La paz con Irán es difícil y confrontar es una ruleta rusa

30 de septiembre, 2019

La paz con Irán es difícil y confrontar es una ruleta rusa

Por Atilio Molteni Embajador

 

Tras el amplio esfuerzo que demandó negociar y suscribir el Plan Nuclear Iraní (PAIC) de 2015, gran parte de los gobiernos y observadores internacionales abrazaron la idea de que el camino más lógico era perfeccionar las sensibles tuercas del escalonamiento de la diplomacia. Entre los actores, una minoría siguió creyendo que tarde o temprano resultaría inexorable el uso de los botones de una nueva y enorme conflagración regional. A todos los bandos le quedó claro que, cuando una parte de los protagonistas indirectos optan por encarar un conflicto con diez hipótesis de guerra, el resultado casi nunca deviene en plan de paz.

 

El Washington que acaba de caricaturizar la noción de ser el árbitro y garante de la paz en el Medio Oriente, ya no puede asumir, con ecuanimidad, su visión de este conflicto. El balance está a la vista: tras su retiro del PAIC emergieron las diarias provocaciones de Teherán, la reanudación del plan nuclear iraní y un mundo que está a centímetros de otro festival de cohetazos. Por lo pronto, la región del Medio Oriente ya observó como los drones devastaron más del 50% de las instalaciones sauditas; se registran diarios incidentes en el estrecho de Ormuz y las cosas no están mejor que antes, ya que la respuesta militar significaría un complejo y carísimo ticket de regreso a la mesa de negociaciones. ¿Está hoy más claro que ayer dónde se quiere o se puede llegar?. La respuesta es altamente discutible y vale la pena guiarse por los hechos.

 

El pasado 20 de septiembre el presidente Donald Trump aprobó el despliegue de más tropas y baterías de misiles con destino a Arabia Saudita y a los Emiratos Arabes Unidos (EAU), como respuesta defensiva al ataque del día 14, el que se concretó con 18 drones y 7 misiles crucero a las instalaciones petrolíferas del primero de esos países. Tales envíos responden a una solicitud concreta de los aliados. Aún si pruebas definitivas, Washington responsabilizó a Irán.

 

En paralelo, los huties, que controlan parte del territorio de Yemen se atribuyeron el ataque. Ese último país está notablemente involucrado en una guerra civil desde hace cuatro años y es público que recibe apoyo de Teherán. Si bien existen varios precedentes de ataques con estos medios en territorio Arabia Saudita, que es su declarado enemigo, los especialistas creen que semejante acción tuvo un nivel de complejidad, precisión y sofisticación que deja enormes dudas acerca de a quién se puede adjudicar su genuina autoría y responsabilidad.

 

El Secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, dijo que el objetivo de la decisión estadounidense era enviar un claro mensaje de que su gobierno respalda a sus socios regionales, defiende el libre tránsito de los recursos energéticos en apoyo de la economía global y demuestra su compromiso con las normas internacionales que el gobierno de Irán no respeta. Recordó que Trump había expresado claramente que no buscaba un conflicto con Irán, pero que su país no descarta otras opciones militares si ello fuera necesario. Adicionalmente, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, calificó el episodio como un acto de guerra.

 

El ataque contra la planta de procesamiento de Abqaid (la mayor del mundo) y el campo petrolífero de Khurais, en el este de Arabia Saudita, fue muy exitoso. Un precedente de tal dimensión obliga a retroceder en el calendario hasta la invasión a Kuwait efectuada por Iraq en 1990, oportunidad en que se destruyeron varios campos petrolíferos. Ese nuevo episodio demostró la vulnerabilidad estratégica de Rihad ante un ataque con estos medios, lo que es muy inquietante para una nación cuyo presupuesto militar es el tercero del mundo, después de los que exhiben Estados Unidos y China.

 

También evidenció la capacidad ofensiva de sus enemigos, quienes dañaron la infraestructura del mayor exportador mundial de petróleo, afectando su producción diaria en 5.7 millones de barriles diarios (bpd), un nivel equivalente a la mitad de la oferta saudita, la que aporta el 6% del suministro global del planeta.

 

La consecuencia inmediata de tal episodio fue un aumento del 14% en el precio del petróleo, hecho que indujo a que tanto Rihad como Washington utilicen sus reservas estratégicas para asegurar el abastecimiento mundial, pues hasta el momento de redactarse esta columna se desconocía el tiempo que llevará la reparación total de las instalaciones afectadas por el ataque. Adicionalmente, Arabia Saudita decidió postergar la oferta pública de su compañía estatal Aramco, propietaria de esas instalaciones, una venta destinada a captar recursos para encarar un amplio plan de reforma y desarrollo económico en ese país.

