Las lecciones del pasado exitoso

6 de septiembre, 2019

Cordobazo pasado

Por Carlos Leyba

 

La verdad histórica es la condición necesaria para un diagnóstico correcto de la realidad que nos condiciona. Desde que la ideología de Cambiemos se hizo del poder político y comunicacional, se instaló la idea que nuestra decadencia se arrastra hace setenta años.

 

A la pregunta ¿cuándo se jodió la Argentina? muchos afirmarían que fue hace setenta años. Recientemente un respetado colega traspasó la frontera y colocó el tropiezo histórico en 1920.

 

¿Importa el debate histórico? La discusión económica de los tiempos largos – 20,30, 40 años – habla de la eficiencia de los modelos implicados.

 

Los períodos largos responden a patrones de política económica y ésta a su vez a modos de pensar la economía y la política e ir conformando la trama social.

 

No hay desacuerdo en esto como no lo hay en que la Argentina asiste a un proceso de decadencia económica y social. Un proceso que es posible superar. La cuestión es cómo: con qué modelo.

 

Ricardo Arriazu, en la reunión de AEA, manifestó que es posible crecer al 5 % anual acumulativo, duplicar el PIB en 14 años y el PIB por habitante en 19. Comparado con el presente esta proyección es celestial. Comparada con la realidad, el pantano en el que estamos, es insuficiente o tal vez el solo crecimiento es un resultado incompleto.

 

Los peligros sociales nos persiguen a una velocidad extraordinaria. No los peligros que tienen que ver con la suerte individual sino aquellos que atienden a la suerte colectiva.

 

El desafío del presente es cómo diseñar una estrategia que nos permita que los resultados concretos de la economía crezcan a una velocidad tal que esos peligros – que avanzan autónoma y velozmente – no logren detener o impedir la marcha. Es decir que no logren acentuar el proceso de decadencia en lugar de permitirnos, a base de crecimiento, escaparnos de ella. ¿Hablará la política de ello?

 

Nuestra situación está subdiagnosticada. Las simplificaciones, muy peligrosas, identifican el tiempo histórico y el diseño del patrón a partir de cuál se jodió la Argentina, de manera impropia. Si queremos salir de la decadencia tenemos que salir del patrón que nos despeñó en ella. Veamos.

 

El historiador Luis Alberto Romero (Francisco Olivera (LN+)) el pasado lunes, ubicó el comienzo de la decadencia en el entorno de la dictadura militar y el “rodrigazo”. En 1975/1976, hace 45 años, cuando se produjo un cambio monumental

 

El “rodrigazo” fue un asalto al poder – aunque parezca mentira – realizado por la secta “Los Caballeros del Fuego” que inspiraba José López Rega (autor de Astrología Esotérica) e integraban Celestino Rodrigo, Ricardo Mansueto Zinn y Pedro Pou, entre otros. Cualquier parecido es …

 

Zinn era el traductor político y económico de ese golpe de palacio y recibió el respaldo del Consejo Empresario Argentino que conducía José Alfredo Martínez de Hoz.

 

La gestión económica de la dictadura genocida fue una continuidad del programa de Zinn que se proyectó en la creación del CEMA (hoy Universidad) que ha provisto, desde entonces, un número relevante de profesionales de la economía a cargo de la gestión pública y del nutrimento ideológico que ha gobernado la economía de estos 45 años. La economía para la deuda: la del déficit externo estructural.

 

Economía que ninguna gestión, más allá de las palabras ocasionales que han declarado anatema esas ideas, logró torcer. Fue una práctica continua: un modelo de 45 años.

 

Todos hicieron “economía para la deuda” o – alternativamente – “economía del agotamiento de los stocks” lo que es lo mismo aunque de una manera más disimulada y si se quiere menos cara, pero con el mismo resultado. “Quita y no pon, se acaba el montón”.

 

Veamos. En estos 45 años (1975/2019) la Argentina no tuvo vigente ninguna ley de promoción industrial que promocione la incorporación de capital reproductivo; tampoco dispuso de un sistema de financiamiento de largo plazo con tasas de interés capaces de alentar dramáticamente la formación de capital; durante todos estos años se derogó el sistema de planeamiento de largo plazo; y finalmente, durante todos estos años, sistemáticamente, se rechazó toda posibilidad de generar consensos políticos de largo plazo (¿cómo hacerlo sin un programa?) y toda posibilidad de concertar, desde el Estado, con los sectores económicos y sociales a fin de coordinar expectativas en torno a una política de ingresos. Nada de eso ocurrió. Durante todo ese período (45 años) se trató de utilizar como gran regulador de la actividad económica la tasa de interés de mercado. Los períodos en los que esto no ocurrió transitoriamente fueron aquellos en los que se duplicaron los esfuerzos por contener la inflación usando el ancla cambiaria que profundizaba la restricción externa.

 

Finalmente, en lo que hace a la estrategia de desarrollo de la economía nacional, todas las gestiones, desde Rodrigo en adelante, abrevaron en la ideología insostenible de que se había agotado la posibilidad del proceso de industrialización por sustitución de importaciones y distintas aperturas o asociaciones estratégicas (que es lo mismo) paliarían el dolor recalando en deuda.

 

No hay desacuerdo en que Argentina se asiste a un proceso de decadencia económica y social. Un proceso que es posible superar. La cuestión es cómo: con qué modelo.

