El terrorismo económico no le sirve al capitalismo occidental

5 de agosto, 2019

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Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Aunque tarde, una influyente porción de la sociedad estadounidense comienza a darse cuenta, con visible pánico, que la consigna “el comercio sirve y las guerras comerciales no (en referencia a los nuevos aumentos de aranceles de importación orquestados por el Gobierno de Donald Trump)”, es una indiscutible verdad. Sobre todo cuando “los aranceles –como los incluidos en la tanda que acaba de anunciar dicho mandatario sobre las importaciones chinas– amenazan con reducir seriamente la actividad económica del país”. Esa doble afirmación es lo que encuentra el lector al abrir el sitio de Internet de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, cuyas autoridades piden a los ciudadanos que movilicen a sus congresistas para que éstos pongan límite a las frecuentes y escalonadas reacciones del Jefe de la Casa Blanca que fomentan la inflación de costos y achican el intercambio mundial.

 

Casi al mismo tiempo, el Boletín Diario del Instituto CATO, una entidad que suele expresar con sólido análisis el pensamiento de los estadounidenses liberales (en el sentido argentino del término), y cercano al partido republicano, acaba de convalidar mi antiguo diagnóstico sobre los puntos de vista que, desde 1995, exhiben los líderes del partido Demócrata. Esas ideas son las que hoy inspiran los argumentos de muchos de los veinte candidatos que compiten por reemplazar a Donald Trump. El 30 de julio, el economista jefe de CATO, Dan Ikenson, recordó que “El problema de los demócratas es que para ellos distanciarse del proteccionismo de Trump significa desconocer la ortodoxia prevaleciente en su propio partido. En el último cuarto de siglo, los miembros de esa fuerza política fueron escépticos, por no decir hostiles, a la globalización y al comercio global.”

 

Es cierto. La historia empezó con el expresidente Bill Clinton, quien conocía a la perfección lo que iba a pasar con el tinglado que armó su gobierno para recibir a la Conferencia Ministerial de la OMC realizada en Seattle, a fines de 1999, evento en el que cruzar la calle resultó una verdadera aventura con los manifestantes, la policía y los perritos entrenados “para cuidarnos”. Ello permite deducir que el actual Jefe de la Casa Blanca no es más que la expresión burda, extrema y mercantilista de un ciclo cultural arraigado en la sociedad estadounidense, hecho que grafica como pocos la acelerada licuación del Mundo Occidental. También nos aclara porque sus asesores malentienden o ignoran la historia económica del país, en particular las serias derivaciones estratégicas y bélicas de la crisis económica de 1930. Así llegamos a como el mundo occidental se transformó en un mundo accidental, donde no hay reglas de juego, códigos de conducta y líderes con vocación de hombres de Estado.

 

El introito está orientado a recapitular la enorme pila de insensateces que acaban de suceder en los siete últimos días en el ámbito económico, político y estratégico de este planeta. Un escenario en el que China alega haber perdido 5 millones de puestos de trabajo, lo que en general no la induce a dar el brazo a torcer con facilidad. “Mi amigo Xi Jinping”, como dice Trump, tiene todo un partido Comunista al que rendirle cuentas y no le resultaría rentable ser visto como un león herbívoro frente a su opinión pública.

 

Al cumplirse treinta meses de mandato Trump, está claro que hasta ahora su gestión se limitó a fomentar el lío (Francisco dixit) y patear mesas con muy poco profesionalismo, neutralizando todos los foros globales como el Grupo de los 20, la OMC, el FMI y el Acuerdo de París. Unicamente llevó a buen puerto la fácil renegociación del Acuerdo de libre Comercio con Corea del Sur. La firma del nuevo NAFTA (el USMCA o T-MEC) en noviembre de 2018, aún no fue coronada con la ratificación parlamentaria de Canadá y Estados Unidos.

 

El único que hizo los deberes, y a medias según los datos que acaban de traer algunos lobistas del sindicalismo estadounidense y ciertos legisladores demócratas, fue el gobierno del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador. En Washington reina clima de vacaciones y creciente incertidumbre acerca de lo que hará el voto opositor con ese proyecto, lo que no suena muy alentador. Pero no digo nada porque aún no leí el último tweet.

 

El presidente Trump también se quedó pedaleando en el aire cuando salió a reclutar aliados para disciplinar al gobierno iraní ante los incidentes que se registraron en el tránsito de petróleo por el estrecho de Hormuz. Salvo el Reino Unido, Europa “no sabe, no contesta”. Y Alemania dijo que no.

 

Tampoco fue un acierto que Estados Unidos concretara la salida del Acuerdo sobre misiles de corta y media distancia, a pesar de todas las truchadas de Moscú, por cuanto ahora no hay foro ni interlocutores apropiados para retomar el diálogo entre las partes. Washington también bastardeó el arreglo nuclear con Irán, a contrapelo de Europa. Los resultados están a la vista: pasamos de la duda sobre el futuro, a la política del equilibrio al borde de la guerra y a la desafiante reactivación del programa suspendido.

