La banalidad de los CEO

11 de octubre, 2019

Por Daniel Montoya @DanielMontoya_ y Gonzalo Fernández Guasp @conurbanensis

 

“El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”, dice Adolfo Bioy Casares en el “Breve Diccionario del Argentino Exquisito”. Con el Gobierno en su período final y sin acceso a boxes posible, los análisis de la crisis permanente en la que consistió la gestión macrista comienzan a florecer en un proceso que parece emular la tala y quema del campesinado tradicional. Y así, el arribo de los bestsellers es tan sólo cuestión de tiempo. Como también lo es su presencia en las mesas de saldos y retazos de la Avenida Corrientes.

 

Sin embargo, dentro de esa categoría literaria, gran parte del total estará compuesto por un subgénero que podríamos denominar como “administración malintencionada”, o resultante de puras maquinaciones de los grandes malvados aludidos por Bioy. Es decir, por aquellos textos que encontrarán el origen de todos los males en la voluntad, por parte de la dirigencia, de empobrecer a los sectores menos pudientes de la población sólo por beneficio propio o del de su clase-grupo de pertenencia.

 

Otro nombre posible para esta categoría podría ser “de información completa”, debido a que se parte del presupuesto de que los agentes en el Gobierno poseen un conocimiento preciso sobre las consecuencias de sus acciones. Pero ahora discutiremos esa línea de interpretación y presentaremos, al menos, una alternativa basada en, como sugiere el título, el concepto de la teórica política Hannah Arendt.

 

Para el que no se encuentre familiarizado, la idea de “banalidad del mal” fue desarrollada por la autora luego de realizar una cobertura del juicio a Adolf Eichmann, la mente detrás de la forma de exterminio más nefasta que haya conocido la humanidad en su larga historia. Allí, sus conclusiones generaron polémica y, más aún, por el hecho de provenir de una mujer judía. Ya que, en síntesis, la propuesta de Arendt fue que Eichmann era tan solo un medio pelo que, inclusive, hasta asistía resfriado a las audiencias por su juicio en Israel. Un ser nada excepcional, cuya preocupación principal era la de destacarse en su carrera profesional. Estando, de esa manera, más preocupado por la eficiencia burocrática que por el análisis moral de sus actos. Afirmación que, claro, no implica en ningún momento su inocencia, sino todo lo contrario: no deja lugar a dudas de que Eichmann fue un engranaje fundamental dentro de una máquina de exterminio. Pero lo terrible es que, a pesar de eso, también era, para la filósofa, “un hombre común”. Un vecino preocupado por su trabajo y con cierta debilidad para resistir el calor y los efectos del aire acondicionado.

 

Ahora bien, para entender la relación entre esto y el macrismo, que no es, de ninguna manera, una comparación entre Cambiemos y el nacionalsocialismo (asociación que, de otra forma, está de moda entre funcionarios del Gobierno que no dudan en acusar a la oposición de autoritaria) veamos los resultados del autodenominado “mejor equipo de los últimos cincuenta años”.

 

En comparación 2015-2019, y con estimaciones optimistas, la desocupación pasó del 5,6% al 10,1%, la pobreza del 29% al 35%, la inflación del 30% al 60%, el dólar de aproximadamente $10 a cerca de los $60 y con una tasa de interés que del 30% subió hasta el 75%. Y, quizá el dato que mayor condicionamiento ejercerá sobre el país en el mediano plazo: la deuda externa denominada en dólares pasó de US$ 73.000 a US$ 172.000 millones, incluyendo el préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que implica, a su vez, un enorme condicionamiento sobre las políticas públicas del próximo Gobierno.

 

Entonces, ¿por qué semejante desorientación por parte de los que se presentaban, con sus títulos de universidades de élite, con una trayectoria “en las grandes ligas” del mundo financiero y empresario, frente a la opinión pública? Nuestra respuesta es: porque, simplemente, no entienden el funcionamiento de la sociedad argentina, ni del capitalismo moderno. Solo buscan cumplir su rol.

 

Por sus ámbitos de socialización y por sus largos períodos tanto de formación, como deformación profesional, puede pensarse que estos individuos se comportaron, sin tener consciencia de ello (lo que ya representaría una diferencia con el enfoque de “administración malintencionada” mencionado al principio) como una etapa más en la cadena de montaje en la que consiste la transferencia de riqueza de un sector de bajos ingresos a otro de mayores, mediante el deterioro de las condiciones laborales, principalmente.

 

Pero no, eso no es del todo acertado, ya que, aunque sea en esa lógica de apropiación, otorgaría sentido a lo realizado. El “mejor equipo”, en sus distintas versiones, porque, hay que decirlo, el Barça original duró poco, no ha logrado siquiera eso: la pérdida de riqueza en Argentina ha sido transversal a todos los deciles. Afirmación que se respalda en datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) realizada por el Indec. ¿Cómo entender, sino, los reclamos de empresarios de la talla de Eduardo Costantini o la supuestamente “impredecible” caída en los votos del oficialismo incluso en sus bastiones electorales de altos ingresos?

 

En tal sentido, si hubo una confabulación de los malvados, en todo caso fue para dejar en tarlipes a los vendedores ambulantes de la calle Salta, a las pymes del conurbano, a los taxistas que deambulan como zombies por la City, hasta los más íntimos amigos del country y viejos camaradas de golf del domingo. Una verdadera epidemia de peste bubónica que alcanzó a todas, todos y todes.

 

Aunque quizá el ejemplo más claro de todos sea el que otorga la excabecera del BCRA, conformada por “académicos serios”, con portación de título, que en las conferencias aseguraban que la suba de tarifas o del tipo de cambio no producirían un aumento de precios al mismo tiempo que se proyectaba una inflación del 5% para 2019, con 2% de margen de error, y festejaban por redes sociales la quita de los hoy renacidos controles de capitales. “¿Por qué los errores? Exceso de optimismo, acá me llevó todas las charreteras”, dijo la semana pasada con cierto tono de humildad su expresidente Federico Sturzenegger, en el marco de una conferencia en el Banco Central del Paraguay. Optimismo. Cuan peligrosa palabra para Ignatius Reilly, el personaje principal de otra conjura, la de los necios, el famoso libro de John Kennedy Toole. “El optimismo me da náuseas. Es perverso. La posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor”.

 

De esa manera, creemos que se evidencia cómo los principales referentes de la gestión macrista no tienen por que ser entendidos como genios maquiavélicos para dar cuenta de lo que, en realidad fue, pura banalidad, borrachera de optimismo. Y que, a pesar de ser representantes de la élite económica, tuvieron, en mayor o menor medida, la intención de mejorar la situación del país. Sólo que su formación, tanto intelectual como profesional, conjuntó su pertenencia, los llevó a tener ideas completamente equivocadas sobre el funcionamiento de la realidad que, a la hora de ser llevadas a la práctica, terminaron en un tiro por la culata que disminuyó el nivel civilizatorio de nuestra sociedad y acabó, al menos en el corto plazo, con su proyecto político. Tomando un slogan de campaña oficialista pero reperfilando su sentido, estuvieron “haciendo lo que hay que hacer”. Y, encima, lo hicieron mal.

 

 

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