Israel sigue sin resolver su problema de liderazgo

24 de septiembre, 2019

Israel

Por Atilio Molteni Embajador

 

Tras una campaña electoral muy intensa, y de otra forzada ronda de elecciones generales, la crisis de liderazgo del Gobierno israelí sigue colocada bastante cerca del punto en que la dejó el primer ministro, Benjamín Netanyahu, cuando dijo basta y decidió proponer la convocatoria a otra consulta a la población. Ninguno de los candidatos que emergieron del nuevo plebiscito realizado el 17 de setiembre parece tener la vaca atada. El que intente formar el Poder Ejecutivo necesita ganar el respaldo de por lo menos 61 de los 120 legisladores que componen el Parlamento de ese país. En todo caso, habrá que ver si el que resulta ser la nueva escoba, es capaz de barrer bien.

 

Como se recordará, la segunda votación efectuada días atrás fue indispensable porque Netanyahu no pudo formar un Gobierno de coalición mayoritario agrupando a los partidos de derecha tras las elecciones de abril. El que bloqueó la solución resultó ser, fundamentalmente, Avigdor Liberman, del Partido Israel Nuestra Casa (Yisrael Beiteinu) quien se negó a darle su apoyo.

 

Tras las elecciones del 17 de septiembre, el partido más votado fue el Azul y Blanco, que es de centroizquierda (y agrupa en sus filas a 33 parlamentarios) y está presidido por un ex comandante de las fuerzas armadas, general Benny Gantz, cuya conducción atrae el respaldo de otros militares de jerarquía y de un político en ascenso llamado Yair Lapid, un personaje que tiende a crecer en el panorama político israelí a pesar de su corta trayectoria. Al mismo tiempo, ese flanco político cojea por la notoria pérdida de entidad del Partido Laborista, una fuerza histórica que, no obstante haber conducido el gobierno durante gran parte de la historia israelí (con el antecedente del Partido Avodá, cuyo máximo dirigente fue Ben Gurión), sólo consiguió 6 escaños. No mucho más aportan la denominada Unión Democrática representada por Meretz y la Izquierda Pacifista, las que alcanzaron otros 5 escaños. En consecuencia, el total de las agrupaciones más votadas y de enfoque común es de 54 legisladores, 7 menos de los necesarios para ser Poder Ejecutivo.

 

En paralelo, los partidos que representan a los israelíes palestinos (que componen el 21% de la población) y son parte de la denominada Lista Conjunta, obtuvieron 13 bancas, lo que implica bastante solidez tras las duras acusaciones que les dirigió Netanyahu, quien los acusó de ser la quinta columna de los que tratan de destruir el Estado israelí. Al redactarse esta columna, ninguno de tales partidos se había unido a determinada coalición gubernamental, ya que no están listos para verse involucrados en una acción militar en la margen occidental o en Gaza, escenarios que integran la apuesta de los dos principales contendientes. Esto último no supone que habrán de oponerse a un gobierno encabezado por el partido Azul y Blanco, pues lo consideran democrático y liberal, con una posición más abierta a la fórmula de los dos Estados que está en juego dentro del país, lo que no ocurre con la propuesta de Netanyahu, que en los últimos tiempos proclamó la intención (no se sabe si sólo con fines electorales) de anexar el valle del Jordán, lo que elimina totalmente cualquier posibilidad de paz negociada. En adición a ello, la mayor concurrencia de estas fuerzas linderas a la votación tuvo como consecuencia una mayor participación general en la votación, la que alcanzó al 69,4%, 2,4 puntos porcentuales más en las elecciones de abril.

 

A pesar de haberse unido a la derecha Kulanu del ministro de Finanzas, Moshe Khalon, el Partido de Netanyahu, el Likud, sólo obtuvo 31 bancas (en abril había logrado 5 más), la ultraderecha representada por el Partido Yamina 7, los religiosos Shas 9 (ultraortodoxos sefardíes) y la Unión de la Torá y el judaísmo 8 (ultraortodoxos askenazis). En los hechos, ambas ecuaciones políticas con mayoría significativa protagonizan un empate que hoy no parece muy fácil destrabar.

 

Conviene destacar que Israel Nuestra Casa consiguió 9 bancas (en la anterior votación sólo 5), lo que demuestra la vigencia de Liberman en la política israelí, quien tras haber sido en los años 80 jefe de gabinete de Netanyahu y haber ocupado diversos cargos ministeriales, se restableció como figura política al organizar su propio partido con grupos humanos que emigraron a Israel desde los países que integraban la ex Unión Soviética. Apoyado por esos contingentes, Liberman exigió sin éxito, primero como ministro de Defensa, una acción más combativa contra Hamas en Gaza, lo que lo obligó a renunciar a su puesto. Sin embargo, dejando atrás tan altisonante gesto fallido, puso como requisito dos condiciones para unirse a la circunstancial coalición que hubo con miras a las elecciones de abril: dotar de mayor laicidad al Estado judío y obligar a que los estudiantes de las escuelas religiosas ortodoxas hagan el servicio militar. Con ello se transformó en la persona que puede llegar a decidir la constitución del gobierno de la 22 (nueva) Knesset, con la muy posible ambición de ser el mismo el primer ministro en un futuro no muy lejano.

