La deuda de Argentina y los nuevos objetivos del FMI

20 de agosto, 2019

FMI

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Aunque no está escrito en la piedra, los negociadores expertos de política comercial o financiera saben que la improvisación suele terminar en una innecesaria catástrofe. Esto es particularmente cierto cuando se discute cómo refinanciar la deuda o se gestiona una línea de crédito con una mala lectura de los que es en la actualidad el Fondo Monetario, ya que su conducción está sujeta a innumerables presiones de dudosa racionalidad: a pocas certezas acerca de cuales serán sus futuros objetivos y a resolver la acefalía que generó la imprevista salida de Christine Lagarde, quien aceptó ser la nueva presidenta del Banco Central Europeo. Son los milagros de la era Trump y de un Viejo Continente que tampoco sabe muy bien a que juega, tema en los que países como Argentina pueden resultar muy afectados pero no tienen influencia real. A lo sumo cuentan con la opción de ser una voz sistémica o un lobby relativamente escuchado.

 

A ninguno de los que están en el oficio le resulta difícil entender las razones por las que nuestro país debería ser muy prudente al elegir los objetivos, la táctica y el momento de reprogramar la voluminosa, irresponsable y sensible deuda que se contrajo en los últimos años con ese organismo, ya que hacer ruido político a destiempo sólo menoscaba o entorpece la oportunidad de conseguir el necesario buen trato.Tal sensibilidad resulta más justificable al recordar que la urgencia económica de reducir la carga inmediata del peso de la deuda en el presupuesto nacional y en la caja de divisas, puede enredarse por torpeza con los sensibles e inconclusos debates sobre las reformas pendientes de foros clave como la OMC, el FMI y gigantescos proyectos de integración regional. Escarbemos un poco en lo dicho.

 

Lo primero que es necesario tener claro, y en eso no estoy seguro que haya real conciencia entre nuestros negociadores,es que Washington y otros protagonistas del FMI desean que el foro se convierta en un mecanismo de presión adicional en el manejo de las presentes guerras comerciales. O para decirlo en clave académica, para generar otra pared contra el expansionismo económico, comercial y estratégico de China. De reactivarse, la negociación destinada a realinear las cuotas de capital del Fondo Monetario (lo que también supone realinear el poder de voto de cada país o región dentro del organismo),podrían variar los enfoques y exigencias a cumplir por las naciones que piden asistencia crediticia, ya que no son equivalentes los criterios que auspician Estados Unidos, la Unión Europea o China y otras naciones asiáticas.

 

El ejemplo más tangible de ese nuevo enfoque, son los requisitos concebidos para calificar lo que es una “devaluación competitiva”, o sea lo que Washington y otras capitales consideran un subsidio a las exportaciones. Todos deberíamos recordar que mi amigo Donald acaba de declarar oficialmente a Pekín como “manipulador de su divisa (el remimbí)” sin importarle gran cosa el visto bueno o el qué dirán del mundo exterior.

 

Sin embargo, el primer testimonio de la ruta que desea transitar la Oficina Oval, adquirió más fuerza en otro foro.Se vio en la negociación de apuro y totalmente improvisada del artículo 33 del nuevo NAFTA (o sea lo que en el futuro se llamará el USMCA o T-MEC). Ahí el gobierno de Estados Unidos presionó a fondo para introducir un capítulo sin precedentes en las reglas mundiales, titulado Políticas Macroeconómicas y Asuntos Relacionados con el Tipo de Cambio. El texto destaca la importancia de dejar que sea el mercado quien determine el nivel cambiario para asegurar un fuerte desarrollo sostenible y se pronuncia claramente contra las devaluaciones competitivas. Con posterioridad a la referida decisión, la Casa Blanca se prodigó en declaraciones contradictorias, como la de señalar que a Estados Unidos le conviene un dólar menos fuerte, rompiendo con la política secular en contrario inaugurada por el expresidente Bill Clinton, para decir exactamente lo opuesto a las pocas horas.

 

Lo único que uno puede sacar en limpio de semejante zafarrancho, es que ya es ley en México y adquirirá el mismo estatus cuando el proyecto de acuerdo regional sea ratificado por los congresos de Canadá y Estados Unidos. Pero el genuino objetivo de tales episodios se vincula con el deseo de mostrar un precedente al gobierno chino. Los asesores de Trump son conscientes, o tendrían que serlo, de que es muy remota la posibilidad de obtener suficiente respaldo institucional para lograr que vuele esa clase de decisión y así torpedear, desde el ámbito financiero, a los que no satisfacen tanto sus razonables como irrazonables o mentirosas “verdades mercantilistas”sobre equilibrio comercial. Hace tiempo que las opiniones acerca de las devaluaciones competitivas dividen sin remedio a los miembros del Fondo, lo que hace utópico imaginar un consenso favorable e inmediato sobre el tema. Tampoco es pragmático suponer que las evidencias económicas del Tesoro estadounidense para hacer la aludida imputación sobre las manipulaciones cambiarias de China la convierte en solvente o creíble. Al menos así lo acaba de decir por escrito, y con todas las letras, James A. Haley, ex representante titular de Canadá, Irlanda y países del Caribe ante el Directorio Ejecutivo del Fondo.

