Revolución impositiva: la decisión política que elimina la inflación y cambia nuestro futuro

29 de septiembre, 2019

Revolución impositiva: la decisión política que elimina la inflación y cambia nuestro futuro

Por Teddy Karagozian (*)

 

He llegado a la conclusión que es (parafraseando y modificando un famoso dicho) que “la economía es muy importante para dejarla en manos de economistas”.

 

Esta profesión, que también yo ejerzo en mi día a día, al igual que la medicina tiene muchas variantes y especialidades. Sin embargo, la sociedad no lo sabe y no confina a los economistas financieros a tratar solo esos temas. Nadie en su sano juicio permitiría que un traumatólogo especializado en cadera operase a alguien con un problema en el cerebro. Ni alguien con un problema en la cadera acudiría a un neurólogo para resolver su problema.

 

En economía todo pareciera valer y parece normal en la Argentina, pero no lo es en ninguna parte del mundo. Quienes acceden a esos lugares de alto impacto deben contar con la experiencia necesaria que se mide en décadas de estar cerca de la acción.

 

¿Cuál es la capacidad de un historiador de comandar un batallón –o más aun, un ejército– con todas las complejidades que estas labores tienen, solo por haber leído o estudiado los temas?

 

En la clásica división entre los Erizos y los Zorros (Hedgehogs and Foxes) es necesario para un puesto de ministro una persona que pueda tener claridad conceptual de su norte (Erizo), pero conocimiento necesario para sortear los variados caminos y senderos por donde debe pasar (Zorro). Son necesarias las dos capacidades en la misma persona.

 

El perseguir el norte en economía sin mirar por donde pasa el camino –o, peor aún, sin conocer cómo llegar– es como le sucedería a un médico que trata mal a un paciente y se le muere por desconocimiento o error de diagnóstico. Es decir, un acto de mala praxis que debería ser considerado un acto cercano a lo criminal pues efectivamente mucha gente muere en la Argentina por hacer experimentos acerca de tratamientos económicos por economistas que solo tratan los síntomas de los problemas usando modelos para países con distintos sistemas sociales, políticos y económicos, siendo la inflación que atacan el síntoma por excelencia pero no el problema, como lo es la fiebre en las personas.

 

Bajar la fiebre con un martillo y matar a la persona para bajar la fiebre es un acto criminal. Y tratar de bajar la inflación con el solo instrumento del Banco Central (BCRA) también. En ambos muere gente. Es más, mueren más por las crisis económicas.

 

Este libro fue escrito para discutir y proponer, tomando en cuenta cómo funcionan realmente nuestra economía y nuestro sistema político, cómo debería ser el sistema impositivo para eliminar la inflación y cómo generar riqueza a través del empleo de la población, el norte. Y da ciertas ideas de cómo debe ser el derrotero para minimizar las penurias y para que el país llegue a buen puerto y de modo más preparado para encarar el nuevo milenio, que ya tiene dos o más décadas perdidas.

 

La Argentina no es pobre y no es rica; está mal administrada, pues su sistema impositivo promueve el mal comportamiento de los factores de producción y desordena, desalinea y anula la acción y la capacidad de los argentinos, que no somos ni mejores ni peores que el resto de los habitantes del mundo, pero que lidiamos con un mal sistema.

 

Siguiendo con la analogía de la medicina, un gobierno que recién llega al poder no es culpable de lo que ha sucedido hasta ese momento, como no lo es aquel médico que detecta un cáncer y se lo hace saber al paciente, pero un gobierno que pasado ya varios años, no ataca el cáncer y lo opera o trata con esmero y conocimiento ya es tan responsable como el mismo cáncer, sea porque le dio lástima el paciente, tuvo temor de operar y que el paciente lo dejara o no tuvo la habilidad para, con otros médicos, tratar la totalidad de la enfermedad. Es cierto que hay cánceres que son mortales irremediablemente, pero la Argentina tiene cura. No hacer lo que se debe hacer es responsabilidad del gobierno y de nadie más. Los otros dirigentes, los políticos de la oposición, los empresarios y los sindicatos somos un instrumento que, bien llevado, podemos ayudar, pero quien tiene el poder lo tiene todo para decidir, hacer, resolver.

 

 

Ordenar los impuestos para promover el comportamiento en la dirección correcta es la real solución al problema en el que hace mucho entramos, no por un solo partido político, como el peronismo, según muchos creen saber, ni por un solo gobierno en el pasado, como otros que han fracasado nos quieren hacer creer.

