Washington y Teherán deben acordar una paz realista

12 de agosto, 2019

Por Atilio Molteni Embajador

 

 

Las inquietantes escaramuzas bélicas que se registran diariamente en el Estrecho de Ormuz, sendero tradicional de un importante flujo energético, se están sumando a las diversas acciones que son parte habitual de la faltta de convivencia en el Medio Oriente. El problema es que semejante teatro de convivencia global está tocando fibras nerviosas de alto peligro, por lo que hoy resulta inaceptable limitarse a desear o hablar de la paz. El planeta está obligado a negociar la paz.

 

Son datos que exigen establecer un proceso confiable y verificable, en el cual los interlocutoMedio Orienteres reales no sientan amenazados sus respectivos intereses legítimos y en el que se definan, en términos sensatos y verdaderos, cuales son dichos intereses. Y si en estos momentos las partes en conflicto no están con ánimo propicio para hablar entre sí en forma directa y positiva, no hay motivos para descartar una mediación diplomática solvente, digerible para el paladar de las partes en conflicto y preparada para llegar a consensos de valor práctico. Hace tiempo que las demás opciones dejaron de estar sobre la mesa.

 

La próxima reunión del G7 que comenzará el 24 de agosto en Biarritz, podría encauzar una especie de mediación con Teherán, ante el obvio y significativo aumento del nivel de confrontación que tradicionalmente existió entre ambos países desde la Revolución Islámica de 1979. Fue cuando llegó al poder el régimen clerical chiita en Irán.

 

La actual etapa del conflicto vio la luz el día en que Washington optó por abandonar, en mayo de 2018, el Acuerdo Nuclear multilateral (PAIC) concretado tres años antes y puso en marcha, con su campaña de “máxima presión”, una gestión que incluye nuevas sanciones para limitar la capacidad económica de la teocracia islámica, un importante refuerzo de su despliegue militar en la región y los diálogos orientados a aislar diplomáticamente a Irán.

 

El objetivo estadounidense se concentra en buscar una solución diplomática que pueda abarcar: 1) una versión mejorada del aludido acuerdo (el que a juicio del presidente Donald Trump no impide que Irán obtenga la posesión de un arma nuclear) o la redacción de un nuevo texto que cubra las diferentes objeciones e inquietudes de Washington; 2) que tal enfoque permita el cese de la intervención estadounidense en los conflictos del Medio Oriente, presencia que por ahora se justifica en el apoyo del gobierno de los ayotalas a distintas facciones armadas chiitas en Iraq, Siria, Líbano y Yemen (y también al grupo sunita Hamas en Gaza), así como las acciones militares directas de efectivos Al-Quds (su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica) y 3) la posibilidad real de limitar la capacidad misilística de Irán, la más desarrollada del Medio Oriente, cuyo potencial se halla en constante aumento por su alcance y dimensión en virtud del conocido respaldo de países como Corea del Norte.

 

En estas horas, y a pesar de que las sanciones están afectando la economía iraní, en lo que se incluye a sus exportaciones petroleras, cuyo nivel se contrajo a la quinta parte de los 2,5 millones b/d que tenían en 2018, aún registra signo vitales merced al flujo de exportación que se destina fundamentalmente al Asia (China en particular). Y si bien el objetivo de Washington es eliminar completamente tales exportaciones, Teherán no responde a estos hechos con actitud pasiva. En el plano estratégico el gobierno de ese país contraatacó en forma encubierta el paso de los buques petroleros de distintas banderas, la detención efectiva del navío británico “Stena Impero” y el derribo de un avión no tripulado de reconocimiento sobre el Estrecho de Ormuz. No satisfe
cho con ello, también decidió exceder las limitaciones nucleares estipuladas en el PAIC con relación a los niveles de enriquecimiento uranio, pero sin retirarse del Plan.

 

Una de las consecuencias de estos hechos se reflejó en la decisión estadounidense de proponer en Bahrein, el pasado 31 de julio, la organización de una coalición internacional (Operación Centinela), para que las armadas de los países participantes escolten a los buques comerciales en el Golfo Pérsico asegurando la libertad de navegación. Por Ormuz pasa el 20% de la producción mundial de petróleo y gran parte de la oferta de gas (GNC).

 

Es público que el Líder Supremo de Irán, Alí Khamenei, y otros representantes de esa Nación, se oponen a negociar directamente con Washington mientras el gobierno de Trump atente contra su seguridad nacional y su objetivo de transformarse en una reconocida potencia regional. Sobre todo, si no levanta las sanciones que impuso a Teherán y obligan a su gobierno a sobrevivir en estado de precariedad. Los ayotolas perciben que la Casa Blanca amenaza a su régimen debido a la presencia militar estadounidense en la región y su alianza tanto con algunos países del Golfo como con Israel.

