El rotundo éxito del neoliberalismo

23 de septiembre, 2019

El rotundo éxito del neoliberalismo

Por Jorge Bertolino Economista

 

 

Después de varias décadas de populismo empobrecedor, numerosos países en el mundo decidieron abandonar las ideas tercermundistas, el antiimperialismo, el ideal colectivista y el falso y anémico esquema de crecimiento basado exclusivamente en el desarrollo del mercado interno en perjuicio de las exportaciones, que incluía un fuerte desaliento, y en algunos casos, prohibición de las inversiones y tecnologías procedentes de países extranjeros.

 

Tras el éxito del modelo exportador de la economía japonesa, fue China quien inició el vuelco hacia el capitalismo de las economías más pobres del mundo en desarrollo. Le siguieron luego varios países vecinos, que dieron lugar al mote de “Tigres del sudeste asiático”. Luego vino una fuerte ola procedente del desmembrado imperio soviético, tras la caída del Muro y las estatuas de Lenin y Stalin.

 

Varios países de nuestro continente, como Chile, Perú y Paraguay, se sumaron tras la aparición de una nueva corriente procedente nuevamente de Asia y la aparición de algunas perlas en el continente africano.

 

En numerosas notas anteriores hemos descrito los rasgos principales de los modelos puestos en práctica en las variadas experiencias económicas exitosas de estas últimas décadas.

 

Si bien existen numerosas teorías que intentan explicar el crecimiento y el desarrollo económico, la evidencia empírica es concluyente en asignar una importancia fundamental al volumen de inversión previo al despegue hacia un crecimiento contundente y sostenido.

 

Numerosos estudios de las economías que más exitosamente se desarrollaron en las últimas décadas: Japón, Corea, Taiwán, Singapur, Tailandia, China, India, y en menor medida México y Brasil, entre otras, dan cuenta que no existe una receta milagrosa, sino que, como mínimo, el 70% del crecimiento puede explicarse por un fuerte shock de inversión.

 

En definitiva, no existe tal cosa como el “milagro de los tigres del sudeste asiático”. Todo es cuestión de volumen e intensidad de la inversión.

 

La cuestión de los incentivos, principalmente la existencia de rentabilidad empresaria suficiente, es absolutamente clave para desatar una ola inversora, a la que se agrega la necesidad de un entorno amigable de negocios.

 

Este entorno se caracteriza por: impuestos moderados, apertura económica, seguridad jurídica, burocracia facilitadora o no entorpecedora, fuerte inversión en capital humano, entre los factores más mencionados en estos estudios.

 

La fantástica ola neoliberal y el Consenso de Washington 

 

El título de esta sección y el de la nota misma es deliberadamente provocador y desconcertará principalmente a los que niegan la existencia del neoliberalismo, para regodeo de sus detractores.

 

Haría falta quizás un poco más de osadía en la defensa de los parcialmente fracasados intentos de modernización económica de la década del ’90 ya que, salvo Javier Milei, no hay un sólo economista que defienda los también parciales éxitos de la gestión menemista. Muy por el contrario, es fácil observar como numerosos amigos y conocidos se esconden debajo de la cama para no hablar del rotundo cambio modernizador de las estructuras productivas que implicó el modelo neoliberal que implementó Domingo Cavallo.

 

Aunque muy prestigiosos economistas y opinadores se rasgan las vestiduras, negando la existencia misma de algo llamado “neoliberalismo”, la sabiduría popular, aunque carece de sustento económico, ha dado en llamar de esta manera a las políticas surgidas tras las recomendaciones de lo que se denominó oportunamente como “el consenso de Washington”.

 

Se trata de un conjunto de reglas, a las que debían sujetarse las “economías emergentes” para generar un entorno de negocios amigables con la inversión y el crecimiento con “inclusión social”.

 

Las principales recomendaciones eran las siguientes.

