El juego de Trump

7 de agosto, 2019

EEUU inflación trump Estados Unidos

Por Pablo Pinto Universidad de Houston

 

La semana pasada, el Comité Federal de Mercado Abierto de la Reserva Federal de los Estados Unidos (Federal Open Market Committee, o FOMC) anunció una baja de la federal funds rate, la tasa de interés de referencia, en 25 puntos básicos. Explicando la decisión del FOMC, Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, sugirió que dado el alto nivel de empleo y la baja inflación, la tasa de interés permanecería en este nivel durante todo el año. La explicación no fue recibida muy auspiciosamente por los mercados financieros, ya que esperaban una política monetaria más expansiva. Tampoco fue del agrado del presidente Donald Trump y su equipo económico, cuya obsesión por reducir el déficit de la balanza comercial lo ha llevado a denostar públicamente la cautela de la autoridad monetaria. Según Trump, la independencia y excesiva prudencia de la Reserva Federal lo priva de un instrumento clave en su conflicto comercial con con China, cuyo Presidente, al decir de Trump, tiene control casi absoluto sobre su Banco Central y puede devaluar el yuan a su antojo.

 

En su análisis de la situación actual, Powell también sugirió que las turbulencias en el panorama internacional, particularmente el conflicto comercial con China, podría forzar a la Fed a revisar sus próximos pasos. Trump tomó las palabras de Powell como un plan de acción: a pocas horas de su conferencia de prensa, anunció en su cuenta de Twitter la suba de aranceles sobre US$ 300.000 millones de importaciones provenientes de China, escalando el conflicto comercial. La respuesta de Pekín fue instantánea: el domingo anunció fuertes restricciones a la importación de productos agrícolas de los Estados Unidos y el lunes permitió que el tipo de cambio cayera por debajo de su valor de referencia de siete yuanes por dólar.

 

En la mañana del martes, el Gobierno estadounidense denunció a China como manipulador de tipo de cambio. Si bien esa declaración no tiene consecuencias prácticas en lo inmediato, puede dar lugar a sanciones financieras y otras represalias a futuro. Lo que queda claro es que, a pesar de la reanudación de negociaciones en las últimas semanas, el conflicto comercial entre Estados Unidos y China parece estar más lejos de su resolución.

¿Hacia dónde vamos?

 

La guerra comercial ya se manifiesta negativamente en los mercados financieros, en la reducción del comercio internacional y la paulatina fragmentación de las cadenas de valor, y en la actividad económica global. Es oportuno, entonces, reflexionar sobre las condiciones que llevan a ambos gobiernos a escalar el conflicto, aún cuando a ambos les convendría una pronta resolución. Por el lado de EE.UU., la posición de Trump se sustenta en motivaciones electorales: en 2016 prometió proteger la industria nacional, recuperar el empleo industrial y disminuir el déficit comercial. Estas promesas jugarán un rol prominente en campaña por la reelección en 2020. Si bien la amplia mayoría de los votantes americanos se benefician con el comercio internacional, la apertura comercial genera perdedores, especialmente en el Midwest, donde se concentran votantes desencantados con la globalización y la pérdida de empleo manufacturero, a los que asocian con la decadencia americana.

 

En este sentido, el discurso de Trump es similar al de Ronald Reagan, cuya política comercial estaba enfocada en forzar la apertura del mercado japonés. La diferencia es que ahora el menú proteccionista encuentra su caja de resonancia en un electorado golpeado por la crisis del 2008 y frustrados por la falta de atención por parte del los demócratas, que tradicionalmente han representado los intereses de los trabajadores industriales. Trump descuenta que ninguno de los precandidatos demócratas a la presidencia va a animarse a atacarlo en nombre del libre–comercio.

 

Por el lado de China, escalar el conflicto con EE.UU. indefinidamente es más problemático: es mucho más dependiente del mercado estadounidense y, por lo tanto, el número de productos importados que puede restringir en represalia a los aranceles americanos es mucho menor. Pero el Gobierno de China también confronta restricciones domésticas: los años de crecimiento económico de dos dígitos son parte de la historia y difícilmente reproducibles a futuro. A la vez, los costos chinos, especialmente en las provincias costeras, demandan una paulatina modernización del perfil productivo, acceso a tecnología e innovación y mantener abiertos los mercados externos a las exportaciones. Asimismo, Pekín reconoce que en la negociación con Trump se juega su reputación negociadora a futuro, particularmente con respecto a terceros países, los que también tienen reclamos por la falta de protección de la propiedad intelectual, el espionaje industrial y las prácticas comerciales de China.

 

La preocupación por el contenido final de un potencial acuerdo con EE.UU., cuya sombra marcará el rumbo de las relaciones bilaterales a futuro, también han llevado a China a tenzar la cuerda en los últimos meses. A las subas de aranceles indiscriminados por parte de EE.UU., respondió con medidas retaliatorias que apuntaban a infligir daño en la base electoral de Trump: en primer lugar, restringiendo la importación de soja, granos y otros productos primarios; luego imponiendo aranceles diferenciales a insumos y productos finales que ponen a las firmas americanas operando en China en desvantaja y, por último, permitiendo que el tipo de cambio rompa la barrera de los siete yuanes por dólar por primera vez desde el 2008.

 

Al Gobierno de Trump parecería no desagradarle trasladar el conflicto comercial al terreno del tipo de cambio: la incertidumbre cambiaria y comercial reduce los incentivos de integración global de las firmas transnacionales, pudiendo forzarlas a repatriar parte de sus procesos productivos para servir al mercado americano. Al mismo tiempo las turbulencias comerciales forzarían a la Fed a revisar su estrategia a favor de una política monetaria mas expansiva, objetivo que Trump ha marcado como prioritario para sus ambiciones electorales. En el largo plazo las devaluaciones competitivas tendrían efectos autodestructivos, pero en el largo plazo la campaña presidencial será historia, y todos estaremos muertos.