¿Reformas estructurales?

13 de septiembre, 2019

Mapa Argentina reformas

Por Carlos Leyba

 

Los discursos oficiales, opiniones de colegas y cataratas de comunicadores, repiten la necesidad de realizar lo que llaman “reformas estructurales” para terminar con nuestros males.

 

Desde 1975 el PIB por habitante (ph) creció a la tasa de 0,58% y la pobreza creció a 7% anual acumulativo. Hasta 1975 la pobreza era del 4% de la población y el PIB ph creció, durante los anteriores 30 años, al mismo ritmo que el de EE.UU.

 

Sin duda, para volver a crecer, hay que reformar las estructuras responsables de ese fracaso que tiene fecha de comienzo en 1975.

 

¿Cuáles son las estructuras responsables? En el debate domina la confusión entre estructuras e instituciones “superestructurales”.

 

El PRO cree que las reformas previsional, tributaria y laboral, que no hizo, serían la base para terminar con el fracaso. La apelación a esas “reformas” goza de excelente reputación mediática.

 

Esas “reformas”, que son importantes, son superficiales y no apuntan de manera directa a las verdaderas estructuras.

 

Llamar “estructurales” a reformas de normativas (previsionales, tributarias, laborales) que administran las estructuras es un grave error. Ningún economista formado llamaría a esas normas, “estructuras”.

 

Entonces, ¿qué es lo estructural en la economía?

 

Un extraterrestre (no contaminado por ideologías o pasiones políticas) que quisiera conocer las estructuras, los fundamentos materiales, de una determinada economía y las relaciones sociales que de ellas se derivan, lo primero que preguntaría es por la estructura productiva, es decir, ¿qué se produce? ¿Quién? ¿Cómo lo hace?

 

En segundo lugar, preguntaría cómo se distribuye el producto social. Estructura de acumulación y distribución definen una sociedad.

 

Sabemos que la “estructura de la acumulación” da lugar a lo que producimos y la “estructura de la distribución” produce la trama social.

 

El extraterrestre podría haber aterrizado, por ejemplo, en un país en el que rige una distribución primaria equitativa: sin pobreza significativa, digamos 3% de la población y con un Coeficiente de Gini de 0,25.

 

O bien en un país inequitativo, por ejemplo, con una distribución primaria que genera un Coeficiente de Gini de 0,45 y más del 33% de pobreza por ingresos.

 

En el primer ejemplo, el Estado (salvo por el régimen previsional) casi no realiza pagos de transferencia compensatorios porque la distribución primaria es equitativa.

 

En el segundo ejemplo, porque la distribución primaria es inequitativa, los pagos de transferencia del sector público son voluminosos para “poder compensar la inequidad social”.

 

La distribución primaria, siempre, es la que resulta del pago de salarios y remuneraciones al trabajo o a la contribución a la generación de valor que es lo que surge de la estructura productiva.

 

La distribución secundaria es la que realiza el Estado cuando los resultados de la distribución primaria (pobreza e inequidad) afectan la cohesión social.

 

El extraterrestre habrá observado que, en general y salvo excepciones, las economías con una estructura productiva con “mucho capital” por unidad de trabajo, son aquellas en las que la distribución primaria permite un Coeficiente de Gini bajo y una baja proporción de personas bajo la línea de pobreza. Hay una alta correlación entre calidad distributiva y capital por unidad de trabajo. El capital incluye el equipamiento físico y lo invertido en conocimiento, ciencia y tecnología.

 

En la inmensa mayoría de esas economías “capitalizadas” es fuerte la presencia industrial. En la industria la productividad del trabajo se potencia por la densidad de capital por empleo.

 

El extraterrestre conoció una economía industrial (mucho capital, equipamiento) que genera un producto que se distribuye equitativamente. El verificó que el crédito, amplio y barato, estaba disponible, porque “el capitalismo es un sistema de propiedad privada de los medios de producción en el que la innovación se financia con crédito” (Schumpeter). En esa economía, el Estado tiene sólidas finanzas y califica para crédito internacional a una tasa de interés inferior a la tasa de crecimiento del PBI año a año. El crecimiento, en ese país, reduce el peso de la deuda de las inversiones públicas a largo plazo. Nuestro visitante aterrizó en un país desarrollado. Claramente, no en la Argentina actual.

 

Podría haber aterrizado en un país con fuerte inequidad. Ahí el Estado deberá realizar fuertes pagos salariales (innecesarios) y además transferencias para morigerar la inequidad. Crea empleo que no agrega valor, pero genera salarios. Muchos empleos públicos son subsidios al desempleo encubierto.

 

Fuerte inequidad y pesados pagos de transferencia del Estado, son la consecuencia de que esa economía no dispone de una masa de capital por persona ocupada que le proporcione una dinámica productiva. Ese es su problema estructural. Esa “estructura material profunda” es la que hay que reformar.

