EE.UU. y Europa pueden causar otro desplome del comercio

23 de septiembre, 2019

Bandera EU UE comercio

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Si hay algo que no necesita este planeta, hoy a punto de entrar en una nueva y fuerte recesión incubada por las guerras comerciales que desataron China y Estados Unidos, es que las dos mayores potencias tradicionales del Atlántico Norte hagan un sensible y descomunal aporte a la caída del intercambio global. En los últimos días, y tras quince años de litigio, la Organización Mundial de Comercio (OMC) acaba de darle luz verde al Gobierno de Estados Unidos para que ejerza el derecho de aplicarle represalias comerciales a la Unión Europea (UE) por incumplir las recomendaciones de esa organización dirigidas a eliminar los subsidios ilegales que viene concediendo al desarrollo de su industria aeronáutica (léase Airbus). En paralelo, una autorización similar puede llegar en cualquier momento a poder de las autoridades del Viejo Continente, que para entonces también podrán gozar de la facultad de emplear tal medicina contra los subsidios ilegales que Estados Unidos le otorga a Boeing. Ninguno de esos gobiernos se apresuró a tomar muy en serio las conclusiones legales que fueron surgiendo de los paneles realizados en la OMC. Hoy tienen en sus manos la capacidad de decidir si arman un gran destrozo o le dan al mundo un ejemplo de conducta responsable.

 

De llevarse a cabo al pie de la letra lo que está en juego, esta cambiadita de nuevas restricciones comerciales, no sólo dejará caer la noche sobre las operaciones que efectúan los dos gigantes de la aviación mundial que son beneficiarios de las medidas oficiales pecaminosas, más las industrias de partes y los usuarios de estos equipos, sino sobre todos los productos que cada uno de los gobiernos afectados decidan incluir en las listas de represalias diseñadas para compensar el monto los daños ocasionados por los irregulares actos de subsidio. Hasta donde trascendió, el shopping list de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR, en inglés), apunta a castigar no sólo a la empresa productora de aviones y las de partes para ellos a fin de conseguir la eliminación de las ayudas oficiales, sino también con aumentos selectivos de aranceles a la importación de productos originados en sectores económicos con gran impacto simbólico en la población, como los que producen aceitunas y aceite de oliva en el sur de Europa; la mostaza de Dijón o sobre los vinos producidos por las bodegas francesas, italianas, alemanas y españolas. En su momento, el Jefe de la Casa Blanca mencionó la posibilidad de incluir, en esta clase de paquetes, a la industria automotriz y de autopartes, una decisión que entonces sólo parecía atada a la visión mercantilista del superávit comercial de Europa con Estados Unidos (cuestiones de “seguridad nacional” decían), rumor que sacudió como un terremoto las relaciones bilaterales y provocó un encuentro especial entre el presidente Donald Trump y el de la Comisión de la UE, Jean-Claude Juncker en julio de 2018. Ahora los instrumentos habilitados para hacer un disparate de proporciones colosales son mucho mayores y el Jefe de la Casa Blanca nunca se pierde la ocasión de armar un desparramo. Por lo tanto, habrá que observar las conductas de las partes, dado que por el momento ni se habla de negociar soluciones equitativas sin matar, con sed de vampiro, más fuente de comercio, inversiones y ocupación de mano de obra.

 

Y si bien la anterior es sólo una especulación con sólidos y conocidos puntos de apoyo, dudo mucho que su contenido se aleje de lo que va a suceder en el mundo real, si es que los líderes de estas naciones no tienen un sorpresivo ataque de sensatez. Tampoco se necesita ser mago para anticipar que la producción que no resulte colocada regularmente en los grandes mercados tradicionales acabará por derivarse, a precios de remate, a donde resulte posible encontrar clientes de ocasión.

 

Pero justo es señalar que la Comisionada de Comercio de la Unión Europea (UE), Cecilia Malmström, se apuró a reconocer que ambos gobiernos son “pecadores” y que estas cosas deberían arreglarse en la mesa de las negociaciones bilaterales, sin mucho ruido periodístico y sin aniquilar más comercio particular y global por la vía de la aplicación de nuevas restricciones arancelarias, como las que oportunamente, al comienzo de la OMC, siguieron al fallo que condenó las prohibiciones de importación de carnes con hormonas y autorizó que se castigara esa decisión europea con un paquete de represalias bien concretas a sus exportaciones, las que dejaron de acceder total o parcialmente al mercado de Estados Unidos.

 

Por lo pronto, además de moderar las represalias y negociar una solución creadora, no devastadora del comercio global, los antiguos sostenedores del capitalismo Occidental harían bien en retomar la senda del respeto a la “regla de la Ley” que tanto ayudó a expandir el intercambio en los últimos setenta años (en inglés se lo conoce como “the rule of law”). En los siguientes párrafos se explica con mayor detalle el valor actual de ese enfoque.

