El primer acuerdo

4 de octubre, 2019

Kulfas

Por Carlos Leyba

 

Todos los períodos gubernamentales iniciados con la democracia alcanzada en 1983 pretendieron construir una hegemonía política. Es decir, el predominio del sector triunfador en las elecciones con la exclusión de la consideración de la opinión de los perdedores cualquiera sea la distancia entre unos y otros

 

En todos los casos se postuló el rechazo a los acuerdos con los sectores representativos de los intereses sociales y económicos que forman parte del damero de la realidad y que, justamente, la política tiene la misión de hacer converger en propuestas de largo plazo que no existen sin esos acuerdos.

 

Sin duda siempre el corto plazo presenta notables escollos para la convergencia porque implica que, para converger, todos tienen que ceder sin poder hacerse dueños de la rentabilidad del proceso si es que la hubiera. El corto plazo, si rinde, es cosecha para el que gobierna.

 

Raúl Alfonsín, desde el primer día, rechazó todo acuerdo y cuando adquirió volumen político creyó posible conjugar el “tercer movimiento histórico” bajo su liderazgo: una estrategia de cooptación y no de diálogo.

 

Carlos Menem fue más allá: desembarcó desde el primer día a una parte sustantiva de los sectores sociales que creyeron en su convocatoria a la “revolución productiva”. Cuando Erman González, más allá de su precaria gestión, procuró una convocatoria social fue rápidamente eyectado del sillón del Palacio de Hacienda.

 

La Alianza y el efímero período de reemplazos presidenciales, del cual el más prolongado fue el de Eduardo Duhalde, culminaron en un escenario de catástrofe en el que las durísimas realidades se impusieron a cualquier consigna programática, haya existido o no. Hubo consenso para aceptar (no para modificarla) la realidad que, de cualquier manera, se habría impuesto.

 

El período kirchnerista pretendió la construcción de una fuerte hegemonía que abarcara todos los sectores de la realidad y más allá de éxitos y fracasos, generó una respuesta categórica, la actual, también pretendidamente hegemónica pero de sentido contrario.

 

El fracaso de la exitosa construcción de “desacuerdos” es evidente en todos los órdenes. Y por eso es la gran lección que debería haber aprendido hoy la política

 

Todos los gobiernos de 1983 hasta acá han logrado materializar el apotegma de que “los que vendrán nos harán buenos”. Se aplica la norma que el “primero fue peor que el que le sucede” y esa secuencia no ha terminado.

 

El balance del macrismo es lamentable y sorprendente, por el nivel de sus errores que, al terminar el período, se manifiestan en hacer y defender que debe hacerse todo lo contrario a lo que hicieron hasta las PASO. Hoy la campaña Cambiemos promete profundizar la diferencia con lo hecho por Cambiemos. La buena noticia es que también ellos claman por un acuerdo nacional. Y el mérito es que lo reclaman después de haber construido un gobierno cuyo eje ha sido el desacuerdo nacional, la profundización de la grieta y la demonización del adversario.

 

La gravedad de la situación argentina con la amenaza de llegar al 40 % de pobreza y números escandalosos de deuda externa, de inflación y caída de la actividad, exige que la política sume fuerzas para el Bien Común. Por ahora, y más allá de las palabras, nadie está avanzando concretamente en esa dirección.

 

Faltan apenas 23 días para las elecciones. Deseo imaginar que si hay un vencedor, esa misma noche el consagrado, si existe, de el primer paso hacia el acuerdo buscando la convergencia con los perdedores. No puede ser una foto. Sino un llamado para lo que tiene que ser una epopeya de toda la política para darle una salida al país. El primer acuerdo es el de la política y si ese acuerdo básico existe entonces será posible el acuerdo económico y social. Así lo hicieron en 1971, durante la dictadura del general Lanusse, los hombres grandes de la política Juan Domingo Perón, Ricardo Balbín, Oscar Alende y Horacio Sueldo.

 

Primero el acuerdo político y luego, sobre las bases de la política, el acuerdo, la convergencia, la coincidencia con los sectores sociales. En diciembre de 1974, el FMI , en su informe anual sobre el país, dijo que la política derivada de aquel acuerdo había sido un éxito. Olvidar lo bueno y lo malo ese proceso ha sido una de las lecciones ignoradas de nuestra democracia. Por eso podemos decir con el poeta “lo nuevo es lo que se ha olvidado”.

 

Insisto antes del acuerdo social, que hoy todos reclaman, la condición necesaria es el acuerdo político. El reloj empezará a contar los minutos de esa carencia a partir de la noche de la consagración, si el 27 para poder transitar razonablemente hasta el cambio de gobierno. Y si la cuestión se dirime en noviembre sería bueno que los candidatos empiecen a mencionar la vocación de acuerdo político como condición necesaria para un acuerdo social. Lo necesario no es suficiente. Pero sin lo necesario nada será suficiente.

 

El contenido del acuerdo social que propone Mauricio Macri no ha sido expuesto. Pero sí tenemos el que ha sugerido el ungido representante económico de Alberto Fernández, el economista Matías Kulfas. El ha dado a conocer el diagnóstico de la situación económica según el candidato más votado en las PASO, y los ejes programáticos de lo que llamó la “economía albertista”.

