IVA a ciertos bienes de primera necesidad. Claramente se está en presencia de un fenómeno habitual de los años ’80: las subas de tasas de interés aportan recesión y contracción de demanda, pero también de oferta. Pero frente a la suba de costos financieros y no financieros, las empresas optan por trasladar subas esperadas (no necesariamente observadas) de costos a precios. En mercados sin competencia perfecta, ni apertura a competencia de importaciones, cuanto menor sea la variedad de bienes de sustitutos, más rígida es la demanda.

 

“Técnicamente”, si la demanda es inelástica los ingresos de las empresas pueden preservarse o aumentar vía suba de precios, a pesar de que caiga el número de unidades vendidas.

 

Claramente, no es una dinámica sostenible. Tarde o temprano la caída del ingreso de los consumidores fuerza a frenar la suba de precios. Pero también es cierto que una caída permanente de la demanda y de la oferta de bienes precipita una dinámica que, de recesión, bien puede pasar a transformarse en una aguda depresión económica. Dos rumbos pueden esperarse en ese caso: a) inacción de las autoridades, o b) reacción de las autoridades. Lo primero conduce forzosamente a un escenario crítico. Bien puede ser una depresión hasta el límite de lo colectivamente tolerable, o bien una recesión con cierto amesetamiento, pero a riesgo de una eventual aceleración de precios ante shocks monetarios o no monetarios de corto plazo (por caso: un nuevo cambio de expectativas pesimista, si el futuro gobierno decepciona demasiado con sus primeros anuncios). En el caso de la reacción de las autoridades, puede ser a tiempo o tardía, coherente con una breve y aguda recesión y reactivación posterior o no, basada en un programa fiscal y monetario creíble y coherente con la estabilidad permanente o no. No hay receta única y las opciones pueden ser exitosas al menos en el corto plazo (Plan Austral o convertibilidad), o no (gran parte de nuestra historia reciente, al menos desde el Rodrigazo hasta la actual gestión).

 

El contexto

 

Es claro que dos trimestres enfrascados en un largo proceso electoral conspira contra la resolución de dicha incertidumbre. Pero también incentiva al ganador de las elecciones presidenciales a “ganarle de mano” a los mercados y lanzar las líneas básicas de una estrategia de estabilización y de gobierno contundente y coherente. No le va a quedar margen para dormir una “siesta”, con o sin intentos de acuerdos sociales. La dinámica de las expectativas sobre costos y precios están en estado fluido, y bajo la superficie de los índices de precios subyacen otros fenómenos no menos preocupantes, como la persistente contracción de la demanda de moneda local, la pérdida a menor velocidad pero persistente de depósitos en dólares (aun bajo cepo cambiario), la caída diaria, y sin interrupción, de las reservas internacionales del BCRA, y una caída de la actividad económica sin final a la vista.

 

Ciertamente, no es todo modificable simplemente con un programa de estabilización. Pero la experiencia fallida de estos últimos cuatro años muestra claramente que no debe ignorarse, simplemente por mera ansiedad ideológica sin sustento empírico sólido, la naturaleza monetaria de la inflación, la relevancia de la variabilidad de los precios relativos, la variable, pero creciente importancia de la inflación inercial a medida que se acelera la inflación, y la credibilidad en las políticas a ser anunciadas o aplicadas. De no entenderse que se debe actuar de manera creíble en el mediano y largo plazo, se correrá de repetir los errores de los años ’80 o de la actual gestión, confiado en una tasa de interés interbancaria como único instrumento de estabilización de la inflación, simplemente por negar la existencia y la relevancia del “pass-through” del traslado de dólar a precios, del impacto de los tarifazos aplicados sobre la suba de precios mayoristas y minoristas, y de la no credibilidad en metas de inflación fantasiosas o en programas de ajuste efectivos para matar la actividad económica pero no para estabilizar precios.

 

Los riesgos

 

Exagerar la contracción del ingreso disponible reduce la demanda de consumo, pero puede estar acompañada de subas de tasas de interés que destrozan la inversión como resultado de políticas monetarias, cambiarias y de generación de pasivos cuasi fiscales insostenibles. La destrucción de empresas y vacantes laborales se torna insostenible, y a inflación no cede. Resultado: lo que le ocurrió al oficialismo en las PASO. Alternativa: eliminar subsidios de manera drástica, pero si la sociedad lo percibe como no soportable, la reacción social en contra puede echar abajo el programa. Ver si no, lo que le acaba de ocurrir a Lenin Moreno en Ecuador, también con un programa del FMI. Pero la alternativa tampoco es no hacer nada. Ver si no, hacia qué extremos han terminado otros países inflacionarios como Zimbabue en los últimos quince años, y peor aún, Venezuela. Ciertamente de aquí a fin de año no será fácil imaginar siquiera una drástica caída de la inflación, pero la próxima administración no podrá quedarse con los brazos cruzados. Caso contrario, terminará su gestión con el rechazo social no sólo en la opinión pública, sino también en las urnas.

 

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