El G7 eludió otra vez el debate de los mayores conflictos globales

3 de septiembre, 2019

cumbre- g7

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

La reciente Cumbre del Grupo de los Siete (G7), efectuada en Biarritz, Francia, entre el 24 y 26 de agosto, volvió a demostrar que los gobernantes de las envejecidas potencias del Occidente tradicional,se resignaron dócilmente a omitir el debate sobre como revertir el creciente vínculo entre la guerra comercial chinoestadounidense, la persistente desaceleración del intercambio global y los primeros síntomas de recesión económica. Desde que Donald Trump llegó al poder, los principales líderes del Grupo dedican mucho tiempo a esconder bajo la alfombra los problemas reales que sacuden al planeta. Eso explica, pero no justifica, el hecho de que el presidente Emmanuel Macron decidiera hipotecar su papel de anfitrión con el ojo puestoen evitar el tipo de reacciones intempestivas que el Jefe de la Casa Blanca desplegó en junio de 2018, cuando se fue dando un portazo de la Cumbre de Canadá y roció de insultos al primer ministro Justin Trudeau. Con semejante recuerdo,es más fácil entender la esquelética Declaración Final de Biarritz, cuyo texto es una infantil obra maestra de la ambigüedad política.

 

La presente columna es un intento de retomar, con distinto enfoque, el análisis que la pasada semana trazaron el columnista Alan Beattie, del Financial Times, los analistas de Brookings Institution y otros think tanks de Estados Unidos. Estoy entre los que creen que el planeta no debe seguir “Esperando a Godot” (título de la popular tragicomedia francesa escrita por Samuel Beckett).

 

La Declaración Final de Biarritzde los Líderes del G7, empieza con una pincelada de cienciaficción al destacar “la gran unidad y el espíritu positivo de los debates”cuando enuncia acuerdos que se limitaron a decidir orientaciones sobre comercio, Irán, Ucrania, Libia y Hong Kong. La DF no incluye otros elementos, como el hecho de que Trump será literalmente el dueño de casa en la próxima Cumbre de 2020, ya que la misma podría sesionar en uno de sus gigantescos hoteles con cancha de Golf, ni sobre el persistente énfasis que puso en invitar al presidente ruso Vladimir Putin, cosa que dejó con el ceño fruncido a sus colegas europeos, los que tienen algunas cuentitas pendientes con Moscú, como las relacionadas con la ocupación militar de Crimea (Ucrania). Tanto el propio Partido Republicano como el Congreso de Estados Unidos, tienen frescos los datos referidos a la acusación que pesa sobre el líder ruso de haber interferido en las elecciones presidenciales de 2016.

 

Desde que Donald Trump llegó al poder, los principales líderes del Grupo dedican mucho tiempo a esconder bajo la alfombra los problemas reales que sacuden al planeta.

 

La parte sustantiva de la mini-Declaración del G7 enfatiza que los miembros del foro están comprometidos con la apertura del comercio global y el comercio justo (fair and open trade, en inglés), así como con la estabilidad de la economía global. Los hechos demuestran que la relación de compromiso no va de la mano con un proyecto de casamiento. La visión mercantilista de la Casa Blanca viene generando los conflictos que el Grupo no quiere debatir en serio con más de doce socios comerciales de Washington, lo que permite evocar la cadena de eventos que harían reeditar las guerras comerciales que hicieron añicos el mundo de los años ´30. Paralelamente, esa tendencia escapista indujo a desterrar de foros de diálogo y cooperación global como el G20 o el Fondo Monetario, el objetivo de combatir “todas las formas de proteccionismo”. Menos elegante es que los líderes le recuerden a los ministros de Finanzas que es su deber vigilar la estabilidad económica del planeta, ya que ellos saben que esa es una parte central de su labor cotidiana. Lo que sí hubiese sido un aporte, es absorber las ideas que sostuvo el economista Nouriel Roubini (ver mi columna anterior), quien con razonable enfoque mencionó que la presente caída de la demanda y la inflación de costos que ya afecta a Estados Unidos, China y Alemania, no se pueden corregirapelando a sucesivos parches de flexibilidad monetaria y fiscal como los que propone la Casa Blanca y tiene en vista la UE.

 

El párrafo más relevante de la DF, agrega que los líderes del G7 insisten en proponer la reforma de la OMC para aumentar la eficiencia de las reglas sobre protección de la propiedad intelectual, un más contundente y ejecutivo mecanismo de solución de diferencias y la eliminación de las prácticas comerciales que atentan contra la sana competencia. O sea que Canadá, parte de Europa y Japón hicieron suyo el corto y poco imaginativo menú de los Estados Unidos, lo que suena más a síndrome de Estocolmo que una reflexión de política comercial. El Grupo también se comprometió a adoptar, en el 2020, un acuerdo para simplificar las barreras regulatorias y modernizar la política fiscal en el marco de la OCDE. Esta es una macabra genialidad, por cuanto el concepto de prohibir las prohibiciones existentes es algo tan viejo como el Sistema Multilateral de Comercio, a sabiendas de que tal sistema no es perfecto y hace agua en varias partesal tener que compatibilizar distintos enfoques y culturas de economía de mercado. Con ese pastiche en el texto sobre comercio, los líderes del G7agruparonmuchas pavadas en un cuarto de párrafo. Pensemos.

