En el largo plazo, la productividad lo es todo

7 de octubre, 2019

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Por Sebastián Galiani Profesor de la Universidad de Maryland y la Universidad Torcuato Di Tella

 

Si adoptamos una perspectiva de largo plazo y juzgamos las condiciones de vida de nuestros ancestros a la luz de estándares modernos, encontraremos que la historia humana se ha caracterizado por la miseria generalizada. En la sociedad típica, solo unos pocos individuos contaban con la suerte de tener una vida digna. La mayor parte de la población sobrevivía en condiciones que hoy consideramos intolerables. Sin embargo, a mediados del Siglo XVIII irrumpió en escena el fenómeno del crecimiento económico moderno.

 

En aquellas zonas en las que este fenómeno ha tenido lugar, el crecimiento ha incrementado las condiciones materiales de vida del habitante promedio más de diez veces y ha transformado por completo la vida cotidiana. Actualmente, la difusión del crecimiento a zonas atrasadas sigue transformando la vida en las sociedades tradicionales y cerrando las brechas existentes entre los estándares de vida de los distintos países.

 

Este crecimiento económico ha posibilitado una expansión poblacional sin precedentes. Hace 10.000 años, el planeta solo podía sostener a 5 millones de personas. En el Siglo XIX, a 1.000 millones de personas. Hoy en día, más de 7.000 millones de personas viven vidas más longevas y sanas que en el pasado. En el último milenio, el tamaño de la población aumentó 25 veces, mientras que en el milenio previo solo había crecido en un cincuenta por ciento. Desde 1820, la cantidad de habitantes ha aumentado más de cinco veces.

 

A su vez, el fenomenal crecimiento del PIB per cápita ha contribuido a una reducción abrupta de la pobreza: mientras que en 1820 prácticamente todo el mundo vivía en un estado de pobreza extrema, hacia 2015 solo se encontraba en esta situación el 10% de la población mundial.

 

 

Varios factores se encuentran detrás de la enorme reducción de la pobreza y la acelerada mejora en los estándares de vida de la humanidad. El más importante es el crecimiento de la productividad, que resulta indispensable para lograr un incremento sostenible de las condiciones materiales de vida. Para entender por qué, analicemos cuáles son las alternativas que tiene la humanidad para aumentar su consumo.

 

Una herramienta útil para pensar en este problema es el modelo de Solow (1956). Este provee un marco básico para comprender por qué algunos países florecen mientras que otros son pobres. Primero imaginemos una economía con dos factores de producción: capital y trabajo. Ambos factores tienen productividades marginales decrecientes. Esto quiere decir que, por ejemplo, el aumento en la cantidad producida del bien final asociado a la incorporación de una unidad de capital más es menor cuanto mayor es el stock de capital inicial. Además, para simplificar el análisis, Solow supone que la economía produce un único bien de consumo, los individuos ahorran una fracción constante de su ingreso y dedican una fracción constante de su tiempo a desarrollar habilidades, y las empresas son tomadoras de precios.

 

Con este esquema en mente, volvamos a nuestro problema. ¿Cómo podemos incrementar nuestros estándares de vida? Una posibilidad es aumentar el tamaño de la fuerza laboral. Otra es invertir menos y consumir más, y la última es incrementar la productividad. La primera forma presenta limitaciones obvias: aunque la fracción de la población adulta que trabaja puede pasar del 45% a 50%, el empleo no puede aumentar al 105% de la población adulta. Por lo tanto, el incremento de la tasa de participación laboral no puede constituir uno de los motores del aumento sostenido de la prosperidad.

 

La segunda forma también tiene sus limitantes. Imaginemos que nos encontramos en una economía cerrada que produce remeras y máquinas. Las máquinas nos permiten producir más remeras manteniendo la cantidad de trabajadores constante. Si el 70% de lo que se produce son remeras y el 30% son máquinas, en el corto plazo podríamos aumentar el consumo produciendo más remeras y menos máquinas, de modo tal que la proporción pase a ser 80-20. Sin embargo, esta tampoco constituye una forma sostenible en el tiempo de generar prosperidad. Las máquinas nos permiten fabricar remeras de forma más eficiente, por lo que producir menos máquinas reduce la cantidad de remeras que podremos fabricar y consumir en el futuro.