 

Además, no obstante el pedido concreto del Secretario de Estado, Mike Pompeo, y salvo el caso especial que hoy supone el Reino Unido, los gobiernos europeos no desean acompañar el enfoque de Washington respecto al PAIC ni ciertos despliegues militares preventivos. Al contrario. Insisten en pedirle que actúe con máxima prudencia, mientras tratan de llevar adelante, sin éxito por ahora, un sistema denominado “Instex”, el que consiste en establecer un canal de pagos bancarios para facilitar el comercio con Irán, un mecanismo cuyo uso ha disminuido en forma dramática por el temor a las sanciones secundarias que manifiestan las grandes empresas del Viejo Continente.

 

En cambio, Israel inspira y comparte el activismo de Donald Trump, enfoque del que participa Arabia Saudita, que es el mayor adversario sunita de Irán. El gobierno saudí solicitó una acción decisiva para proteger todos los suministros energéticos regionales. Riad no sólo depende estratégicamente del tránsito de sus embarques petroleros por el Estrecho de Ormuz, sino también exhibe una infraestructura de producción que puede ser alcanzada con facilidad por los misiles iraníes y de otros países hostiles del Golfo. Tampoco conviene olvidar que, desde el principio, los líderes sauditas dijeron abiertamente que un Irán nuclear los obligará a actuar. Sin embargo, hasta el momento, el gobierno de ese país no pudo lograr que los distintos grupos combatientes sunitas que respalda en territorio de Siria fuesen derrotados por el gobierno de Al-Assad. No menos frustrante es la falta de avance que observó en su lucha contra los huties en Yemen, un proceso que lleva cuatro años en medio de una gran crisis humanitaria y un sinfín de víctimas como las que generan sus acciones de aviación militar.

 

Aunque ninguna de las partes en juego dice querer una confrontación bélica abierta, tanto Israel como Arabia Saudita muestran posiciones más coercitivas y duras que las de otros gobiernos de la zona. Esa misma conducta se advierte en los grupos estadounidenses que desean que su Gobierno se proponga el cambio del régimen teocrático en Irán y, eventualmente, a una negociación sin precondiciones de los doce puntos dados a conocer hace tiempo por el Secretario de Estado, Mike Pompeo.

 

En Teherán hay vientos similares en dirección opuesta, entre los que sustentan una actitud intransigente, como sucede con los grupos religiosos y los que se benefician del conjunto de intereses que domina el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, sectores que tienen una situación privilegiada dentro del país y cuestionan desde siempre el acercamiento a Occidente, un criterio que ahora puede incluir el objetivo de reemplazar al Líder Supremo de su país, una tendencia que avanza mientras disminuye el peso del sector que lidera el Presidente Hassan Rouhani, un dirigente pragmático de tendencias reformistas moderadas. Tal escenario contrasta en mucho con el que había en 2015, al ponerse en vigencia el acuerdo nuclear. En ese momento, tal progreso había aportado un mensaje de “esperanza y prudencia” para terminar con el aislamiento del país y cambiar sus condiciones económicas mediante el levantamiento de las sanciones promovidas por Washington.

 

La posibilidad de que esa región sea el teatro de un incidente armado, y de las siguientes acciones bélicas mayores, es muy alta. Ciertos analistas comparan todos estos hechos con la situación previa a la Primera Guerra Mundial del siglo pasado, cuando un acontecimiento fortuito como el asesinato de un archiduque austríaco en Sarajevo, a manos de un grupo terrorista, dio lugar a una serie de acontecimientos que se fueron encadenando hasta provocar el dramático enfrentamiento global de las potencias europeas.

 

Y si bien Irán no tiene fuerzas armadas que puedan hacer frente a una acción de gran escala de un país como Estados Unidos, o de la posible Alianza Estratégica para Medio Oriente que Washington está tratando de organizar desde enero con países del Golfo y otras potencias sunitas, no le falta capacidad potencial de infligir daños a sus oponentes apelando al uso de sus efectivos especiales dotados de unidades navales que actúan en el Estrecho de Ormuz. Tales acciones podrían ocasionar gravísimos daños al mercado energético mundial. Ese es el motivo complementario e importante para evaluar una mediación diplomática inteligente, rápida y exitosa.

 

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