El bolsillo no vuelve

25 de octubre, 2019

Por Matías Surt Invecq Consulting

 

Luego del resultado de las PASO se generó un consenso bastante amplio entre analistas políticos y comunicadores sobre la razón del fuerte apoyo otorgado por la ciudadanía al Kirchnerismo frente al oficialismo. La explicación sería simple: el “voto bolsillo”. Según esta hipótesis, el fenómeno electoral de las PASO se explica por un voto castigo al gobierno de Macri ante las actuales condiciones económicas y un deseo de retornar a las condiciones de bienestar personal que se gozaban durante el gobierno anterior. Es decir, la gente habría votado, como se dice habitualmente, pensando con el bolsillo.

 

El objetivo de estas líneas no es discutir esta hipótesis, sino presentar una simple y antipática premisa: gane quien gane las elecciones del próximo domingo, esas condiciones de consumo generalizadas ya no existen, y no volverán en el corto plazo, aunque en el medio del clima electoralista se multipliquen las promesas.

 

Las condiciones económicas que hicieron posible a partir de mediados del 2002 la mejora de los ingresos reales y de los niveles de consumo, desaparecieron hacia fines de 2011.

 

En primer lugar, un permanente aumento del gasto público como mecanismo para incrementar los niveles de ingreso disponible de las personas e impulsar la demanda agregada. Entre 1998 y 2015, el gasto público consolidado se incrementó en más de 16 puntos del PIB, explicado por un aumento de los gastos en seguridad social (principalmente jubilaciones y pensiones), subsidios económicos a las tarifas y empleo público.

 

Durante bastante tiempo, el superávit fiscal generado con el caótico ajuste de Duhalde en 2002 sirvió como fuente de financiamiento de la expansión del gasto. A medida que pasaba el tiempo, el superávit se convirtió en déficit financiado con emisión monetaria, que no terminó en una inflación mayor al 40% solo porque había un control casi absoluto sobre dos precios fundamentales: las tarifas, con el congelamiento, y el dólar con el cepo 2011-2015, que terminó con un tipo de cambio real tan bajo como el de la convertibilidad.

 

El segundo equilibrio fundamental del que gozaba la economía y desapareció hacia 2011 era el superávit de cuenta corriente. Así como el gobierno inicialmente tenía más recursos de los que gastaba, la economía en su conjunto “generaba” más dólares de los que gastaba. Este exceso de dólares le daba espacio a la política económica para estimular la demanda interna sin generar un desequilibrio externo, devaluación y caída de los ingresos reales.

 

Sin embargo, el superávit de la cuenta corriente era muy endeble. No estaba basado en un boom de producción de bienes exportables sino en los mejores términos de intercambio que la Argentina tuvo en toda su Historia. Una tonelada de soja, que a inicios de los 2000 valía menos de US$ 200, llegó a cotizar a US$ 650 en los primeros meses del 2012. Pero detrás de esa cortina de humo de precios récord, había una dinámica de los volúmenes exportados muy pobre. Entre 2004 y 2011, las cantidades exportadas crecieron apenas 28% (frente al crecimiento del 150% de las importadas) y entre 2011 y 2015, los volúmenes de exportación se contrajeron 18%. Un comportamiento exportador lamentable.

 

invecq exportaciones bolsillo

 

De esa forma, con un gasto nacional sobreexpandido artificialmente a fuerza de estímulos fiscales, monetarios y de controles de precios, y con exportaciones casi estancadas durante una década, era sólo cuestión de que caigan los precios internacionales para que la “restricción externa” comenzara a operar y esta economía dejara de crecer, primero, y se ajustara a la nueva realidad, después.

 

En este escenario estamos desde el 2011: una economía completamente estancada porque cada vez que intenta crecer se queda sin dólares para pagar las importaciones que necesita, para los servicios que demanda del resto del mundo, para las ganancias que las empresas deciden girar al exterior y para los ahorros de los argentinos que buscan refugio en el dólar, producto de una moneda local que día a día pierde valor.

 

La falta de dólares se disimuló durante 2011-2015 con el cepo cambiario y gastándose las reservas internacionales del BCRA, dejando reservas netas en rojo a fines del 2015. Entre 2016 y mediados de 2018 con endeudamiento internacional. Y desde mediados de 2018 hasta hoy con el préstamo del FMI. Llegamos a fines de 2019 sin fuentes de financiamiento de las cuales conseguir los dólares que queremos demandar pero que no somos capaces de generar.

 

Cualquiera que intente recrear las condiciones de consumo del gobierno anterior, aumentando salarios, jubilaciones y otras transferencias volverá a provocar un salto cambiario, una nueva espiral inflacionaria y una caída real de los ingresos, con una nominalidad cada vez mayor. La única salida posible y consistente en el mediano y largo plazos es mediante un crecimiento de los volúmenes exportados.

 

Desde inicios de 2016, la tendencia de caída se ha revertido y hoy el país exporta 15% más de bienes que hace cuatro años. Sin embargo, este ritmo de crecimiento es insuficiente dados los precios internacionales, y para mantener el nivel de demanda interna promedio de los años 20112018 se requeriría un salto rápido de aproximadamente 30% en los volúmenes exportados o un nuevo boom de precios. Ambos fenómenos con una probabilidad de ocurrencia baja.

 

Si se intentara restituir el poder adquisitivo de los ingresos mediante un congelamiento o retracción del precio de las tarifas de los servicios públicos, volvería a caer la inversión y la producción energética deteniendo el crecimiento de las exportaciones. El intento de soluciones de este tipo sólo generaría nuevos episodios de crisis, profundizando el deterioro que experimenta la economía argentina desde 2011 y empeorando el poder adquisitivo de la población. Cuánto más se intente conseguir con medidas cortoplacistas un bienestar que solo se puede lograr con crecimiento genuino de largo plazo, peores serán las condiciones para la sociedad.

 

Los resultados de la elección están por definirse en tres días. Algunos políticos podrían llegar a volver. Pero el bolsillo no vuelve.

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