 

  1. Disciplina fiscal, evitando abultados déficits fiscales respecto al PIB.
  2. Re-direccionamiento del gasto público, desde subsidios indiscriminados hacia la provisión en áreas clave para el crecimiento y sectores de bajos ingresos (educación, salud, infraestructura, etcétera).
  3. Reforma impositiva, aumentando la base imponible pero con tasas marginales moderadas.
  4. Tasas de interés determinadas por el mercado y moderadamente positivas en términos reales.
  5. Tipo de cambio competitivo.
  6. Liberalización del comercio exterior: liberalizar las importaciones, con particular énfasis en la eliminación de restricciones cualitativas. Cualquier protección debe ser en base a tasas bajas y relativamente uniformes.
  7. Liberalización de las inversiones extranjeras directas.
  8. Privatización de empresas estatales.
  9. Desregulación: eliminar las regulaciones que impidan la entrada o restrinjan la competencia, excepto para aquellos casos con justificación de seguridad, medio ambiente y protección al consumidor, y una supervisión prudencial del sistema financiero.
  10. Protección legal de los derechos de propiedad.

 

Todos los casos exitosos de crecimiento elevado y permanente de las últimas décadas tienen en común la característica de haber implementado previamente el núcleo principal de estas recomendaciones. En un país como el nuestro, con “la economía a contramano”, esta última frase y las ideas principales de esta nota son “políticamente incorrectas” y posiblemente desaten una ola de “pilatismo lavamanos”, defendiendo la pureza de un liberalismo ideal e inexistente, al menos mientras los argentinos sigamos siendo “todos peronistas”, en alusión a las arcaicas y retrógradas ideas económicas que sustentan el pensamiento del argentino medio, que hemos expuesto en una nota anterior en este diario.

 

El éxito ajeno y el fracaso propio descansa en el trabajoso esfuerzo que “no pudimos, no supimos o no quisimos” hacer para completar el núcleo principal imprescindible para hacer permanente el crecimiento que, no olvidemos, hubo en la década neoliberal de Menem-Cavallo. Muchos cobardes se hacen los distraídos y esconden que a pesar de los groseros errores principalmente en la política fiscal y en el relacionamiento con las provincias, tuvimos varios años de crecimiento casi a tasas chinas. Dejan así, el campo expedito, a los políticos inescrupulosos que meten todo en la misma bolsa, culpando al neoliberalismo, que sí existe, de todos los males presentes, pasados y futuros de la economía argentina.

 

El neoliberalismo está vivo y espera  

 

Si revisamos los diez puntos del Consenso de Washington, veremos fácilmente que incumplimos claramente los más importantes y en lugar de corregir el rumbo, volviendo sobre nuestros pasos para corregir los errores, decidimos, de la manera más ordinaria y destartalada posible, tirar todo por la borda, yendo al default, la pesificación asimétrica, y algunos años después a la confiscación masiva de las cajas y los activos principales de nuestra generación y también de las que vienen.

 

En resumidas cuentas, incumplimos groseramente: disciplina fiscal con bajos o nulos déficits fiscales, subsidios únicamente a los sectores que generan inversión y crecimiento, bajos impuestos, tasas de interés moderadas, tipo de cambio competitivo, apertura de la economía, privatización de empresas estatales (estatizamos Aerolíneas e YPF, entre otras) y protección de los derechos de propiedad (AFJP, otra vez YPF, etcétera).

 

Sólo nos faltó destrozar, quizás por falta de tiempo, los puntos séptimo y noveno: liberalización de las inversiones extranjeras y desregulación de la economía.

 

El punto principal de esta sección es que el neoliberalismo menemista dejó una herencia compleja en el campo fiscal y cambiario, principalmente la inconsistencia entre tipo de cambio fijo y déficit fiscal permanente, no financiable con préstamos externos, pero un grado de avance extraordinario en comparación con los años precedentes de Raúl Alfonsín, los militares y el peronismo setentista, de las bombas y los aprietes.

 

Un solo ejemplo debería bastar. La privatización de Entel. Es impensable como sería el funcionamiento actual de las redes sociales a la que tanto nos aferramos, tanto personas como empresas, si siguiéramos con el monopolio estatal de las telecomunicaciones, como querían Salúl Ubaldini, Hugo Moyano y el resto del sindicalismo fascista que Juan D. Perón nos delegó.

 

Carlos Menem, anciano y apocado, olvidado por las multitudes, políticamente semeja un muñeco de trapo, apaleado por propios y extraños. Pero debemos ser justos y reconocer el tamaño de su virilidad política a la hora de producir cambios que marcaran de manera permanente el futuro de la economía argentina. El saqueo kirchnerista sólo fue posible por la acumulación de la era del “emperador riojano”. El discurso populista de Cristina y sus secuaces y también del esposo fallecido es falso y distorsionador. Culpar al neoliberalismo de todos los males les permitió lograr el apoyo de los “odiadores de la libertad” para así poder lucrar libremente con los más inocultables e ilícitos negocios y cometer también la ola de latrocinios más grandes de la historia argentina.