 

La alternativa restante es incrementar la productividad: producir más bienes y servicios por trabajador. Dentro de nuestro esquema, la única forma de lograr esto es invirtiendo más. Sin embargo, en esta versión simplificada del modelo de Solow no se puede lograr un crecimiento sostenido del ingreso per cápita destinando una fracción cada vez mayor del producto a la inversión. El capital tiene rendimientos marginales decrecientes, por lo que invertir más permite incrementar el producto per cápita, pero solo durante un tiempo. A medida que aumenta el stock de capital, el retorno de la inversión es cada vez menor, y llega un punto en el que el incremento de la producción solo alcanza para compensar la depreciación del capital. En ese punto, el crecimiento del ingreso per cápita se detiene.

 

Para que en el modelo de Solow resulte posible que una economía alcance un crecimiento sostenido del ingreso per cápita, necesitamos añadir un elemento nuevo: la forma en la que se combinan los factores de producción. Si aumenta la eficiencia con la que se combinan el trabajo y capital, es posible producir más manteniendo fijas las cantidades de estos factores. Pensemos por un momento en la invención de la imprenta. Antes de su desarrollo, copiar un libro insumía un mes de trabajo. A raíz de su invención, la misma tarea pasó a demorar solo unas horas, aun cuando la cantidad de tinta y de papel requeridos no varió. Por lo general, a este elemento – la forma en la que se combinan los factores de producción – se lo llama productividad total de los factores y se supone determinado, en buena medida, por la tecnología disponible.

 

Recapitulando, solo resulta posible aumentar los estándares de vida de forma sostenida incrementando la productividad total de los factores. En el largo plazo, el crecimiento basado en la acumulación de factores está limitado por la existencia de retornos marginales decrecientes, pero el crecimiento basado en el progreso tecnológico no. En su mayor parte, las diferencias que observamos entre las condiciones de vida entre generaciones, y también entre los países ricos y pobres, se explican por diferencias en los niveles de productividad.

 

En 1957 Solow calculó el crecimiento de la productividad total de los factores (PTF) experimentado por el sector privado no agrícola de los Estados Unidos durante la primera mitad del Siglo XX. En su trabajo, Solow encontró que el crecimiento de la PTF equivalió a poco menos del 80% de la tasa de crecimiento de la producción. De acuerdo a esta medición, el incremento de la PTF fue la fuerza predominante detrás del crecimiento de Estados Unidos. Este ha sido un hallazgo resonante, que resalta el rol del progreso tecnológico como motor del crecimiento económico.

 

Una limitación importante de Solow (1957) es que no tiene en cuenta que la calidad de los factores de producción puede mejorar, pero investigadores como Dale Jorgenson han trabajado en la construcción de técnicas que permiten ajustar por calidad las mediciones de los factores de producción. Las mejoras en las mediciones han reducido sustancialmente el porcentaje del crecimiento económico que los ejercicios de contabilidad del crecimiento atribuyen al aumento de la PTF. Aun así, estos ejercicios siguen identificando al progreso tecnológico como uno de los principales determinantes del crecimiento económico

 

. Jorgenson y Yip (2001) es un ejemplo claro de esto. En este trabajo, los autores emplean índices del stock de capital y del factor trabajo corregidos por calidad. A pesar de sus cuidadosos ajustes, encuentran que cerca del 50% del crecimiento del producto de Japón y más del 40% del crecimiento de Alemania e Italia son explicados por aumentos de la PTF.

 

Las economías de América Latina y el Caribe se caracterizan por sus bajos niveles de crecimiento económico. De acuerdo a Pagés et al (2010), el principal determinante de este pobre desempeño es el bajo crecimiento de la productividad. Por ello, estos autores argumentan que en América Latina el debate económico se debe centrar en cómo alcanzar niveles de productividad más elevados. Argentina, un país en el que el crecimiento económico experimentado durante los últimos 50 años ha sido decepcionante, debería atender esta lección con especial atención.

 

Jorgenson, D. W., & Yip, E. (2001). Whatever Happened to Productivity Growth? New Developments in Productivity Analysis, 509-540.
Pagés, C., ed. (2010.) La era de la productividad: cómo transformar las economías desde sus cimientos. Serie Desarrollo en las Américas. Washington, D.C.: BID
Solow, R. M. (1956). A Contribution to the Theory of Economic Growth. The Quarterly Journal of Economics, 70 (1), 65-94
Solow, R. M. (1957). Technical Change and the Aggregate Production Function. Review of Economics and Statistics, 39, 312-320

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