El “Plan Alberto”, bajo la lupa

2 de octubre, 2019

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El “Plan Alberto” empieza a rodar de la mano de Matías Kulfas. Si él será el ministro de Economía de un eventual Gobierno de Alberto Fernández se verá más adelante. Por el momento, oficia como su vocero, virtualmente. Es su embajador y quien difunde su mensaje, como el lunes pasado en el Malba. Todo lo escuchan (más que a los funcionarios actuales, a veces) y van viendo para dónde puede llegar a ir la cosa desde el 10 de diciembre.

 

Un frente candente es el que componen las cuentas públicas y la inflación. Hoy, recesión y medidas expansivas pos-PASO mediante, se está deteriorando y la inflación está escalando peligrosamente.

 

Según informó ayer Luciano Cohan (Seido), el rojo primario terminará 2019 en 0,8% del PIB. “La consolidación fiscal es como un avión. Si se frena se cae y puede llegar, sin medidas en el medio, a ser de 2% en 2020”, graficó. La caída de la actividad, la suba del costo de los subsidios, la licuación de las retenciones, indexación de la seguridad social y la devolución de coparticipación, entre otras variables, determinará el número final. “Argentina tiene, en 2020, entre pesos y dólares, necesidades financieras brutas por unos US$ 50.000 millones y muy bajas posibilidades de conseguir roleo voluntario de los vencimientos”, agregó Cohan.

 

El Economista pidió más opiniones. “La cruel restricción presupuestaria nos dice que si el sector público quiere hacer un gasto, de la índole que sea, debe pagar por ello. Lo puede hacer con la recaudación de impuestos generales, contrayendo deuda, pidiéndole al BCRA que emita los pesos que necesita, o una combinación de los 3. No hay otra alternativa”, dice Bárbara Guerezta desde Arriazu-Macroanalistas. ¿Más presión impositiva? Puede ser.

 

¿Más deuda? Muy difícil, si no imposible. ¿Por qué no recurrir, entonces, a la opción que solo implica poner “print”?

 

Guerezta advierte: “Recurrir a la emisión en este contexto sólo es posible de la mano de un endurecimiento del cepo. Y si se lo combina con controles de precios para evitar que suba la inflación, en algún momento volverá el desabastecimiento, que no se registra en las estadísticas. A lo anterior se le deberá sumar que si se amplía la brecha entre el/los tipo/s de cambio oficiales y los paralelos, los precios pueden subir de todas maneras, porque el tipo de cambio alternativo comienza a percibirse como un indicador que preanuncia una devaluación futura”.

 

“Es cierto que la monetización de la economía está en niveles bajísimos en relación al PIB, y que un país ‘normal’ tendría espacio para aumentarla sin generar inflación. Pero acá estamos viviendo una crisis de confianza, y no debemos caer en el error de apagar el fuego con nafta. Se debe trabajar en recuperar la confianza”, agrega. “No se puede bajar la inflación de manera sostenible con un conjunto de parches desconexos. ¿Es posible bajar la inflación si firmamos un gran acuerdo de precios y salarios, y endurecemos el cepo? Sí, por un rato sí. Y hasta podemos generar una pequeña reactivación económica. Pero si no nos ponemos serios con el control del déficit fiscal, ese verano durará poco, y podremos terminar en una crisis inflacionaria como la de los ‘70, fines de los ‘80 y principios de los ‘90”, concluye, con varios signos de exclamación.

 

Matías Rajnerman (Ecolatina) también aporta su visión. “En en el último tiempo, y más en un contexto de demanda en rojo, la inflación es el resultado de subas en los costos (dólar y tarifas) principalmente”, dice ante El Economista. A diferencias de los últimos años del kirchnerismo, agrega, “una monetización acotada de un déficit primario acotado no tendría tanto efecto sobre los precios”. Algo así parece haber sugerido Kulfas el lunes cuando dijo que era una herramienta para utilizar, aunque con “prudencia y moderación”.

 

No obstante, retoma Rajnerman, en 2020 vencen alrededor de US$ 20.000 millones de deuda entre capital e intereses con el sector privado: casi 5% del PIB. “Dado que el deudor es el sector público y que las divisas surgirán del superávit comercial, el BCRA deberá comprarlas, emitiendo pesos en esa operación. Si bien es probable que la autoridad monetaria esterilice una parte luego, lo cierto es que no habrá más espacio para emitir pesos con ese número tan grande de vencimientos en moneda extranjera”, dice.

 

Agrega: “En ese escenario, un dólar quieto sería bastante nocivo para las exportaciones, no sólo por razones de nivel sino además porque volvería a sumar incertidumbre sobre su curso futuro, impidiendo que las ventas externas, determinantes para conseguir los dólares necesarios para repagar la deuda, se incrementen. Por lo tanto, un tipo de cambio que se rezague frente a los precios no parece ser el escenario más probable”.

 

Además, dice: “Si a eso le sumamos el desarme del congelamiento de tarifas de servicios públicos y combustibles que heredará el próximo Presidente (aumentar significativamente los subsidios para extender el programa no es posible en esta situación tan delicada), bajar la inflación a 2% mensual en cualquier momento del año próximo luce prácticamente imposible”.

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