 

Las “Claves Para El Crecimiento”, según Kulfas, comienzan por el diagnóstico de lo que nos deja Macri. “El PIB per capita de 2019 será 7,3% más bajo que el de 2015; la inversión no llegó al nivel de 2011; no se logrará el déficit cero y la cuenta de intereses casi triplica la de 2015; la inflación es la más elevada desde 1991; los intereses de la deuda serán el 16% de los recursos tributarios; la deuda pública es el 88,5% del PIB;el déficit de divisas se duplicó en tres años; hay 140.000 empleos industriales menos que en 2015”. Después de las PASO, y una devaluación del 33%; las reservas cayeron casi US$ 20.000 millones; la tasa de política monetaria subió más de 20 puntos; los depósitos privados cayeron 25%; se tuvo que “reperfilar” la deuda de legislación argentina y desde el 1° de septiembre rige el control de cambios.

 

Frente a este panorama listó los desafíos centrales que se propone resolver el “albertismo”. Un Acuerdo económico y social; renegociar con el FMI; reperfilar la deuda; un plan de desarrollo productivo y Pyem y un modelo exportador.

 

Kulfas no precisó qué proponer para resolver el tema de la deuda. Lo propositivo depende del poder que se tenga y Kulfas representa a un candidato y no a un gobierno.

 

La cuestión de la deuda, sea con el FMI o los acreedores privados, no debería quedar fuera del acuerdo y es dificil imaginar un acuerdo sin esa perspectiva. Sobre el plan de desarrollo productivo tampoco, más allá de la enunciación de sectores y de una correcta valoración de la política industrial, dio precisiones. No precisó la política exportadora más allá de la centralidad asignada a Vaca Muerta.

 

A pesar de esas ausencias propositivas el discurso de Kulfas ha sido muchísimo más rico, en términos programáticos y de orientación y filosofía, que lo que estamos escuchando de los demás candidatos.

 

Le asigna al acuerdo bajar la inflación, mejorar la productividad y mejorar el salario real. Sostiene que un acuerdo implica nuevas pautas para el desarrollo y la superación de la grieta e incluye la reforma laboral sector por sector; plan de desarrollo industrial y tecnológico. La herramienta sería “estímulos financieros”. En términos de herramientas, la presentación sabe a poco.

 

Ante la larga orfandad de políticas referenciar objetivos e instrumentos es una necesidad del debate. Se trata del qué y también del cómo. Las reglas “albertistas”, dijo, son tipo de cambio competitivo y estable; superávit comercial; superávit fiscal; acumulación de reservas; desendeudamiento y bajar la inflación. Claramente además de reglas, se trata de objetivos y todos ellos dificiles de cumplir.

 

Esas reglas-objetivo son compartidas por todos.

 

Desde hace 45 años todas las gestiones no han logrado esos deseos. El optimismo de Kulfas se basa, primero, en el acuerdo, que lo entiende más amplio que uno de precios y salarios. Destaca Vaca Muerta que entiende que rompe “la histórica dicotomía exportación versus empleo”. El proyecto, según Kulfas, generará 500.000 puestos de trabajo. Propone el desarrollo de las exportaciones y sostiene que el crecimiento de las exportaciones de Vaca Muerta será igual al crecimiento sumado de la minería, la industria y los servicios y la agroindustria. ¿Vaca Muerta es la madre de todas las batallas?

 

Entre Kulfas y las palabras habituales de Mauricio respecto de las exportaciones hay coincidencia.

 

Donde el representante del Frente de Todos se diferenció del recitado PRO fue en la propuesta industrial. Dijo Kulfas, con razón, “en los últimos años se ha ido instalando la idea que la industria ya fue y que hablar de industrialización es de cavernícolas”. Dijo que iban a retomar una senda que nos acerque al mundo y repasó el inventario de “políticas industriales” aplicadas en, entre otros 50 países más, el Reino Unido, Canadá, Estados Unidos, Suiza, Bélgica, Holanda,Italia, Alemania, Corea del Sur, España, Portugal, Australia, India, Japón y China.

 

La buena noticia de Kulfas es que hay posibilidades de volver a tener después de 45 años, política industrial. Política acerca de la cuál no dio detalles. Señaló que “si nos va bien a las pymes, nos va bien a todos”. Una verdad pero no aclaró cómo es que les va bien a las pymes.

 

El optimismo de Kulfas sostiene que “Argentina está en condiciones de romper la dicotomía entre recursos naturales, industria y tecnología” y que “las actividades agrícolas han industrializado muchas zonas del interior del país, generando empleos y nuevas actividades de servicios tecnológicos”.

 

Hay, en su exposición, una base primera para elaborar el contenido de una propuesta de acuerdo. Avanzó en cuestiones críticas.

 

Pero hay un largo trecho entre “la política” y su exposición. El primer paso está dado. De algo se puede discutir.

 

La puerta que hay que abrir es la del acuerdo político. No lo hemos perseguido desde hace medio siglo.

 

Es la primera responsabilidad del que gane.

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