 

Todos a una, a pesar de los “colores” distintos de la verba pública, si los medimos por la práctica, nada hicieron por intentar un proceso de reindustrialización que inexorablemente pasa por un proceso de sustitución de importaciones.

 

Vamos a los resultados. Desde que se puso en práctica la doctrina de Guido Di Tella (secretario de Programación Económica 1975/76 y canciller en los ´90) “no hay mejor política industrial que no tener ninguna”, el PIB por habitante hasta la fecha creció a la increíble tasa de 0,58% anual. ¿Es necesario que le recuerde que no hay ningún país en el mundo que haya tenido ese recorrido? Si siguiéramos creciendo a esa tasa, al PIB per cápita lo duplicaríamos recién en 2094. Seguramente ninguno de los que estamos hoy en condiciones de leer y escribir estaremos vivos para festejarlo.

 

Los 45 años en que dejamos atrás el “modelo anterior”, como quiera llamarlo, han sido de un descomunal fracaso económico. Podemos agregar muchas cosas más. Pero con una sola, al mencionarla, estaremos reconociendo un “fracaso colectivo”: la tasa acumulada a la que creció el número de personas pobres.

 

Entre 1974 – primera medición de la EPH del Indec – y 2019 –la última – la tasa de crecimiento del número de pobres fue del 7% anual acumulativo.

 

El número de pobres creció a tasas chinas y el PIB –la generación de riqueza colectiva – a 0,58. Un escándalo.

 

Un escándalo porque, en estos años (los Cuadernos son sólo un aspecto), creció de manera escandalosa el número de “nuevos fabulosos ricos”. Niveles de fortuna que nunca jamás (ajustando dólares a valor real) hubo en Argentina.

 

Comparándolos con la vieja oligarquía ganadera, esta era – en definitiva – un conjunto de pobretones que pudieron construir algunos palacios elegantes que embellecen la Ciudad y que – al poco tiempo – terminaron en manos publicas, porque los que los construyeron no los pudieron mantener.

 

Nuestros nuevos ricos – la inmensa mayoría concesionarios del Estado en sus diversas formas – no tienen el fuego productivo ni de la vieja oligarquía y aquella apuesta a construir el país; ni el fuego laborioso de la burguesía industrial que construyó y progresó, mientras el Estado fue capaz de sostener políticamente un proyecto: no hay burguesía nacional sin proyecto nacional.

 

No hay progreso colectivo sin una política comprometida con ello.

 

Para aclarar los tantos ¿cuánto creció la Argentina entre 1900 y 1944?, es decir durante el dominante modelo de la “oligarquía ganadera”. La tasa de crecimiento acumulativa por habitante fue de 1,03%. Fue un proceso de crecimiento productivo y de absorción de enormes masas de inmigrantes. La Argentina generó bienestar social (trabajo, alimento, educación) a emigrantes expulsados de su tierra por las difíciles condiciones de vida. Llegaron a un país ya prospero y lo agrandaron.

 

Entre 1945 y 1975, el vigoroso proceso de sustitución de importaciones, también fue un proceso de incorporación social de argentinos que estaban quedando al margen del proceso. La tasa de crecimiento de ese período fue la más alta del Siglo XX, 1,98% anual acumulativo per cápita. Una tasa de casi el doble de la de los primeros 40 años del Siglo XX y una democracia social progresista que siempre desacelera el crecimiento pero acelera el desarrollo social.

 

Ningún economista desconoce que estadísticamente (materialmente)esos treinta años fueron el período más exitoso del siglo. En esos años el Estado era – en relación al PIB – la mitad de lo que es hoy. No teníamos deuda externa y todos los colores políticos gobernaron el país en esos treinta años.

 

Todos tenían en común la convicción que la industrialización por sustitución de importaciones, un Estado comprometido con el pleno empleo y los avances sociales, eran la prioridad. Discurso, plataformas, leyes, proyectos, decisiones lo confirman.

 

Este pensar fue común al primer peronismo (que lo heredó de pensamientos previos), a las dictaduras, al desarrollismo, al radicalismo, a las dictaduras desarrollistas y al tercer peronismo, que fue una síntesis de todo.

 

Un período que fue abortado por el asesinato de José I. Rucci, la muerte de Perón, la guerrilla y la dictadura genocida.

 

En todo ese período de treinta años, tres instituciones tuvieron plena vigencia: la programación del desarrollo (prioridades fundamentadas), el incentivo fiscal (el instrumento que abunda en el presente en el mundo desarrollado) y el financiamiento de largo plazo (no hay tal cosa como capitalismo sin crédito advirtió Schumpeter). Si se quiere nada original, todo probado con éxito en Occidente.

 

El Estado de Bienestar, los 30 gloriosos, fue – aunque parezca extraño – un gran período de consenso colectivo sobre el tipo de sociedad en la que queríamos vivir. La discrepancia tenía que ver con el ejercicio del poder y las velocidades entre equidad e inversión. Pero nadie se apartaba demasiado. Ocurrió. Copiábamos lo que hacían países desarrollados sin decirlo.

 

En estos años y particularmente ahora, dicen que quieren “imitar al mundo desarrollado” y hacen todo lo contrario: en la próxima les cuento por qué y cómo.