 

Nuestros problemas no son culturales, son motivados por los incentivos que modelan nuestro comportamiento. Ante incentivos distintos, nuestros comportamientos mejorarían. Cuando nos dicen que son culturales nos están diciendo que no tenemos remedio. Y no es así. Somos jugadores expertos del juego de la economía, y nuestra reacción ante un cambio de sistemas sería inmediata y hacia la dirección correcta.

 

Contiene este trabajo conceptos y estrategias criticables, yo mismo voy agregando y sacando cada vez que lo he leído, y he modificado y mejorado con la crítica de amigos empresarios, economistas, sociólogos, sindicalistas y contadores. Soy consciente de sus imperfecciones.

 

Espero sin embargo que este libro imperfecto sirva para marcar el norte y que mentes brillantes y aún mejores ejecutores puedan sortear los infinitos obstáculos que se presenten para llegar a retomar el camino que en muchas décadas anteriores hemos perdido.

 

En su libro El príncipe, Nicolás Maquiavelo es crudo en lo que dice y cómo lo dice, y avisa que será un libro sin ornamentos. Me temo que, salvando las distancias, el mío tampoco los tiene, aunque he hecho un esfuerzo para que sea algo más agradable que un simple manual de procedimientos.

 

La política y sus ideales están limitados por la economía y sus realidades. La moral y las bondades de la gente y la de los inversores no sirven como instrumento de progreso, sino que lo que valen son los incentivos de los sistemas económicos (regulaciones e impuestos) y la promoción de los mismos a través del éxito que se proyecten por quienes traten de aprovechar esos incentivos, que son quienes traen progreso a un país, especialmente a uno cínico y sufrido como el nuestro.

 

El presidente norteamericano Abraham Lincoln, ante la decisión de avanzar hacia lo que fue su guerra civil, describió lo siguiente: “Como regla general se debe preservar la vida y las extremidades. Sin embargo, muchas veces se debe optar y es común sacrificar una extremidad para mantener la vida de una persona. Nadie piensa sin embargo en extinguir una vida para mantener una extremidad.”

 

En economía, y en un país, esta paradoja se repite sin ser tan obvia; sucede lo mismo y con la misma intensidad y consecuencias que en una guerra o una enfermedad, pero quedan las decisiones perdidas en una red de responsabilidades que diluyen las acciones de los responsables.

 

Un país no debe destruir su capacidad productiva, su capacidad de generar vida y progreso, evitando tomar las decisiones correctas con el afán de los dirigentes de mantenerse en el poder. Pero muchas veces lo hemos hecho. Destruimos el todo para salvar una parte. Esa es la labor del dirigente y para ellos he escrito este libro. Y para aquellos que los votan, es decir la sociedad de ciudadanos, para que se comprenda la diferencia entre causas y consecuencias en nuestra economía, y con ello evitar comprar los espejos de colores que nos pueden traer una alegría pasajera, pero serán una desgracia más adelante.

 

Les pido que mientras lean este libro, por unos minutos que lleva leerlo, lo hagan con una mente abierta y no signada por lo que conocen de la Argentina, por el cinismo y escepticismo con el que vemos todo. Les pido que lean todo como si fuera correcto, y luego que lo terminan, recién entonces lo critiquen, pues el sistema que propongo es un todo.

 

Mi motivación para escribirlo es no pecar de omisión. Está basado en mi experiencia como armenio, que estudió los holocaustos judío y armenio, donde por supuesto hubo muchas razones bestiales que llevaron a que sucedieran, pero donde también hubo responsabilidades de quienes debían hablar y no lo hicieron ni a tiempo, ni con el énfasis suficiente. No quiero ser uno de ellos, de aquellos que callan.

 

Al decir de Fernando Savater, en su libro Ética para Amador, la ética es hacer lo que conviene (de verdad, es decir con conocimientos) en el largo plazo.

 

Cambiar el sistema impositivo es lo que es ético que se haga para el bienestar de la Argentina, país al que mis padres vinieron y del que quisiera que mi familia y la de tantos argentinos no deban irse.

 

 

(*) Economista y empresario. Preside la hilandería TN & Platex, es el creador de la Fundación Pro-Tejer (de asistencia y desarrollo de la agroindustria textil y de indumentaria de la Argentina) y miembro de varias organizaciones empresarias y ONG. “Revolución impositiva” es su primer libro publicado.