La impronta de Alberto con octubre en la mira

27 de agosto, 2019

La impronta de Alberto con octubre en la mira

Por Néstor Leone

 

Al inicio de la campaña electoral rumbo a las PASO, Alberto Fernández parecía consumir más energías en articular con distintos referentes del universo opositor que en mostrarse como candidato. Lograr, por caso, un apoyo más firme de los gobernadores del peronismo o intentar sumar a los mandatarios con otras pertenencias. Cerrar, por ejemplo, los trazos más finos del acuerdo con el Frente Renovador para consolidar la oferta electoral del naciente Frente de Todos.

 

Las definiciones políticas llegaron irremediablemente con el pulso de las entrevistas que fue concediendo y de las intervenciones públicas a las que se vio expuesto. Pero estuvieron ligadas (o circunscriptas, muy a su pesar) a explicar su ruptura con el kirchnerismo hace una década, su posterior crítica de las gestiones de Cristina y su reencuentro político de los últimos años. En todos los casos, no esquivó las preguntas y los cuestionamientos, ratificó muchas de sus críticas del pasado y resignificó otras a la luz de las demandas políticas del presente, con la crisis como telón de fondo y los indicadores en caída libre del Gobierno como replanteo necesario.

 

El resultado de las PASO cambió las cosas. Por su carácter (inesperadamente) abultado y por cierta sensación compartida en el mundo político de su carácter irreversible en las generales del 27 de octubre. Profundización de la crisis mediante. Las cuestiones que pretendía “colar” o sobre las que le preguntasen en la campaña previa, aparecieron como demanda o exigencia. Como si Alberto ya hubiese sido electo, y el nuevo turno electoral fuese menos que un trámite. Para llevar certezas en un contexto en el que no abundan. Para trazar perspectivas sobre comportamientos esperables.

 

En este caso, Alberto tampoco se escabulló. Es más, podría decirse que dijo más de lo que un consultor de imagen en campaña podría haberle recomendado. Sobre el tipo de cambio. Sobre su vocación de pago con los acreedores externos. Sobre lo que otros decían que iba a hacer si llegaba al gobierno. La necesidad de construir algo parecido a a una autoridad presidencial, como esfera diferenciada de toma de decisiones, es posible que haya estado como explicación posible. Convenido con Cristina, más que probablemente. Para evitar que se especule con aquello de un eventual “doble comando”, para fortalecer su fortaleza institucional y su margen de maniobra antes de ser proclamado. La experiencia (y el decisionismo) de Néstor Krichner, en un ya lejano 2003, cuando la figura presidencial estaba seriamente erosionada por la crisis precedente, puede que haya servido de antecedente.

 

La alta expectativa social que recoge es otra de las exigencias y de los desafíos. Para después de diciembre, si es efectivamente electo. Pero también para el camino a octubre. La crisis espiralada, los indicadores en retroceso, la naturaleza de su triunfo y sus intervenciones públicas generaron un clima favorable a su figura que Fernández tendrá que calibrar en un horizonte empedrado de dificultades, mayores quizá a las que la sociedad (y sus votantes) esté dispuesto a considerar.