¿Qué hubiera pasado si en 2001 dolarizábamos la economía?

24 de septiembre, 2019

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Por Emiliano Libman y Pablo Mira 

 

Habitualmente, Argentina ha experimentado un deterioro casi permanente del valor de su moneda. Cada devaluación trae consigo recesión e inflación, provocando graves distorsiones en el funcionamiento de la economía y consecuencias sociales muy negativas. Hacia finales de los ’90 circulaba la propuesta de adoptar el dólar como moneda de curso legal en lugar del peso. Nos parece un ejercicio interesante preguntarse qué hubiera pasado si, a fines de 2001, Argentina hubiera tomado la decisión de dolarizar su economía.

 

Visto en perspectiva, todo parece indicar que en ausencia de devaluaciones al país le hubiera ido mucho mejor. Pero esta perspectiva contrafáctica omite una parte muy importante de la historia. Argentina tuvo vaivenes nominales, es cierto. Pero también tuvo una etapa de crecimiento a tasas “chinas” entre 2003 y 2008, el cual tuvo varios condimentos que, en caso de haber dolarizado, no hubiésemos podido aprovechar.

 

En primer lugar, durante los primeros tiempos de la recuperación Argentina tomó ventaja de un tipo de cambio muy competitivo que estimuló las exportaciones industriales, promovió el turismo y sustituyó importaciones. La ampliación de la demanda externa luego dio lugar a la acumulación de reservas y la posibilidad de incrementar importaciones para promover el crecimiento. Por definición, la dolarización no habría permitido esa posibilidad.

 

En segundo término, la devaluación detonó el proceso de default y reestructuración de la deuda. Argentina tenía serios problemas para honrar los compromisos de la deuda externa, pero luego de la megadevaluación, el pago directamente se volvió imposible, lo que fue ampliamente comprendido por los acreedores. En una situación de dolarización, Argentina seguramente hubiera extendido su sufrimiento para pagar sus deudas, hasta que el colapso del sistema financiero, provocado por el drenaje de depósitos hubiera terminado de todas maneras en un default. Es difícil saber qué hubiese ocurrido con el esquema de dolarización si la situación llegaba a tales extremos.

 

Pero quizás lo más importante es que en la práctica era imposible dolarizar porque en ese momento Argentina simplemente no tenía los dólares para hacer frente a sus obligaciones fiscales y financieras (los depósitos). El país hubiera necesitado un préstamo especial para hacer frente a esta crisis, debiendo perpetuar los ajustes durante varios años más. A todo esto, se hubiera sumado la necesidad permanente de generar divisas a perpetuidad, ya que una vez que se relega la soberanía monetaria es casi imposible recuperarla. La dependencia de las decisiones macroeconómicas respecto de la Reserva Federal en estas circunstancias no puede ser más elocuente.

 

Si bien es cierto que dolarizando Argentina no hubiera experimentado inestabilidades nominales, mucho de lo que se ganó en esa etapa tampoco se hubiera conseguido, por lo cual Argentina seguiría remando desde aguas abajo para lograr recuperarse de todos los problemas financieros y sociales que acumulaba la convertibilidad. El contrafáctico de dolarizar la economía se parece más a la agonía de los últimos cuatro años de aquel esquema cambiario que a un escenario de estabilidad con lluvia de inversiones.

 

Finalmente, cabe destacar que el rechazo de la dolarización no exonera la ineficacia reciente de la política macroeconómica local. Si adoptar definitivamente el dólar es una opción costosa que exige sacrificios importantes, el desafío de sostener una moneda propia exige un compromiso fuerte con la implementación de políticas que favorezcan un sendero de desinflación y estabilidad de precios. Solo en un contexto de estabilidad es posible implementar con éxito una política macroeconómica contracíclica, como de hecho lo vienen haciendo algunos de los vecinos de nuestra región.