 

Cuando uno comprende esa nueva tendencia, empieza a encontrar el Norte de las recetas o criterios que tan especial gentío espera aplicar de ahora en más a los Miembros que tengan ganas o necesidad de pedir algún tipo de financiación en dicho organismo. Ante esas opciones, no sería raro que el presidente Donald Trump siga echándole la culpa al mundo de todos sus desbordes, los que hoy se reflejan en una economía estadounidense que tiene un desequilibrio fiscal que excederá en mucho el billón (en castellano, ya que en inglés es un trillón) de dólares y la expansión del déficit comercial que había pronosticado como “fácil de remediar”. Los resultados de sus maniobras están a la vista y no son muy gratificantes para un líder político que dentro de quince meses tiene elecciones para revalidar su mandato.

 

Ante semejante bifurque de alternativas, el gobierno nacional de turno tendría que procurar el trato de un miembro con problemas, no el que reciben los que dejaron de ser hijos pródigos del Fondo (se ruega a los lectores no perder el tiempo en calificar qué clase de hijo fue la Argentina, ni qué clase de padre fue el FMI). Para jugar ese partido hace falta mucha paciencia, un dossier solvente y persuasivo, conducta profesional y perfil confiable. En ese contexto, la lógica de acatar las reglas del sistema, no debería incluir una conducta pasiva o de temeroso acatamiento hacia todos los experimentos que suele ensayarla actual tecnocracia de Washington. Mucho menos la noción de dar la vida sólo por un imaginario equilibrio monetario y fiscal, olvidando las necesidades y prioridades del sector real. O sea los vitales flujos de ingreso no retornable que son el pan nuestro de cada día. Me refiero a las exportaciones y la inversión en activos fijos, los que no se generan ni pueden convivir con políticas económicas tartamudas, volátiles, inestables o delirantes. Chile es un buen espejo de consistencia en un planeta donde no hay grandes economías que puedan tirar la primera piedra por estar libres de pecado (antes de intentar responderme, se ruega mirar el déficit fiscal de cada uno de los grandes “accionistas” del Fondo, o pronosticar donde se está yendo el Reino Unido).

 

En el actual escenario tampoco resulta aconsejable olvidar que Christine Lagarde ya no despacha en Washington y que Trump y sus apóstoles nos precipitan,por ahora en una versión light y cibernética,a casi los mismos y previsibles escenarios que se registraron durante la primera etapa de la crisis de 1930. El comercio cae y cae, y no deja de caer. Y todos sabemos desde hace un quinquenio dónde irán a parar los excedentes de bienes y servicios que no puedan colocarse en sus mercados tradicionales y con qué precio serán revoleados hacia otros destinos sustitutivos del mercado global. Por eso es un disparate criminal el siquiera pensar en la terminación de la regla de la ley que representa la OMC, o en destruir frívolamente el mundo que también se rige por la regla de la ley en otros foros. Sin un buen liderazgo, semejante desorden en el FMI nos lleva a una artificial guerrita de divisas que, por el momento, llamaremos sutil y subterránea. Hay alguno que la considera más peligrosa que la comercial.

 

Haley no descarta que se congele la elección del reemplazante de Lagarde en el Fondo Monetario, puesto para el que Estados Unidos impugnará cualquier candidatura que tenga el respaldo del gobierno chino, así como otros miembros podrían bloquear candidatos potables para Washington. Tampoco es seguro que el jefe de la Casa Blanca respete, en esta oportunidad, el histórico reparto de asignar la presidencia del Banco Mundial a los Estados Unidos y el Fondo para un candidato europeo.

 

El experto canadiense no menciona a candidato alguno, siquiera la nominación europea para el Fondo (la ex vicepresidente de la Comisión de la UE, doctora Kristalina Georgieva, de Bulgaria, quien en su momento decidió competir por la Secretaría General de Naciones Unidas), pero destaca que el próximo Director-Gerente del Fondo no tendrá chance alguna de entrenarse en el puesto, lo que sugiere que deberá ser un producto terminado al asumir sus funciones. A la vez, tendrá que poseer un conocimiento actualizado de las condiciones que exige el proceso de gobernabilidad global de la economía y digerir que el organismo deberá supervisar el rol de los tipos de cambio en el fortalecimiento del comercio global. Haley promueve la idea de que la designación responda a los méritos del candidato, antes que al deseo de complacer las preferencias políticas de la membrecía del Fondo. Una gota de utopía nunca viene mal.

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