 

El país que desde 2017 está saboteando el mecanismo de Solución de Diferencias de la OMC, y que ahora se rasga las vestiduras por la ineficiencia e incompetencia que impulsó con su conducta, es Estados Unidos. Se trata no solo de una profecía autocumplida, sino de un sabotaje que sólo dio el resultado previsto. Todo muy obvio y lamentable.Desde entonces la movida de Washington impide sustituir con normalidad a los miembros del Organo de Apelación del mecanismo de Solución de Diferencias. Lo cierto es que, de no mediar urgentes cambios, ese órgano no podrá cumplir sus funciones a partir de diciembre próximo.En esta época, las críticas que revolea en Ginebra Estados Unidos, son rara vez precedidas o seguidas con adecuadas propuestasconcretas de enmienda. Si a la Casa Blanca no le gustaba el desempeño de los miembros existentes del Organo de Apelación, así como los enfoques y reglas operativas, debió someter a los miembros mejores propuestas hace dos años. Países como Canadá, o regiones como la Unión Europea, se apresuraron a traer proyectos alternativos de reforma algo que, por lo visto, Washington parece considerar mala praxis.

 

No está demás revisar las normas sobre propiedad intelectual si así se evitan tanto su desactualización como los abusos unilaterales, empezando por aclarar las ideas específicas de la reforma a los que pueden ser la masa crítica de una decisión de esta naturaleza. Pero la mejora no puede ser unidireccional y mirar los problemas sólo con el pensamiento de un sector del Sistema Multilateral de Comercio. Deberíamos entender que la liberalización del comercio arreglada entre gente de ideas parecidas (likeminded) es un ejercicio de ida y vuelta, no exento de reciprocidades. La ambición de la Casa Blanca no debería restringirse a la protección que busca Washington para las drogas biológicas o situaciones parecidas. Si abrimos el paquete, será necesario encontrar galletitas para todos.

 

Tengo el pálpito de que las personas que redactaron la última frase del párrafo sobre comercio de la declaración de los líderes del G7, no tenían una clara idea de lo que estaban escribiendo. El concepto de simplificar las “barreras” regulatorias del comercio es una estupidez, porque las barreras o restricciones fueron prohibidas en la Ronda Uruguay y lo que corresponde es asegurar que semejante prohibición se lleva fielmente a la práctica. Simplificar una restricción es darle poder de fuego a las autoridades que se relamen matando comercio de manera subjetiva y es un concepto que le encajaron a los negociadores del Mercosur los que armaron el borrador del acuerdo birregional de libre comercio con la UE adoptado “en principio”, al hablar de medidas de emergenciapara simplificar el uso del denominado enfoque o Principio Precautorio. Si lo que se quiso decir fue que en el 2020 el G7 formulará una propuesta destinada a eliminar, no a simplificar el proteccionismo regulatorio, con un enfoque sustentado seriamente en principios y evidencias científicas como justificativo de las medidas destinadas a proteger la salud humana, animal y vegetal; el medio ambiente,la diversidad biológica o mitigar el cambio climático, o aun para sustentar la compleja parafernalia de obstáculos técnicos y de calidad, la propuesta es más que bienvenida. Pero no creo que los muchachos del G7 cocinen una sorpresa que nos pueda gustar, en la época de “América Primero”.

 

Por último, la idea de modernizar las imposiciones fiscales en el marco de la OCDE no está mal, si después de ser concebida en esa cocina el tema aterriza en una organización con poder contractual y adecuada representatividad. Si en cambio, lo que se sugiere es retornar a la época del despotismo ilustrado, alguien cometió un pequeño error de siglo. Lo que se estaría pensando es darle forma a un esquema de gravámenes que promueven algunos miembros de la Unión Europea, en particular Francia, con el fin de aplicarlo sobre los ingresos brutos de actividades como las que desarrollan Google, Facebook y Amazon.Y si bien la OCDE viene trabajando sobre el tema,aún no entregó su costura. Por ahora no hay razones para el pataleo, sólo para estar atentos. Y el ejercicio vale la pena. En materia de política comercial, que de eso se trata, no caben los axiomas religiosos. O, como diría un sabio ex colega sajón de la OMC, el Sistema Multilateral de Comercio fue creado con la flexibilidad necesaria como para que todo proyecto que logre el consentimiento de al menos dos adultos, sea incorporado a sus reglas. Y también presumo que su alegato no estaba circunscripto a las relaciones sexuales.