 

De hecho el dictamen que ya le permite a Washington reducir importaciones de Europa por unos US$ 10.000 millones, movilizó el ingenio del USTR, cuyos funcionarios elaboraron dos listas de productos de exportación del Viejo Continente que podrían ser afectados, una por US$ 21.000 millones y otra por unos US$ 4.000 millones. Estados Unidos suele tener listas amplias, para hacer el juego de las listas rotativas de sanciones, lo que hace muy costosa o ineficaz la tarea de invertir y organizar el marketing de los productos. Es una forma ingeniosa de cortar en serio los flujos de comercio. La experiencia indica que existen suficientes reglas en la OMC como para no usar la excusa infantil de que sin una reforma de esa organización nada es posible. Una cosa es la conveniencia de pergeñar y aplicar tal reforma y otra mentir (fake arguments –falsos argumentos–, querido Donald). Ejemplo de ello es el reciclaje del Entendimiento sobre la Cuota Hormonas que acaban de acordar, precisamente, la UE y Estados Unidos a fin convertir tal concesión en cuota-país (ver mi columna explicativa de esta decisión). Cuando uno quiere, puede, aunque a veces se muela a patadas la ortodoxia para obtener un buen resultado.

 

Lo que suena inquietante es ver el debate acerca de las triquiñuelas de baja estofa que hoy circulan en Washington respecto de otras negociaciones que apuntan a definir nuevos acuerdos bilaterales, la especialidad de la casa en este cuatrienio presidencial, cuyas reglas o enfoques pueden suponer el más olímpico de los desconocimientos de la OMC, una organización de la que Washington es miembro. En las últimas semanas se habla sin cesar de un posible acuerdo bilateral con Japón, donde tendría un rol estelar el acceso a mercado para los productos agrícolas, sectores que resultaron muy golpeados por la caída de las compras chinas. El gobierno de Trump ya compensó a los agricultores de su país castigados por sus estrategias negociadoras, con subsidios al productor de unos US$ 28.000 millones en el último bienio, pero los afectados siguen disconformes con ese enjuague: quieren producir y vender, no recibir ayuda económica de dudosa eficacia. En el caso del Japón, se abrirían las importaciones de carnes vacunas (y también de otros ganados), comercio para el que se habría pactado llevar del 38% al 9% el arancel de importación aplicable. Si así fuera, Japón acordaría otorgar niveles similares a los acordados en el Acuerdo Transpacífico, del que Trump se quiso ir apenas llegó a la Oficina Oval, sin saber por qué diablos hizo semejante tontería. En estas horas, el tema registra otros ángulos de inquietud. Hasta donde se sabe, la industria automotriz, que participa en alrededor del 30% del comercio bilateral y habitual entre Japón y Estados Unidos, no sería parte de la diversión. De ese modo, el acuerdo bilateral no puede cubrir “lo sustancial del comercio” (un criterio que en su momento el Consejo de Bienes de la OMC terminó por definir, en forma arbitraria pero aceptada por consenso, con la noción de que el intercambio cubierto de una zona de libre comercio o unión aduanera debe ser, para calificar como tal, no inferior al 90% del intercambio bilateral registrado entre los signatarios) y por ello en el caso del proyecto de Acuerdo comentado entre Japón y Estados Unidos, las concesiones deberían ser extendidas al resto de los Miembros de la OMC, en forma automática y no recíproca, para que el procedimiento sea legal (aplicación de la regla de “Nación más favorecida”). Hete entonces que los genios de Washington intentarían señalar que este dibujo o mamarracho bilateral es sólo parte de un proceso de integración más amplio que, para ser legal, tendría que definirse en un programa tangible y ser aprobado en los términos del Artículo XXIV del GATT. De no ser así habemus manganeta, no Papa.

 

Y todo esto se debate en Washington como la cosa más normal del mundo por institutos muy respetables como CATO, lo que indica que la argentinización del planeta avanza a con mayor rapidez que la que era dable suponer.

 

Para no ennegrecer con mayor intensidad esta columna, dejamos para más adelante un nuevo comentario sobre el futuro del nuevo Nafta. En el Congreso de Estados Unidos se dicen dos cosas. La primera, que si el proyecto suscripto por los gobiernos no se ratifica hasta el Día de Acción de Gracias (fines del próximo mes de noviembre), puede capotar sin mucha ceremonia. La segunda, que si la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ayuda, el tratamiento del tema puede lograr su debida aprobación. La Casa Blanca aún no sometió el proyecto al Poder Legislativo. A fin de cuentas el miedo no es zonzo y Nancy es una chica de cuidado.