 

La dinámica del crecimiento, de esa economía sin capital, no está gobernada por la inversión. Seguramente la gobiernan impulsos ocasionales del auge de los mercados de determinados recursos naturales. Es que se trata de una economía primaria cuyo principal recurso es la naturaleza; no dispone de una estructura financiera sólida y la que existe sólo pude financiar a tasas de interés muy superiores a las tasas de crecimiento de la economía. Las deudas serán proporcionalmente mayores con el tiempo. En su estructura esta el endeudamiento y la incapacidad de solventarlo. Una economía para la deuda. Como Argentina.

 

Es una economía de propiedad privada de los medios de producción. Pero no es una economía capitalista porque su dinámica es regresiva. No es la inversión la que imprime la dinámica. Y sin inversión no hay dinámica de crecimiento.

 

Nuestro extraterrestre se enfrentó a dos estructura económicas diferentes. La economía desarrollada tiene una estructura previsional sólida, excepto que los problemas demográficos de envejecimiento acelerado y bajas tasas de natalidad la liquiden: pero no es una consecuencia de la estructura económica sino de la demográfica.

 

De la misma manera, dadas las tasas de inversión y el peso de la distribución primaria, las finanzas públicas están en orden. Y de la misma manera la densidad de capital y su dinámica plantean relaciones laborales productivas.

 

Todo lo contrario ocurre en la otra economía: la previsión social está estructuralmente desfinanciada como consecuencia de la debilidad de la distribución primaria (los pagos de transferencia son una parte sustancial de la distribución); la ausencia de inversiones a su vez desequilibra el Presupuesto; y las relaciones laborales están afectadas por el escaso dinamismo de la inversión.

 

Una paradoja: el objetivo de las organizaciones laborales debe ser “aumentar o mantener el empleo”, porque no “aumenta el capital”.

 

“La redistribución a través de impuestos y transferencias fiscales acepta la estructura productiva tal como es, y simplemente mejora los resultados mediante dádivas” (Dani Rodrik).

 

No cabe duda que la estructura productiva es determinante de todos los resultados, incluyendo aquellos que procuran quienes privilegian las reformas normativas.

 

Las reformas normativas, sólo luego de infinitas iteraciones en el tiempo (décadas), podrían inducir la reforma de la estructura económica de acumulación y distribución.

 

El debate está mal planteado. Particularmente quienes se han alineado (economistas, comunicadores) a las simplificaciones PRO, han priorizado un debate secundario en una economía cuyos resultados de largo plazo ya hemos mencionado y que no dispone de una masa de inversiones que pueda garantizar otra cosa que un colosal estancamiento. No de ahora sino de hace 45 años.

 

Necesitamos imperiosamente reformas estructurales que apunten esencialmente a la estructura de acumulación. Las reformas normativas cuentan, pero no son las que deben preceder a la de la estructura productiva. Lo prioritario es reformar la estructura de la acumulación reproductiva. Llevar la tasa de inversión bruta fija al 30% anual es el mínimo indispensable para aspirar a una tasa de crecimiento razonable.

 

Y necesitamos orientar una parte sustantiva de esa inversión a la creación de trabajo de alta productividad (económica y social) en las áreas urbanas. Necesitamos una fuerte promoción de la inversión industrial, sobre todo orientada a la exportación.

 

Un clima inversor (que así se logra) inducirá a la aplicación de recursos en aquellos sectores (naturaleza) donde tenemos fuertes ventajas comparadas.

 

Una política proinversión contribuye al empleo, a la mejora fiscal y a la distribución primaria. De ese modo se provee a la reducción de la distribución secundaria que genera presión de endeudamiento fiscal.

 

Acumulación, empleo, distribución primaria, recursos fiscales, desendeudamiento. Un círculo virtuoso. ¿Cómo?

 

Los argentinos poseen ahorros o atesoramiento, por US$ 300.000 millones. Blancos, tal vez US$ 200.000. Para que no se sigan yendo, o para que algo retorne, es necesario (y para todos los potenciales inversores sin discriminación) generar zanahorias futuras. Lamentablemente el mundo desarrollado compite (ademas de las condiciones del desarrollo) con zanahorias presentes (aportes sin cargo del 30% de la inversión).

 

Hemos perdido 45 años por haber comprado la idea que “el mercado lo resolverá” (podríamos decir nuestra desgracia “es la ausencia de promoción, estúpido”).

 

Nos quedan las zanahorias futuras: si invertís, si financias las inversiones, te liberó de toda carga tributaria…siempre y cuando no compitas con la inversión instalada (es decir, que sustituyas importaciones o exportes algo que no exportamos).

 

En este momento de recambio se impone una reforma de la estructura productiva, que llevará a la de distribución.

 

Una reforma que nos permita crecer como mínimo a 5% por habitante y reducir la pobreza a la misma velocidad que creció. Duplicaríamos el PIB ph en 2033 y con suerte, en ese año, habremos reducido la pobreza a 9%.

 

Suena optimista. Invita a la acción. Prefiero no estimar los conflictos del futuro si al menos no lo intentamos.