 

No obstante lo anterior, Liberman anunció que no va a participar en una fórmula de Azul y Blanco si ésta incluye a los partidos religiosos. De todas maneras, su carrera no resulta despreciable para un inmigrante de Moldavia cuya primera ocupación en Israel fue ser guardia de seguridad en la puerta de una discoteca.

 

La potestad de otorgar mandato para formar Gobierno le corresponde, según las normas en vigor, al presidente Reuven Rivlin, pues su función tradicional no excede la de representar al Estado. Generalmente la formación del Poder Ejecutivo es asignada al partido más votado en condiciones de organizar una coalición gobernante, una gestión que implica consultas del Presidente con los partidos políticos. Dentro de ese marco legal, el elegido tiene un plazo de cuarenta días, prorrogables, para completar el necesario equipo y la estructura de Gobierno, un proceso que generalmente es resultado de una negociación orientada a distribuir las carteras ministeriales y un acuerdo sobre el programa político y económico a desarrollar. Dentro de esta compleja sucesión de eventos, conviene recordar que Rivlin no tiene buenas relaciones con Netanyahu, debido a que éste fue un obstáculo importante en el proceso que dio lugar a su elección como Presidente.

 

Otro dato significativo, es que ésta vez el proceso eleccionario no incluyó la discusión de los temas prioritarios de orden político, económico y de seguridad que suelen caracterizar a la política israelí. Estos ingredientes fueron computados en la elección de abril pasado, cuando se postuló la figura de Netanyahu alegando su experiencia y decisión, demostrada en las cuatro veces en que ejerció el puesto de primer ministro en mandatos que por su longitud resultaron más prolongados que los del fundador del país (Ben Gurión). En las recientes elecciones se privilegió el objetivo de ver quién era el más apto para formar gobierno. Sus oponentes también rechazaron las objeciones que antepuso a las normas institucionales; el alegato de que las elecciones de abril habían sido fraudulentas; su pretensión de instalar cámaras de seguridad en las mesas electorales con mayorías de israelíes palestinos; la frustrada propuesta de desarrollar una incursión militar en Gaza sin seguir los protocolos tradicionales y el cuestionamiento a las instituciones encargadas de las tres investigaciones sobre corrupción que elevara la policía al procurador general Mandelblit, quien en octubre deberá decidir si pone o no en marcha un proceso judicial acusatorio. Muchos votantes imaginaron que, de renovarse su mandato, Netanyahu utilizará sus apoyos políticos en la Knesset para condicionar y demorar las consecuencias de la investigación, ya que según ellos estaría decidido a permanecer en su puesto cueste lo que cueste.

 

Tampoco el manifiesto apoyo del presidente Donald Trump a las estrategias de Netanyahu parece haber tenido resultados electorales. Tal hecho adquirió relieve con el sensible reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado judío; su aceptación al derecho israelí a ocupar las Alturas del Golán (que son territorio sirio); la decisión de limitar los apoyos financieros a la Administración Nacional Palestina (ANP) y su eventual política en favor de asimilar, unilateralmente, los asentamientos que se encuentran en los territorios destinados a los palestinos en los Acuerdos que crearon la ANP, en Ramallah. El anunciado Plan de Paz de Washington para la región quedó para más adelante, o sea para cuando otros problemas como el enfrentamiento con Irán y los ataques a Arabia Saudita sean debidamente resueltos o encarrilados.

 

Lo cierto es que después de una lucha sin cuartel entre los extremos de la política israelí, la tendencia actual parece encaminarse a forjar una coalición entre las tendencias del centro y seculares basada en la unidad y el consenso, opción que apoyan tanto Gantz como Liberman. Inclusive el propio Netanyahu, que después de asegurarse la solidaridad de los órganos partidarios del Likud, y de sus socios ortodoxos, para una eventual negociación sin precondiciones (a fin de evitar que cualquiera de ellos se asocie con sus oponentes), apoya un Gobierno de unidad nacional, ya que no se contempla una tercera elección. La fatiga que produjeron en la población las campañas políticas que se desarrollaron durante todo el año, cuando existen problemas económicos y financieros que deben resolverse, no dan margen para ninguna otra aventura. De todos modos, quedan varias opciones y problemas por resolver, acentuados por el hecho de que nadie ignora que la lucha de Netanyahu por su supervivencia política es parte de una estrategia orientada a evitar que su ostracismo genere un futuro riesgo.