 

Llegará el turno de la restauración del neoliberalismo y de las ideas del Consenso de Washington. Será otra vez un gobierno no liberal el que lleve adelante esta agenda. No será por convencimiento ni ideología, sino por imposición y acorralamiento de la realidad. Los futuros gobernantes, parafraseando al gran ingeniero (que no es Macri) aplicarán estas tan odiadas recetas “con la nariz tapada, como si estuvieran tomando aceite de ricino”. Pero deberán hacerlo y lo harán, porque ya no hay más reservas que gastar, cajas que confiscar, ni paciencia de la población a la que acudir. Será eso o el “que se vayan todos” a la vuelta de la esquina, luego de los consabidos cien días de manos libres y corazones liberados.

 

El pretexto será la “herencia recibida”. La pobreza, el endeudamiento, la debacle industrial, el desempleo, los bajos salarios, y un etc. kilométrico que generaron en realidad entre todos, peronistas, radicales y militares, todos amantes del facilismo, la dádiva y el clientelismo. ¿Será “el Alberto”, traicionando a Cristina y gobernando en alianza con los gobernadores o será el siguiente gobierno peronista de Miguel A. Pichetto o Juan Schiaretti? ¿ O tal vez sea un Gobierno de derecha, coalición de liberales, conservadores y centristas de diversas especies, en  un mandato posterior?

 

Cualquiera sea la respuesta, el neoliberalismo vuelve. A espaldas de la gente, que no lo entiende ni lo quiere, pero vuelve. Porque el mandato popular lo entronizará como sin saberlo, displicente y distraídamente. Peronistas somos todos, pero puestos en el filo de la cornisa, a la que nos conduce el populismo, giraremos sobre nuestros talones y haremos reinar finalmente la cordura y el racionalismo sobre la economía argentina.

 

El falso monetarismo

 

Aunque el profesor Carlos Rodríguez parece haberlo olvidado, él fue el creador de tan simpática acepción. Ahora prefiere llamarlo “monetarismo estilo MIT” o algo por el estilo, pero en uno de los antiguos e invalorables escritos del CEMA, le llamó así a la política monetaria que tuvo nuestro país en las últimas cuatro o cinco décadas.

 

Los monetaristas odiamos la inflación y, siguiendo el camino que inició Milton Friedman, somos partidarios de un bajo crecimiento de la oferta monetaria. Apenas la necesaria para satisfacer el aumento de la demanda de dinero que genera el crecimiento de la economía.

 

Todos los gobiernos que tuvimos en los últimos cincuenta años hicieron gala del mandato keynesiano de gastar, gastar y gastar. Sin disciplina fiscal, la aparición del déficit hace necesario buscar la manera de financiarlo.  Los monetaristas tenemos una respuesta única: “si querés tener déficit, bancate la inflación asociada al mismo”. En la literatura, con un lenguaje menos tribunero, existe lo que los economistas conocemos como “la desagradable aritmética monetarista”. Basado en el trabajo original de Sargent y Neil, Roque Fernández estima en un escrito de hace dos años, que por cada punto del PIB de déficit fiscal, la expansión monetaria asociada genera un incremento de diez puntos en los índices de precios.

 

En lugar de evitar el despilfarro, disminuir los gastos y eliminar los déficit, los sucesivos gobiernos de nuestro extraviado país, han recurrido al “falso monetarismo”. Este consiste en tratar de evitar artificialmente el crecimiento de la base monetaria. Esta es una parte de la oferta monetaria total, y está compuesta por la suma del dinero en efectivo y las reservas de los bancos. Estos últimos crean dinero mediante lo que se llama “el multiplicador bancario”. Cuando los bancos prestan dinero, el tomador del crédito hace circular el mismo hasta que en algún momento, el último receptor lo deposita en un banco. Este depósito permite otorgar un nuevo préstamo que vuelve luego a depositarse nuevamente. Mediante sucesivos pases de mano se produce el proceso de creación de “dinero bancario” que engrosa el monto de la Base Monetaria. Estos pases no son infinitos, puesto que existe lo que se conoce como “encajes” que obligan a los bancos a no prestar la totalidad de los depósitos, debiendo dejar de reserva en el BCRA una porción de los mismos. Cada préstamo generado es menor al anterior, y en algún momento tiende a cero, cerrándose el círculo en un valor finito fácilmente calculable, a partir del requisito legal de encaje.