 

En medio de esta vorágine, el responsable del proyecto argentino del Centro Wilson, Benjamín Gedan, incorporó en su boletín semanal la entrevista que Evelyn Simoni le hizo (el 1/8/2019) al Secretario de Relaciones Económicas de la Cancillería de nuestro país, Horacio Reyser (ver el último Weekly Asado). Ahí la investigadora destaca que, de acuerdo con una encuesta del Centro de Investigaciones PEW, entre 27 países avanzados y emergentes (Argentina no califica en ninguna de esas categorías), sólo el 54 % de las personas consultadas en nuestro país cree que la integración al mundo es un hecho positivo para su economía. ¿Y con eso qué? Técnicamente hablando es una estupidez.

 

Si uno se atiene al voto proteccionista de los Estados Unidos en favor del ascenso de Trump al poder (los rednecks del América Primero) y el que CATO le atribuye al pensamiento subyacente del partido Demócrata sobre la globalización y comercio, sería un milagro que el genuino resultado de la gran potencia del Norte sea, en términos relativos, mucho mejor que el exhibido por nuestro país. Y si uno se atiene a la reacción que hubo en la UE, antes y después de suscripto el Acuerdo birregional “en principio” con el Mercosur, sería otro milagro suponer que el respaldo de los ciudadanos de Europa son realmente mejores que el registrado en la Argentina.

 

Por fortuna, el antedicho funcionario se limitó a sostener un diálogo basado en respuestas de orientación doctrinaria, ya que en Washington hay mucha gente que puede entender sin esfuerzo la sustancia negativa de ciertas reglas y de los minúsculos compromisos de acceso al mercado del “acuerdo en principio” logrado por el Mercosur. Y si bien el Secretario de Comercio Wilbur Ross no tiene el perfil de un analista criterioso, mencionó varios de los puntos que fui comentando a lo largo de esta negociación. Pongamos un manto de piedad y demos vuelta la página.

 

Cuando el presidente Trump llegó al poder y sacó a Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífica, inauguró su actual saga depredadora. Lo hizo sin saber qué hacía, puesto que hay indicios de que después quiso enmendar al menos parte de la jugada. A fines de 2015 preví en Agenda Internacional un ambiente de guerras comerciales, pero francamente no los estallidos tóxicos que vemos en estos días. Washington continúa saboteando cualquier foro que tenga reglas claras de juego, no para sanar lo que envejeció o no sirve, sino para borrarlo del mapa. Hoy sabemos lo que está rompiendo, pero falta conocer lo que desea construir. Los miembros de la OMC le vienen suplicando que haga una propuesta concreta de enmienda del Sistema y sólo consiguen observaciones críticas de lo que sugieren los demás. También hay signos inequívocos de que Washington detuvo las negociaciones reales del mini-acuerdo con la Unión Europea pactado el 25/7/2018, tras quedar en la congeladora el proyecto de megaacuerdo de Asociación Transatlántica desde el fin del gobierno de Barack Obama. Sólo hay rumores de que la Casa Blanca está tratando de hacer un acuerdo bilateral con Japón que parece restringirse, básicamente, a los sectores automotriz y agrícola. ¿Sabrá Trump que, bajo esos supuestos, ello puede implicar la obligación de multilateralizar en forma automática y gratuita las concesiones?

 

A esta altura, y sin conocer aún la nueva respuesta de Pekín al nuevo zapallazo del Jefe de la Casa Blanca, entre aumentos aplicados y prometidos Washington aumentó la cobertura castigada por mayores aranceles a un monto de importaciones chinas que puede alcanzar los US$ 550.000 millones (en 2018 las compras efectivas fueron de US$ 531.000 millones y éste último país le devolvió la gentileza de gravar sólo US$ 110.000 de los US$ 120.148 millones de exportaciones de bienes recibidas en su propio mercado). Donald alega que el último raquetazo se originó en el hecho de que su colega Xi no cumplió su promesa de hacer compras de productos agrícolas y que sigue enviando químicos indeseables a Estados Unidos. El Jefe de la Casa Blanca no parece registrar en serio la que se viene, ya que dadas estas idas y vueltas ajenas a las reglas de la OMC, su amigo chino puede volver a prohibir la exportación de metales o tierras raras, los que son vitales para fabricar iPhones, misiles o piezas sensibles de la industria automotriz, aérea y militar. Pekín controla cerca del 95% del mercado mundial de estos insumos.

 

Si bien la guerra comercial llevó a bajar sustantivamente el comercio bilateral de bienes con China, el déficit de los Estados Unidos sigue elevado. En 2017 había sido de US$ 375.422 millones; en 2018 fue de casi US$ 420.000 millones y, en los primeros seis meses de 2019, de US$ 167.044 millones, pero sobre exportaciones chinas que se redujeron a US$ 219.044 millones. Yo creía que la gracia era reducir el déficit aumentando el comercio. Me equivoqué.

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