 

Desde mayo de 2019, las tensiones entre Estados Unidos e Irán que se retrotraen a la Revolución Islámica de 1979, sólo se profundizaron sin llegar a un conflicto armado. Ese límite existe pero no está escrito en la piedra. Donald Trump respondió con sus enfoques a una promesa de su campaña electoral, cuando materializó el retiro unilateral de Washington del Acuerdo Multilateral de 2015 o PAIC y decidió aplicar “máxima presión” sobre Teherán para obtener no sólo la renegociación diplomática del plan, sino también acotar sus proyectos misilísticos y la actividad bélica en el Medio Oriente. Al menos en teoría, esas fueron las razones esgrimidas para reconducir las sanciones que se habían levantado en 2015, cuando se aplicaron otras más amplias para afectar la economía y la capacidad de exportación petrolera de Teherán (la que disminuyó de 2.8 a 1 millón de bpd) y se amplió la presencia militar en el Golfo. Hasta ahora tales acciones no habían incluido evidencia alguna de que la Casa Blanca busque más conflictos en la región, salvo la de suponer que con ello habría de lograr un cambio de las políticas iraníes.

 

La primera respuesta del gobierno persa, y de sus fuerzas asociadas o “proxies”, consistió en acciones ofensivas contra buques petroleros de distintas banderas que transitan por el paso obligado del Golfo de Ormuz, la detención por dos meses de un navío de bandera británica y el derribo, el pasado 20 de junio, de un avión espía no tripulado y muy sofisticado de origen estadounidense. Además, Teherán comenzó a dejar de lado algunas de las obligaciones nucleares que había adquirido en el marco del PAIC.

 

Esta situación motivó varias iniciativas diplomáticas de terceros países para acercar a las partes, especialmente las gestiones europeas, cuyos gobiernos criticaron públicamente a Washington por abandonar el PAIC. El resultado de ese clima político fue que el fugaz ajuste que se obtuvo en la reunión del G7 efectuada en Francia, semanas atrás, donde Trump manifestó su disposición a mantener conversaciones directas, sin precondiciones, con el presidente iraní Hassan Rouhani, en el marco de la Asamblea General de la ONU, que son las sesiones que acaban de inaugurarse hace pocos días en Nueva York.

 

Sin embargo, el Líder Supremo iraní (Khamenei) no se prestó a ese contacto. Igual actitud fue adoptada por el ministro Mohammed Zarif, cuando Washington extendió las sanciones que ya pesaban sobre el Banco Central iraní. Rouhani dijo que su país estaría dispuesto a negociar un nuevo acuerdo con Estados Unidos si se levantan tales sanciones.

 

En consecuencia, en estas horas sólo existe una escalada de tensiones y provocaciones recíprocas, como lo prueba el ya mencionado ataque a Arabia Saudita, país que lidera a los sunitas y es el principal aliado regional de Washington. Tampoco es descartable que las fuerzas más radicales y duras de los chiitas iraníes, como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, decidan condicionar la política de Teherán haciéndola más agresiva y hagan lo posible por desplazar a las fuerzas moderadas del régimen que en su momento auspiciaron aceptar el PAIC.

 

A pesar de que semanas atrás Trump sostuvo que su arma estaba cargada y armada con relación a Teherán, cuando en junio se produjo el derribo del avión no tripulado estadounidense, y parecía estar preparada una respuesta militar por medio de misiles crucero Tomahawk contra blancos iraníes y los aviones ya en el aire, éste adoptó personalmente la decisión de detener tal acción diez minutos antes de que tuviera lugar, alegando razones humanitarias e inquietud por los daños colaterales y las víctimas que tales medidas podrían causar. Una interpretación de ese hecho, fue que esas operaciones habrían generado un nuevo conflicto en el Medio Oriente y que ello habría ocasionado un severo deterioro a las posibilidades de ser reelecto en 2020, pues él había sostenido que su llegada al poder permitiría evitar no iniciar nuevos conflictos.

 

Algunos expertos sostienen que, con su retórica y el incremento de las sanciones, el Jefe de la Casa Blanca ató sus propias manos. No calculó que la réplica iraní, demostrada por el importante ataque que hizo o patrocinó sobre su principal aliado en Medio Oriente no israelí, en una acción ofensiva que evidencia la capacidad de Teherán de actuar sin reparos en el Golfo Pérsico o en los países en donde tiene una presencia significativa, como son Iraq, Siria y el Líbano, lo colocó sin remedio contra la pared.

 

Además, se especula que, al evaluar sus posibles acciones, los iraníes pueden suponer que el presidente norteamericano no va a actuar militarmente como represalia y que sus propias conductas ofensivas dan rédito. Sin embargo, los elementos centrales de la política internacional y de la estrategia de la geopolítica no son estáticos y evolucionan rápidamente. El jefe de la Casa Blanca podría concluir que sus intereses en la región están en juego y que la debilidad de una disuasión sólo basada en sanciones económicas unilaterales puede lesionar su imagen ante los votantes y los aliados. En ese caso, no se descartaría el uso de la fuerza con otras opciones (incluidas las cibernéticas y las encubiertas), sin llegar al extremo del conflicto ilimitado.