 

El artilugio monetario que utilizaron José A. Martínez de Hoz, Alfonsín, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri, entre otros, consiste en elevar artificialmente las tasas de interés para poder captar los fondos depositados en los Bancos y hacer que financien el déficit del sector público. Si el sistema financiero se ve inducido u obligado a prestarle al Estado, se rompe el esquema del multiplicador bancario, permitiendo un crecimiento mucho más bajo de la base monetaria y desalentando de este modo el crecimiento de los índices de precios.

 

Como el multiplicador mencionado está inversamente relacionado con el requisito legal de encajes, suele recurrirse también a la elevación de éstos últimos. Un encaje más alto genera una menor cantidad de dinero bancario, mientras que uno más bajo genera uno mayor. La restricción del crédito, debería enfriar la demanda agregada, permitiendo un aumento de precios menor al previo.

 

Todos estos artilugios suelen tener éxito durante un corto período, alentados por el ingreso  de capitales de corto plazo, también llamados golondrinas, en busca de ganancias fáciles y rápidas, mediante el conocido arbitraje financiero que en los últimos años se bautizó como “carry trade”.

 

Pero este “falso monetarismo” tiene pies de barro y se desmorona fácilmente. Un motivo es, como insiste permanentemente el profesor Rodríguez, que el BCRA, en este esquema, se financia con dinero que paga interés. La “desagradable aritmética monetarista” no es otra cosa que el cálculo del impuesto inflacionario que se le cobra a los tenedores de dinero por mantener el mismo en su poder, soportando la desvalorización que sufre el mismo como consecuencia de la monetización del déficit fiscal. Sobre el dinero, el Banco Central cobra la totalidad del impuesto inflacionario. Sobre el “dinero que paga interés” cobra la diferencia entre la inflación y la tasa de interés que paga. Como vemos, mientras más alta la tasa, menos percepción del impuesto. El resto de la base monetaria deberá soportar una imposición mayor. Ergo, se acelera la inflación. En esta misma línea hay otra importante cuestión: mientras más alta la tasa de interés, más alto el déficit cuasifiscal que implica el pago de intereses. Más leña al fuego de la inflación.

 

El segundo e importante motivo del rápido fracaso  de esta vulgar y estúpida estrategia de estabilización es que contiene en su interior la semilla de su propio fracaso, como dijéramos reiteradamente en esta columna.  Las artificialmente altas tasas de interés generan rápidamente tendencias recesivas que disminuyen la actividad económica. A continuación cae la recaudación fiscal y se incrementa el déficit. Hay que emitir dinero para financiarlo, lográndose de esta manera un resultado totalmente contrario al que se pretendía lograr.

 

La ignorancia sobre temas económicos del grueso de la población y también de muchos economistas, permite que se confunda este “falso monetarismo” con el “neoliberalismo” que describimos anteriormente. Mientras no se comprenda claramente estas importantes cuestiones, seguiremos financiando déficit fiscales con emisión monetaria y luego pretenderemos, como siempre, evitar los efectos de esta emisión subiendo artificialmente la tasa de interés para “que no se nos vayan al dólar y aumente la inflación”.

 

El principal problema argentino, no el único, es la inflación. Dentro de las recetas del neoliberalismo está la solución del mismo. Punto uno del Consenso de Washington: disciplina fiscal, déficit fiscal cero. Para lograrlo, es necesario tener un superávit primario permanente (no un solo año) igual a la suma del pago de intereses del tesoro y el déficit cuasifiscal del BCRA.

 

El trabajo por delante es arduo y difícil de vender políticamente. Se requiere un flautista mágico que enamore a la población y la guíe engañosamente por un camino escabroso, convenciéndola de que al final del mismo hay un sendero de rosas, con manantiales de agua fresca y los manjares más variados y sabrosos. La “utopía del ajuste permanente”, frase ingeniosa de Jorge Asís, ha probado ser manifiestamente ineficaz. Es hora de la mentira piadosa. En los próximos años tendremos un duro discurso populista para contener, hacia el interior del “movimiento”, con políticas claramente neoliberales para generar resultados económicos. Como dijo el profesor Guillermo Calvo, la culpa la tendrá Macri y sus “políticas neoliberales”. Para alquilar balcones.